Posteado por: javibrasil | 1 agosto 2005

EL INSOMNE

Con la de anoche eran ya 19 años, 8 meses y 25 días los que llevaba sin dormir. Y los mismos años, los mismos meses y los mismos días fingiendo y haciéndole creer a su mujer que dormía. Nadie sabía que él era insomne. En su momento seguro que tuvo una buena razón para engañar a todos y mentirles sin decirles que no podía dormir, pero si esa razón alguna vez existió, ahora ya no la recordaba y no le preocupaba no recordarla. Se encontraba relativamente cómodo así y pensó que no merecía la pena a estas alturas decir la verdad. Lo que si recuerda con una claridad asombrosa, qué cosas tiene la memoria, es del día en el que, llegada la noche, no consiguió dormir nada por primera vez. Habían estado cenando en casa de sus suegros, que en paz descansen los pobres, y su suegra, doña Jesusa, había preparado una fuente descomunal de manitas de cerdo caramelizadas, haciendo mención expresa de que las había hecho por él, Antoñito, hijo, que yo se que te encantan y yo a mi yerno, lo que él quiera, faltaría mas. El no recordaba haberle dicho nunca a doña Jesusa que le gustase ese plato. Es mas, él odiaba el cerdo y, esa fuente, con esas manitas que parecían decirle burlonamente hola le produjo una gran impresión, aunque impresión nada comparable a los retortijones que durante toda esa noche le causaron el estreno del que luego seria su fiel compañero durante tanto tiempo: el insomnio.

Al día siguiente, y para no disgustar a su mujer, no le dijo nada sobre la noche “horribilis” que había pasado por culpa de esas manitas, – hay que ver como cocina mi madre y lo que te quiere, que no te mereces una suegra así. El día transcurrió apacible, los dolores habían desaparecido por completo y aguardaba con ansia y una pizca de emoción, la llegada de la noche para meterse en la cama y recuperar lo que no había dormido el día anterior. Cuando acabo de leer “Acusación Falsa”, la última novela de Lafuente Estefanía que había conseguido en el kiosko del señor Gordillo, guardó meticulosamente las gafas en su funda de piel sintética, las metió en el cajón de la mesilla, dijo a su mujer “buenas noches”, más como cotidiana superstición que como despedida, apagó la luz y cerró los ojos. Pero algo fallaba, algo no era como siempre. Él, que dejando al margen el incidente de las manitas de cerdo, se dormía plácida y rápidamente, esa noche tampoco pudo dormirse y la paso como pudo, con curiosidad y extrañeza pero con un punto de intranquilidad algo desasosegante.

Con la llegada del alba, todos los insomnes lo saben, las cosas se ven diferentes, y hasta me atrevería a decir mas: las cosas se ven. Cuando ese segundo día se zambulló en su habitual rutina diaria, casi ni tuvo tiempo para darse cuenta de que ya eran dos las noches que no había podido dormir, pero incluso, cuando en un momento de descanso pensó en ello, se rió para sus adentros de sus temores nocturnos y se dijo que eso le debía pasar a muchísima gente y nadie le daba mas importancia, así que él tampoco iba a dársela.

Claro que con lo que Antonio no contaba era con que habría una tercera noche….y una cuarta….y una quinta…y una sexta….y una primera visita al médico….y una séptima….y otra visita al médico … y una décimo primera …. y unos análisis….y una décimo cuarta…y unas pruebas…y una vigésimo primera….y los resultados de los análisis son todos satisfactorios, don Antonio, eso se arregla tomando valeriana.

Tengo un amigo que tiene un vecino que tiene un cuñado que conoce a uno de su empresa que tiene un hermano que dice que tiene insomnio.. Y los que somos….perdón, los que son insomnes profesionales saben que esa primera etapa es la peor de todas. Antonio tomó valeriana, tacitas, vasos, litros de valeriana, de flor de la pasión, de mentastro, de nebeda. Antonio contó ovejitas por unidades, decenas, centenas y millares. Contó gatos, perros, callejeros y de raza, ardillas, renos, delanteros centro, gallinas, grillos, dinosaurios, ñus, piquituertos, delegados de gobierno, saltamontes, cuñadas, tejones y hasta walabis, que no sabia que coño de animal era ese. Nada dio resultado.

