Posteado por: javibrasil | 22 septiembre 2005

24 HORAS

Ntra por Galicia un frente nuboso que se desplazará a lo largo del día por toda la cornisa cantábrica, dejando lluvias moderadas y ocasionalmente fuert

Me incorporo en la cama con los ojos aun dormidos y busco a tientas por la mesilla el interruptor de la lámpara: … el paquete de tabaco … la caja de orfidal … si. La débil explosión de luz me hiere hasta que logro domarla y que se acostumbre a mi. Me paso la mano por la cara para desprenderme de los restos de los sueños. Al llegar a las mejillas y al mentón, noto el roce de la barba rala, dura, áspera. Decido que hoy tampoco me afeitare. Enciendo un cigarro que me alivia y que me devuelve la tos que anoche deje colgada en el respaldo de la silla encima de la chaqueta.

Calzo mis pies en las zapatillas de paño meticulosamente colocadas bajo mi cama. Me pongo el horroroso batín a cuadros grises y marrones que me regaló mi madre por mi último cumpleaños. Doy un par de caladas mas al cigarro y lo apago. Lo deposito en el cenicero junto a otros siete medios cigarros mas que me recuerdan que tampoco anoche logré librarme de mi maldito insomnio.

Entro en el cuarto de baño. Cierro los ojos mientras orino. Escupo la amargura del día anterior y tiro de la cadena. En la ducha, abro solo el grifo de agua caliente. Durante algún rato, sin apenas moverme, dejo que mis ideas se ahoguen. O se abrasen. Me fijo en una esquina de la bañera donde el oxido ha anidado, criando una pequeña mancha que tiene forma de estrella. Si, tiene forma de estrella, todos los días lo pienso. Estrella. Si. Me envuelvo en una toalla amarilla exageradamente grande. Me miro fugazmente en el espejo, todavía empañado por el vapor del agua. Mejor. Prefiero verme así, tal como soy. Me lavo los dientes.

Carlos ya se ha levantado. Desde esta cama en la que paso la mayor parte del día he aprendido a reconocer cada sonido de esta casa por leve que sea: la bisagra que chirría en el armario de la cocina, el goteo incesante y desesperante de la cisterna, el golpe seco de la puerta del microondas al cerrarla…

Mientras espero que la leche se caliente, enciendo un nuevo cigarro y miro por la ventana. Llueve. Todavía es de noche. El cielo esta rosa. Por las calles pasean las mismas sombras que ayer y mañana. De azúcar, tres. Siento como el café me quema desde la punta de la lengua hasta lo mas profundo del estómago. Es agradable. Apago la luz del baño. Al salir, evito mirarme en un espejo ya sin protección. Apago la luz de la cocina y regreso a mi cuarto a vestirme: traje azul oscuro, camisa blanca, corbata azul marino con rayas finas rojas, zapatos negros de cordones, gabardina. Y paraguas. Saco de la cartera veinte, y veinte, y veinte euros que dejo donde siempre por si L. Tiene que hacer alguna compra. Tengo que pasarme por el cajero.

Antes de irme, entro en la habitación de mi madre. Duerme. Le beso en la frente y salgo en silencio.

Adiós, hijo.

Antes de irse, entra en mi habitación. Finjo que duermo. Me besa en la frente y sale en silencio.

Adiós, mamá.

Afuera ha dejado de llover. Mientras camino por las húmedas calles hacia el metro, pienso en esa jodida enfermedad que esta degenerando, degradando la vida de mi madre. No puedo quitármelo de la cabeza. Sin embargo, cuando llego a la taquilla del metro, uno de diez por favor, me sorprendo pensando en si podré concluir de una puta vez el expediente de Interferrosa. No entiendo como he podido comunicar un pensamiento con otro.

Entro en el mismo vagón de siempre, el último, y me acurruco en la esquina de siempre para poder ver las mismas caras soñolientas y silenciosas de siempre. Como todos los días, me fijo en las mujeres, habituales o no, que viajan en este vagón y las divido en tres grupos: uno: restos de series y descatalogadas, abarrotado por mujeres viejas y feas; dos: mujeres a las que me follaría; tres: mujeres con las que haría el amor.

