Posteado por: javibrasil | 17 agosto 2005

EL FILOSÓFILO

El sol aún holgazaneaba detrás de las montañas y lanzaba un débil bostezo de luz que los edificios de la ciudad se encargaban de difuminar aun más. Por eso todavía estaban encendidas las farolas junto al mercado central y ya algunos vendedores habían comenzado a colocar las cajas con las frutas y las verduras que intentarían vender esa jornada. Todos los días, cuando llegaba a mi oficina el mercado comenzaba a despertar en un burbujeo de gritos, movimientos y olores, pero no era hasta media mañana cuando estallaba en su apogeo. Yo solía aprovechar mi media hora de desayuno en el trabajo para darme una vuelta por el barrio y, alguna vez lo había hecho, pasar al mercado a comprarme una pieza de fruta. Coincidiendo con la entrada de la primavera, algunos vendedores tenían por costumbre sacar fuera del mercado sus productos y colocarlos en cajas de madera sobre el suelo junto a una romana de esas que ya casi solo se veían en las ferias de antigüedades y que no solo no estaba jubilada si no que aun prestaba un mas que sospechoso uso. Y en uno de esos puestos se colocaba el protagonista de esta historia. Nada le hacia diferente de los demás vendedores: pregonaba su mercancía con los mismos gritos estridentes pero hipnóticos con que lo hacían los otros: perasperasperasperasperasperas llevo las perasperasperas, … qué manzanas tengo, oiga señora, que manzanas, que ni las del paraíso, …tenía las mismas manos enormes que a mi, de pequeño, me fascinaba ver como cogían con fuerza pero con extrema delicadeza a la vez la fruta, tenia su torre de cucuruchos de papel, (en eso era un clásico), dispuesta para un derrumbe que nunca se producía y pronta para colocar la venta hecha….todo como los demás.
Aunque.
Siempre hay un aunque en estas historias. Él leía. Si, ya se, ya se lo que están pensando, pero no, en este caso cuando digo leía lo digo en el sentido más alto y noble de la palabra. El leía exclusivamente libros, y exclusivamente libros de filosofía, de ética, de metafísica. Aprovechaba el saliente que hacia en la parte baja una de las farolas y lo usaba a modo de moderno escabel electrificado para en los momentos en los que apenas había afluencia de clientes y que hacia incluso inútil el griterío y la publicidad del género, sentarse, de forma algo inverosímil, cierto es, y leer. La primera vez que me di cuenta de esto, estaba leyendo “Fundamentación de la metafísica de la costumbre” de Kant. No es lectura fácil, no. O supongo que no debe serlo, por que yo, por supuesto, nunca me había leído ese libro. Ni ese libro ni ningún otro parecido. La segunda vez que le vi leyendo otro libro de filosofía, me di cuenta de que yo había caído presa de una de las cosas que mas odiaba en esta vida, los prejuicios, o, como leí una vez en un eufemismo brillante, casi todos lo son, había cometido un “error conceptual”. Me sorprendía que un frutero, un vendedor semiambulante estuviese leyendo filosofía, y esa sorpresa era vergonzante para mi. Desde aquella vez, y no se si a modo de acto de contrición, ahora casi todas los días me pas(e)aba por el mercado, preferentemente a la hora de la comida que es cuando se encontraba en sus horas mas ligeras. Le vi leyendo a empiristas como Hume, racionalistas como Spinoza, idealistas como Hegel, positivistas como Comte, a Wittgenstein, a Nietzche (me pareció verle sonreír un par de veces mientras leía “La geneología de la moral”), y hasta alguna vez le vi leyendo a Xabier Zubiri, que recuerdo que era el filosofo por el que el profesor de filosofía de mi instituto sentía una fascinación casi enfermiza.

Una de las veces que me encontraba deambulando por entre los puestecitos de la calle, mirando las naranjas de aquí, las zanahorias de allá, solo con la intención de acercarme un poco a él y ver que libro estaba leyendo, me sorprendió su grito que yo sabia era dirigido exclusivamente a mi:

-Oigaperoquesandiasllevohoyperoquesandiafresquitaquetengojoven.

Le miré y aun tuve tiempo de ver como dejaba en el suelo “La trascendencia del ego” de Sartre. Reconozco que no supe como reaccionar, y como él no dejaba de mirarme muy fijamente, sonriéndome con sus dientes de color indefinido, de forma algo aturullada le indique, un poco por signos, un poco con medias palabras que si, que me llevaría una sandia de esas tan fresquitas. Dicho y hecho. En una fracción de segundo él había elegido la sandía mas grande de todo el mercado y, creo yo humildemente, de todo el mundo, la había dado dos secos golpes en los laterales, la había pesado en la romana haciendo increíbles malabarismos que no aplaudí por puro rubor y mientras me decía si quería algo mas, que los plátanos están buenísimos, joven, me preguntaba si había traído bolsa. Intentando salir de mi aturdimiento conseguí con cierto esfuerzo pero con una voluntad muy varonil de la que me sentí levemente orgulloso, juntar las letras N y O y decirle no, para después añadir: no tengo bolsa, aunque creo que antes de habérselo dicho ya la sandia navegaba dentro de una de color morado que ponía Modas Loli Tallas Grandes. Me dijo cuanto le debía, le pagué, y fue ese hermoso acto mercantilista (¡ah, sociedad de consumo, cuanto te quiero!) el que me sacó totalmente de mi aturdimiento y pensé que daría por bien empleada esa absurda compra (no se lo digan a nadie pero no soporto el sabor de la sandía, esa fruta con aspecto de verbo condicional) si conseguía saciar mi curiosidad y preguntarle de donde provenía esa afición, ese amor por la filosofía:

-Mire usté – me dijo con un marcado acento de no diré donde para ser políticamente correcto, aunque solo sea al final de este cuento – yo, leer, leer, lo que se dice leer, pos casi como que no se, lo jujtito para que no me se líen los pedios y to eso, y no me engañen los provedores que son casi tos unos cabrones, pero un cliente me dijo un día en que si yo hacia como que leía, asin, como si fuera un intelestuar, y mas si era filosofía de esa, seguro que siempre vendría algún gilipollas a comprarme argo y asin, pos vendería musho mas to los días. Y que conste que le cuento ejto a usté por que le conozco de vista y se que no es uno de esos.

Ya no vi que me guiñaba un ojo por que me encaminaba de vuelta a la oficina con todo el oprobio, la vergüenza y la humillación a cuestas, y con la gigantesca sandía en la bolsa de Modas Loli, sandía a la que, nunca se lo confesé a nadie, la ultima vez que me atreví a mirarla, le había nacido una cadena con eslabones de hierro rematada en un grillete para mi tobillo que llevaba mi nombre grabado a fuego: gilipollas.

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Responses

  1. xD¡¡¡ nada mas que decir.


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