Posteado por: javibrasil | 11 agosto 2005

CUENTO PARA DENÍS

Érase una vez que se era una gasolinera, pero no era una gasolinera normal. Era una gasolinera mágica por que la bruja Filomena, que era fea y buena, se había levantado un sábado por la mañana de buen humor y con su varita láser la había hecho un encantamiento. Ahora, por los tres surtidores de gasolina salía coca-cola, granizado de limón y leche fría. Dentro, en la tienda, el lubricante era de regaliz, los periódicos y las revistas eran milhojas de nata y crema y el resto, todo, todo, todo, era de gominola con sabor a fresa y a chocolate.

La gasolinera que había hechizado la bruja Filomena era muy sabrosa y muy dulce pero había un problema. Era invisible. La bruja Filomena, además de ser fea y buena, también era un poco distraída, y cuando hizo el encantamiento en vez de decir Maliguasca Maliguasquita, dijo Maliguasca Maliguascón y seguro que todos sabéis que diciendo Maliguasca Maliguascón las cosas se vuelven invisibles.

Así que por algún lugar existía una gasolinera llena de golosinas pero nadie sabía donde estaba ni podía verla. Podíamos preguntarle a la bruja Filomena si sabía un encantamiento para hacer visible lo invisible pero ya sabéis que esta bruja era muy despistada y se había ido de vacaciones a la playa en su turboescoba habiéndose olvidado el teléfono móvil dentro del puchero donde hacía las pociones mágicas, por lo que no se la podía encontrar.

Pero lo que nadie sabía es que había otra persona que sabía el encantamiento para hacer aparecer la gasolinera. Y esa persona era….yo. Si, yo sabía ese encantamiento por que un día paseando por el bosque me encontré con un viejecito que había sido novio de la bruja Filomena hacía ya muchos, muchos años y, sin que ella se enterase, había ido leyendo los libros que tenía en su casa y había aprendido mucha magia. Por ejemplo sabía hacer que las gallinas ladrasen como los perros, guau guau, aunque a veces se equivocaba y hacía que los cerdos maullasen como los gatitos, miau miau, lo cual era muy divertido y el se reía mucho, aunque los cerditos le miraban como si estuviera loco, pero nadie que se ríe puede estar loco.

Ese viejecito, como era ya muy muy viejecito me contó una tarde cuales eran las palabras mágicas que yo tenía que decir para hacer visible lo invisible aunque, como no le había dado tiempo a leerse todos los libros de su novia la bruja Filomena, solo sabía convertir lo invisible en visible durante un minuto. El viejecito me contó ese secreto, pero me dijo que yo solo debía usarlo cuando encontrase a un niño que fuera muy especial.

-¿Cómo sabré que es especial, abuelo? le pregunté
-No te preocupes: cuando esté ante ti lo reconocerás

Después de decirme eso, desapareció por un caminito del bosque y ya no volví a verlo nunca más, así que solo yo en el mundo sabia la magia para hacer aparecer de nuevo la gasolinera de gominola.

Durante mucho tiempo me fui encontrando con muchos niños. Casi todos eran niños buenos y obedientes, pero ninguno era especial, hasta que una mañana de agosto, cuando salía de casa, vi a un niño parado enfrente de una pastelería y mirando con deseo los dulces que había detrás del escaparate. Cuando se dio cuenta de mi presencia, me miró y se sonrió.

-¿Cómo te llamas?
-Denís – me respondió

En ese instante supe que había encontrado a ese niño especial del que me había hablado el viejecito. Denís tendría unos cinco años, no era muy alto y era delgadito. Tenía el pelo rubio, rematado por un gracioso remolino que le daba cierto aire de pillo y unos enormes ojazos oscuros que me miraban con curiosidad y ternura.

-¿Te gusta el regaliz?
Si, mucho
-¿Y las gominolas?
Mmmmmm…las gominolas me gustan aun mas.

Le ofrecí mi mano y el se cogió de ella confiado, sin miedo. Juntos paseamos hasta el bosque y allí pronuncié las palabras mágicas que hicieron aparecer de nuevo la gasolinera de gominola: !pumapumí pumipumá, haz que aparezca la gasolinera ya!

Y antes los ojos enormes e incrédulos de Denís apareció, brillante como nunca, la gasolinera. Le dije que durante un minuto podía beber y comer de ella todo lo que quisiera, pero Denís se limitó a beber un poquito de coca-cola, comerse un bote de regaliz, darles dos mordiscos a una esquina de gasolinera, esa donde la gominola era de fresa y guardarse dos trocitos más en los bolsillos de su pantalón corto.

-Denís, aun puedes comer durante un rato mas todo lo que quieras- le dije, un tanto extrañado de que no quisiera continuar.

-Si, lo se. Pero quiero que quede gominota y cocacola para que puedan comerla también otros niños.

Senté a Denís en mis rodillas, le di un beso en la frente y le conté todo lo que me había contado el viejecito del bosque hace ya tanto tiempo con la seguridad de que era a él a quien tenía que confiarle el secreto. Después le acompañé al pueblo, le dejé en la puerta de su casa y me volví hacia el bosque, de donde ya no regresaría nunca mas.

Ahora, Denís, tu eres el único que sabes el secreto para hacer visible lo invisible. Únicamente cuando conozcas a una persona especial para ti, se lo podrás contar. Y si alguna vez se te olvidan las palabras mágicas, no importa: solo tienes que cerrar los ojos, pensar en lo que quieres que aparezca y dejar que entre en tu imaginación. Así siempre tendrás todo lo que desees.

Y así acaba este cuento de la gasolinera de gominola, de la bruja Filomena, del viejecito del bosque y de Denís, el niño más especial del mundo.

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Responses

  1. Hacía una eternidad que no leía un cuento… y menos un cuento con un protagonista tan especial… nuestro chusquelín preferido…
    Gracias, Javi

  2. ¡oye que suerte tiene Denis¡

  3. Lembrei de quando era pequena e via O filme A fábrica de chocolate (a versao antiga). Queria fazer parte daquilo e comer as paredes que tinham vários sabores.


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