Posteado por: javibrasil | 4 septiembre 2005

¡AUSTRALIA!¡AUSTRALIA!¡AUSTRALIA!

Mi mujer me ha abandonado por que dice que estoy loco, aunque bien es cierto que el día que salió por la puerta de casa con dos tremendos maletones que yo mismo le ayudé a hacer, por que somos una pareja muy moderna y muy civilizada, me dijo tres cosas: me insistió de nuevo en que estaba loco, eso ya lo sabíamos, me dijo que le cambiara la arena al cajón del gato, y me dijo que me quería mucho. Yo me quedé de pie en el umbral de la puerta, casi con ganas de decirle adiós con la manita y pensado en el mucho daño que ha hecho el cine en nuestras vidas. En realidad, nada de lo que sucedió me cogió por sorpresa. Hacía ya tiempo que decía que no podía soportar mis locuras, pero es que ella llamaba locura a cualquier cosa. Decía que no soportaba más que todos los días, cuando me despertaba, me pusiese de pie en la cama y gritase ¡Australia!¡Australia!¡Australia!, que no aguantaba más que cuando yo leía un libro, solo lo hiciese por sus páginas pares, y por más que le explicaba que así el argumento ganaba en profundidad y en intensidad, ella no lo entendía, cómo tampoco entendía que fuera incapaz de subirme a un taxi si éste no tenía un ocho como último número de su matrícula. Un día, no se si movida por la curiosidad o por la desolación, me preguntó que porqué tenía que ser el número ocho. Yo, debo reconocerlo, me preocupé un poco cuando me hizo esa pregunta por que la respuesta me parecía tan obvia que era una osadía hacerla, pero aun así, le respondí: “¿Es que acaso puede ser otro número? Así pues, todos estos pequeños rituales e invocaciones a la buena suerte que yo realizaba, a mi mujer le parecían locuras insufribles e insoportables, por lo que una de esas mañanas en las que recién levantado, me subí a la cama y grité, es posible que con mas euforia de lo habitual, ¡Australia¡ ¡Australia! ¡Australia!, mi mujer dijo “ya no puedo más” y comenzó a hacer las maletas. Como dije en el inicio del relato, yo mismo le ayudé a hacerlas, y, cómo era habitual en ella, en una colocó toda la ropa blanca, y en la otra colocó la ropa de color. Me dijo que ya volvería otro día a llevarse los zapatos, su colección de vasos de yogur y al gato. Cerró y abrió la maleta once veces, como hacía siempre, me dio los seis besos de rigor en la mejilla, primero cuatro en la izquierda y luego dos en la derecha, el último dando un pequeño saltito, y salió a la calle.

Cuando no llevaba ni un minuto celebrando mi soledad, y confirmando que, efectivamente, mis invocaciones a la suerte habían vuelto a surtir efecto, sonó el telefonillo del portal. Lo descolgué y era ella, que no acababa de irse nunca y que me recordaba de nuevo que limpiase la arena del cajón del gato y que no le pusiera mucho arroz en su dieta que ya sabia que le sentaba fatal. Le dije si, cariño, descuida, cariño y yo también te quiero mucho, cariño, pero he de reconocer que estuve tentado de ser un poco malo y de decirle que nunca en casa habíamos tenido gato.


Responses

  1. A veces la locura es contagiosa… muy bueno tu blog, es decir si bien quedaste solo literalmente es muy bueno

  2. y porque estaba el loco el tio?. A mi tambien me gusta el numero 8, y cuando me voy de casa de viaje, entro dos o tres veces a ver si me he dejado algo encendido o si he cerrado la puerta….XD

  3. Ahora, al trabajar en la biblioteca, en medio de tantos trastornaos, me doy cuenta de que también entre “ellos” existen manías, como la de que le des un pupitre de número par y que la caja donde hacen la reserva lo sea también o como la de aquel Miguel que venía antes en el bus y que nos confesaba que tenía la manía de decir valientes hijos de puta cada vez que se levantaba por la mañana de la cama…
    En fín…

  4. Vaya manias que tenemos todos sin excepción. En eso nos parecemos a don quijote, en haber heredado la “locura o cordura”de la que presumia.

  5. Gosto das manias que temos todos – rs. Será que também estou un poquito loca? rs


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