Cuando en Sol el vagón se vacía algo, puedo examinar con mas detalle a las mujeres del tercer grupo, observando los zapatos que llevan. Los zapatos de una mujer dicen mucho de ella. Si. Mucho. Se que hay gente que creería que estoy loco si supiesen esto, pero es verdad. Después de una exhaustiva revisión, pocas mujeres continúan en ese grupo. La mayoría pasan, afortunada y o desgraciadamente al segundo. Solo de vez en cuando, muy raramente, alguna mirada huidiza, algunas delicadas manos, algún cuello desnudo y, sobre todo, los zapatos, algunos zapatos, merecen acceder al casi siempre desierto grupo cuarto: mujeres con las que compartiría una vida. Próxima estación: Ventura Rodríguez.

Antes de entrar a trabajar, saco dinero del cajero: 80. Compro El País y entro en El Azul. Ni saludo ni pido nada, pero en seguida tengo ante mi una hirviente taza de café con leche y tres porras aceitosas. Sacerdotes de la fe islámica: ulemas. Leo primero los deportes. Devastado, arrasado: asolado. Después, las cartas al director y las editoriales. Elevarse del tono grave al agudo: atiplar. Me busco en necrológicas. Que tira a gris: grisáceo. Finalmente, hago el crucigrama. Dejo el dinero sobre el mostrador y me marcho sin despedirme.

A las 08:27 ficho y entro en el despacho. Meto el paraguas seco en la papelera y cuelgo la gabardina en un perchero ya visitado por otros: M y R ya han llegado. Buenos días. Hola. Ambos hablan y ríen sobre la última estupidez que han pasado por televisión. Me siento en mi mesa pulcramente ordenada. Abro el expediente de Interferrosa e intento concentrarme en él, pero las letras y los números me huyen por los bordes de la carpeta. Minutos después llega T que, hola, buenos días, se une a la estúpida conversación con M y R. Siguen riendo. Aunque hace ya algún rato que la fuga de números ha sido un completo éxito, dejándome la hoja desierta, no quiero levantar la vista del expediente por que se que me los encontrare mirándome. Se que se ríen de mi. Me da asco trabajar con ellos. Los odio. A R me la follaría. Si.

Ya son las nueves. Carlos ya habrá llegado al despacho. Yo debo entretenerme con mis pensamientos al menos dos horas, hasta que venga Laurita que me ayude a levantarme y que me de algo de conversación, que la necesito, por que Carlitos es tan callado … Ya lleva varios años en esa empresa y no tiene un mal sueldo, no, pero, no se, quizás seria un buen momento para pedir un aumento. Se que es un buen empleado y un buen compañero. Alguna vez me ha hablado de Rosa, una chica que trabaja con él en su mismo departamento y que le gusta. Bueno, el no me lo ha dicho así, claro, pero yo lo se. Es difícil para un hijo esconderle algo a su madre … aunque el piense lo contrario. ¡Si pudiese enamorarse de él, me harían tan feliz! Carlitos siempre ha sido un crío muy tímido, muy “entrovertido” o como se diga, y siempre se ha sentido muy unido a mi. Antes, algún fin de semana salía con aquel amigo de la facultad … cómo era….si, aquel chico alto y delgado con gafas…¡ah, si! Alberto. Antes salía de vez en cuando con Alberto, pero desde que recaí de mi enfermedad, apenas sale de casa para ir al trabajo. De todas formas, el Alberto aquel era también un chico muy extraño. Pero, ¡y los sábados y los domingos, siempre metido aquí, en estas cuatro paredes, aguantando a su pobre madre vieja y enferma, y sin salir a divertirse por ahí! Si se atreviese a pedir ese aumento, tal vez le pudiese convencer para que me llevase a una residencia. ¡Se lo he dicho tantas veces …! Quizá así podría llevar una vida como cualquier chico de su edad, ….pero no, se empeña en que yo nunca iré a una residencia mientras pueda, me encargaré de cuidar a mi madre. Ringring. Suena un teléfono que me desactiva los pensamientos. Me acerco a la mesa de R y le hago un par de preguntas sobre el expediente. Me contesta sin levantar la vista del ordenador. Me atrevo a aguantarme un par de eternos segundos viendo el reflejo de la pantalla en sus ojos azules y calientes. O viendo el reflejo de sus ojos azules en la pantalla. Que mas da. Huele bien. Si. Bien. Vuelvo a mi mesa. Noto su mirada de asco y desprecio como un pinchazo en mi espalda.

Una, dos, tres vueltas y tlinc tlinc de las llaves. Laurita ha llegado. Miro el reloj y son casi las once y cuarto. A gritos me saluda desde el recibidor. Oigo como deja una …¿dos? bolsas de plástico sobre la mesa de la cocina. ¡Hola, Laurita, hija! ¿qué tal todo, cielo? …si, ya se sabe, ¡cuando son tan pequeñitos están tan débiles! …Anda, ayúdame a levantarme para que me siente en el sillón y así puedas hacer la cama y airear un poco la habitación, que esta muy cargada …¿eso? te lo habrá dejado Carlitos por si tienes que comprar algo …Bueno, pues entonces déjalos por ahí ….si, si, ahí…¡pero ven y cuéntame mujer! … ¿eh? …si, si….hace algún tiempo, ¿no?…claro, si es que no coincidís nunca …pues si, igual de guapo que su pobre padre …¡ay! …bueno, parece que hay una chica en su trabajo….si, Rosa, pero, no se, mi Carlos es a veces tan no se, que, hija, a lo mejor ….Si, si se que es muy bueno y cariñoso pero …no, no, claro….ya… ¡mujer, Laurita!, raro a mi no me parece, es un chico sencillo y algo tímido, pero nada mas …no, desde que dejo aquello con Ana, no….si, eso si, por que aquella Ana no le convenía, a mi no me gustaba nada esa chica…si, si…ya lo se…por que aunque me pase todo el santo día acostada en esta cama me entero de cosas, ¿sabes?, y si no, pues me las cuentas tu, ¿verdad, Laura, hija? … no ….treinta y tres ya….si, el mes pasado …¿te acuerdas de aquel batín que te pedí que compraras?, pues era para su cumpleaños …¡si, mucho! ¡siempre anda con el puesto! …¿eh? …si, si, una tortillita y una ensalada esta bien …si, no te preocupes. Clic.

¿Ya? Clic… espera … te hago un hueco en la mesita … así…¡que no, tonta, que no se enfría con el plato este aquí encima! ¿Ves? …si, anda, márchate ya …y llévate aquellas revistas si quieres, que yo ya las he visto …bueno, Laurita, hija, hasta mañana …¡Y que se mejore! ….adiós, bonita, adiós. Clic.

Son ya casi las dos y media y la gente esta recogiendo. R, te invito hoy a comer, ¿quieres? R se levanta, se pone el abrigo y sale con M y T. No, nunca seré capaz de decirle nada. Adiós, adiós, adiós, hasta luego, adiós. Me entretengo un rato dibujando estrellas como las de la bañera para no coincidir con ellos en el ascensor. Al rato, me levanto, me pongo la gabardina y dejo el paraguas. Vuelvo a El Azul. Menú, 9,50. Tomaré sopa de verduras, calamares a la romana y, ya sabes, flan y tinto y casera. Me gusta esta mesa donde suelo sentarme por que diviso todo el local. No es muy grande, sólo once mesas. En una de ellas descubro a dos mujeres que nunca antes había visto por aquí. No deben tener una gran amistad, no han parado de hablar desde que entraron. Tendrán miedo al silencio. Si. Miedo. Si. La elegante ropa que llevan desentona con la humildad del restaurante. De todas formas, nunca serán capaces de escapar del grupo uno.

9,50 y cincuenta de propina. Adiós, don Carlos, hasta mañana. Si, hasta mañana, si. Regreso a la oficina. Ya han vuelto los demás y comentan lo divertido que es ese nuevo restaurante chino. Dios mío. Cuelgo mi gabardina. Los abrigos de R y T parecen y aparecen lasciva, promiscuamente entrelazados. Dios, que asco. Paso el resto de la tarde dibujando estrellas. Cuando completo una hoja, me levanto, le miro las piernas a R y hago una fotocopia . La guardo con las demás.

El sonido del silencio me asusta de repente. Levanto los ojos de mi enésima estrella y me encuentro solo en el despacho. Ni adiós, adiós. Ni hasta mañana, hasta mañana. Hago una ultima copia y apago la fotocopiadora. Guardo la hoja. Cierro el expediente de Interferrosa y lo coloco cuidadosamente en la rebosante bandeja de Asntos. Ptes. Apago mi ordenador. Del cajón de mi mesa saco una bolsa de plástico de Alcampo y me la guardo en el bolsillo izquierdo de la gabardina. Cuando abandono el despacho, las cuadrillas de limpieza ya están preparadas para atacar. Hasta mañana. Si, si, hasta mañana. He olvidado el paraguas pero no vuelvo a buscarlo. Me da pereza y además, no creo que llueva. Voy caminando hasta el centro. Allí cogeré el metro. No quiero llegar tarde a casa. Esta mi madre tanto tiempo sola, pero, bueno, ya son casi las siete, antes de las ocho estará Carlitos de vuelta. Espero que Laurita le haya dejado preparado algo para cenar. ¡Que rollo de televisión! Clic. No se, yo creo que seria mejor para los dos que viviese en una residencia. Al menos, tendría con quien hablar, por que Carlitos nunca esta en casa y cuando viene esta tan cansado el pobre que no le apetece y, además, es así, tan no se …Si, luego en la cena le volveré a decir de lo la residencia, a ver si…Seguro que le convenzo. Clic. ¡Siempre los mismos programas! ¡Que me importaran a mi las desgracias de los demás! Clic. ¡Ay! Clic. Clic. Clic.En media hora he llegado a sol. Ya esta anocheciendo y las personas se empiezan a transformar en sombras, que con la noche se convertirán en fantasmas. Me acerco al sex-shop de la calle Victoria. Merodeo aburrido por los expositores de las cintas de video. En el interior del sex-shop solo veo algún que otro grupo de adolescentes falsamente escandalizados, saturando el local con sus risitas estúpidas. También veo muchos hombres solos. Algunos se mueven con desenvoltura por entre los artículos expuestos. Otros, pudorosos y tímidos, parecen esconderse para no ser reconocidos. ¿Por quien? En la barra del bar de la tienda una mujer toma una coca cola, indiferente a todos y a todo lo que le rodea. Uno de los hombres que se mueven diestramente por este ámbito se acerca y comienza a hablarle. Al rato, salen del local juntos. Ella, mezcla incongruente y desoladora del grupo uno sin redención y del grupo dos, balanceándose sobre las imposibles plataformas de sus botas; él, atrapado en su abrigo por un deseo fugaz de sexo anónimo. Compro una cinta. Pago. Antes de salir, y a pesar de que la cinta esta camuflada en una inmaculada bolsa blanca, la guardo en la bolsa del Alcampo. El último tren pasó hace 3:30, 3:40, 3:50. Ya llega. Subo al último vagón. Hay asientos vacíos pero prefiero quedarme apoyado en una de las paredes del fondo. Estoy cansado. Aburrido. Intento, inspirándome en la puta del sex-shop, en hacer combinaciones imposibles. ¿grupo uno y tres? ¿dos y cuatro? Si. Imposibles. Si. Tres peruanos suben al vagón. Quena, armónica, charango, tambor, ritmo. Les doy un euro. Grasias señor. Dios. Próxima estación … Legazpi, correspondencia con línea….seis

Una, dos, tres vueltas y tlinc tlinc de las llaves. Carlitos ha llegado. Oigo como arroja, ¡Carlos!, el llavero y la cartera sobre la mesa del recibidor y, ¡Carlitos, hijo!, como se despoja de la gabardina guardándola en el armarito de la entrada. ¡Carlos!

Dejo las llaves en la mesa. Me quito la gabardina y me aflojo el nudo de la corbata. Mamá, ya estoy aquí. Me acerco a la habitación de mi madre. Veo los 60 euros encima de la cómoda. Pienso: ¿no habrá venido hoy L? Digo: ¿No ha venido hoy Laura, mamá? Si, hijo, ¿por qué? No, por nada. Mi madre esta viendo uno de esos programas donde la gente impúdicamente muestra sus vomitivas miserias. Pero mamá, ¿cómo puedes ver eso? Ya, hijo, si es que no hay otra cosa. ¡Que rollo de tele! Clic. Esparcidas por encima de la cama, un Hola, un Diez Minutos y una revista de sopa de letras. En la mesita de noche, junto a la bandeja con los restos de la comida, “El Médico” de Noah Gordon. Un separador de cartón señala apenas las primeras paginas del libro.

¿Qué tal hoy en el trabajo? Bien, mama, bien. Has venido un poco mas tarde. ¿Tuviste que quedarte a hacer algo? No, mama, es que acompañe a Rosa a su casa. Miento. ¿Ah, si? A ver si la traes un día por aquí a tomar café para que la conozca. Desea. Mama, solo es una compañera de trabajo. Me miento. Bueno hijo, pero si a ti te cae bien y seguro que es una chica muy maja, pues …Suplica. Mama, por favor. Pero hijo …Me voy a dar una ducha, mama. Escapo. ¡Hijo! Clama, llama. ¡Ay! Clic.

Saco del cajón del armario un chándal verde, una muda limpia. Descuelgo de la percha de detrás de la puerta de mi dormitorio el ridículo batín. Abro la nevera: tres yogures desnatados, cuatro huevos, dos lonchas de jamón de york tapadas por un plástico transparente, una caja de quesitos, una lata de piña en almíbar abierta, una tableta de chocolate empezada, cojo dos onzas, un tuperware con spaghettis que sobraron de ayer, un tetra-brik de leche y otro de zumo, dos latas de cerveza, me acuerdo de la puta del sex-shop, un bitter kas. Cojo una cerveza. L cada vez hace menos en esta casa. Debería ir pensando en cambiar de chica.

Me como el chocolate y me bebo la cerveza en mitad de la cocina, sin pensar en nada. Entro en el baño. Del otro lado del espejo me mira con tristeza un tipo gris y cansado, aburrido, decadente y viejo. ¿Algún día seré así? Mejor no ponerme en su pellejo. Abro solo el grifo del agua caliente. Como finísimos alfileres afilados siento las gotas de agua sobre mi espalda. Miro la estrella en la esquina de la bañera. Creo que ha cambiado de posición. Tendré que tirar todas las fotocopias y empezar mañana de nuevo. Pienso en R.

No se cuanto tiempo paso debajo del agua. Salgo. Protejo mi arrugado cuerpo en un suave chándal de felpa. Me pongo unos calcetines blancos de deporte y las zapatillas de paño. Batín. Cuando vuelvo al dormitorio de mi madre, esta viendo el telediario: en la localidad guipuzcoana de Aretxabaleta, una moción de censura contra el alcalde del PNV ha provocado ¿qué quieres para cenar, mama? Nada, hijo, caliéntame un poco de leche y unas galletas. Deberías comer algo mas. ¿Quieres que te haga una sopa calentita? No, Carlitos, gracias. Prepárame eso, anda, y ayúdame a salir a cenar al comedor. Clic.

Con la muleta que nunca se acostumbrara a usar y apoyada en mi, consigue salir y sentarse en el sillón. Clic. Nuevos enfrentamientos entre comandos paramilitares y voy a calentarte la leche. En un plato pequeño pongo la taza de leche templada rodeada por cinco galletas. En otro mas grande pongo las dos lonchas de jamón y dos quesitos. Me fumo un cigarro en la cocina. Miro por la ventana la calle con vocación de desierto. Esta lloviendo de nuevo. Oigo a mi madre decir qué rollo de tele. No clic. Miro al salón: mi madre escondida, hundida en la profundidad del sillón, solo iluminado por la fluorescencia de la televisión…Dios mío…dios mío.

Coloco todo en una bandeja que deposito en una mesita plegable que tiene mi madre para cuando decide comer en el comedor, que cada vez son menos veces. Enciendo una luz que anémicamente ilumina algo el salón. Me siento en el tresillo, a su lado. ¿Y tu, hijo? ¿no comes nada? No mama, no tengo hambre ahora. Ya comeré algo después, cuando te acuestes. El primer ministro ruso, en lo que se considera un gesto de buena voluntad ha comunicado que ¿sabes, Carlitos?, había pensado que quizás, si te diesen ese aumento de sueldo, seria mejor para los dos por que …. mama, no empecemos con eso otra vez. Pero hijo, así podrías …y yo….tanto tiempo…mama, por favor. Con toda la potencia de un motor diesel y con unas.

Durante algo menos de una hora, encerrados en un aterrador silencio, vemos en la tele un estúpido programa de videos caseros salvajemente crueles, pero que despierta una sonrisa en mi madre. En fin.

Son las once. Hace ya algún rato que mi madre dormita en el sillón, con la cabeza descolgada sobre el pecho. Recojo con cuidado la bandeja. Allí siguen los dos quesitos, el jamón de york y cuatro de las cinco galletas. Despierto suavemente a mi madre y le ayudo a acostarse. Le quito las gafas de las que ni se acuerda que lleva puestas. La ayudo a ponerse el camisón. Entrecierro la puerta del dormitorio y salgo de la habitación.

Hasta mañana, mama.

Lavo los platos que llevan en uno de los senos del fregadero un par de días. La verdad es que L cada vez hace menos en esta casa. Debería ir pensando en cambiar de chica.

A las once y media, la casa es un sepulcro silencioso. Introduzco en el video la cinta que compré en el sex-shop y quito el volumen de la televisión. Sin pulsar el play, la adelanto una media hora. Play. Dos tíos se están corriendo en la cara de una rubia. Pienso en R. Me masturbo.

A los cinco minutos quito la cinta. Me doy una ducha urgente. Abro solo el grifo del agua caliente. En la esquina de la bañera …

Me pongo un calzoncillo limpio. Echo toda la ropa a la lavadora. Abro la nevera. Me como su luz y los spaghettis fríos que sobraron de ayer. Me lavo los dientes. Saco la ropa que me pondré mañana: traje azul marino, camisa blanca, corbata gris oscuro con detalles amarillos, zapatos negros de cordones y gabardina. Me tomo dos pastillas de orfidal con un trago de agua. Enciendo el ultimo cigarro antes del insomnio. Cuidadosamente, cuelgo en la silla la tos que también mañana me pondré.

El cenicero sobre el pecho, la brasa del pitillo como única luz. Cruzo el brazo por detrás de la cabeza y mirando hacia el techo que no veo, me adormezco pensando en mi madre, en L, en Interferrosa, en R, en el estúpido tipo que cada día me mira desde el espejo, en.

Sgo de nevadas en cotas superiores a los mil metros en toda la parte nororiental de la península y en el sist

Mierda.

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Responses

  1. ERes tremendo. Que descripción de una vida tan gris,tan triste y tan cobarde. ¡aplausos¡

  2. Uffffff! vaya historia Javi! tiene de todo pero, sobre todo, es una historia muy real de esta vida, porque cuantos casos habrá como el que nos acabas de describir! Muy bien, me gustó. FELICIDADES por tus grandes historias.

  3. Dios!!! qué angustia más angustiosa… siento decirte que estaba deseando terminar de leerlo… me estaba entrando ansiedad…
    7,123 en la escala simpson (aunque estoy segura que es de los relatos que te hacen sentir “orgulloso” y que da para comentarios buenísimos)

  4. Eres patético

  5. Pues a mí me gusta.


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