La primera fase no es solo la peor de todas por el mero hecho físico de no conseguir dormir, si no por que uno no sabe cómo lidiar con esas horas larguísimas con vocación de eternas que parecen elevarse al cubo, no sabe qué hacer con todos esos miedos que durante el día casi ni conocemos, pero que en la profunda noche se transforman en la versión para insomnes de las más atroces pesadillas que no podemos tener. Además, en algún momento nos damos cuenta de que podremos tener deseos, anhelos, aspiraciones, proyectos, pero que nunca, nunca mas, podremos soñar.

A Antonio le costó muchos meses superar esta primera fase. Seguía contando toda clase de animales, y hasta ya se estaba animando a hacer pequeños juegos con números y con letras, albardilla, como buscar palabras que comenzasen por “a”, acabasen por “a” y tuviesen diez letras, arrebolada, aunque estos juegos no los hacia ya con la ilusión de dormirse, antigualla, si no como una forma tranquila de dejar navegar la noche. Aritmética.

Antonio ya nunca abandonó esa manía de jugar con las letras, ni siquiera cuando no estaba en la cama, pero poco a poco fue alejándose de esa primera y dolorosa fase para adentrarse en una segunda en la que comenzaba a aceptar que, tal vez, nunca mas, volviese a dormir en su vida. Este hecho le llevaba a hacerse reflexiones sobre la vida pero, especialmente, sobre la muerte, reflexiones demasiado serias y profundas como para contarlas en este relato, de pretensiones tan ligeras. Durante una temporada se acostumbró a escuchar esos programas nocturnos de radio, que el llamaba con mas ternura que otra cosa “programas de suicidas” y que se mecían entre el subrealismo más absurdo y el hiperrealismo más apabullante. También descubrió que la noche era un reino en el que podían aprenderse muchas cosas. Se hizo un gran melómano y se atrevía a componer bellas sinfonías con el goteo incesante del grifo, el intermitente motor de la nevera y el tictac de su despertador, que a pesar de su inútil cometido, había seguido despertándole cada mañana a las siete. También se había hecho un experto en lo que el llamaba “respirología”. Podía diagnosticar, sin ningún margen de error, de que humor se levantaría su mujer solo por el ritmo y por el leve sonido de su respiración cuando dormía, lo cual le servia para disfrutar mas de los días de buen humor de su mujer, y protegerse en esos días llenos de furia y de disputas conyugales, que, desgraciadamente, eran los mas.

La tercera fase…En realidad la tercera fase la descubrió una noche cualquiera. No había pasado del segundo tiroteo en “La Leyenda de Old Peacock” cuando se quedó dormido. Si. Se durmió. No me lo exijan: no puedo dar más explicaciones por que no existen explicaciones que dar. La novela le resbaló de las manos al pecho y después, cuando se acomodo en la cama para mejor dormir, cayó al suelo. Esa noche no buscó palabras de diez letras que comenzaran por a y acabaran en a, autárquica, no compuso más sinfonías, no oyó la respiración de su mujer. Solo durmió. Y soñó. Siempre se ha dicho que soñar en blanco y negro es de personas pesimistas y que soñar en color es de optimistas. El soñó en tonos azules. Soñó que era pequeño y que estaba sentado junto con su padre en la estación, contando ambos los vagones de mercancías cargados de carbón azul que aquel tren llevaba. Nunca coincidían en el número, pero su padre, que en el sueño era un señor con mucho poder y que tenia magia en las manos, hacia que el tren retrocediese de nuevo para recomenzar a contar los vagones, y para que, una vez más, no les coincidiese nunca el numero. Él se reía mucho mientras veía como su padre se disponía a hacer retroceder el tren una y otra vez, una y otra vez….Durmió placidamente y de un tirón, pero se despertó sobresaltado, como si hubiese sido visto incurriendo en alguna falta. Las gafas aun se le sostenían en milagroso equilibrio sobre el puente de la nariz, aunque algo torcidas. Desconcertado, miró el reloj: las doce menos veinte de la mañana. Haciendo un esfuerzo que en ese instante le pareció sobrehumano logró recordar que era domingo. Lo que no conseguía recordar era si él, de forma intuitiva había apagado el despertador o si había sido su mujer la que lo había hecho. Se giró hacia su izquierda y vio que ella ya no estaba en la cama, lo cual, siendo la hora que ya era, no le sorprendió. Lo que si le extrañó fue escuchar un desconcertante silencio cuando lo habitual era oír cacharrear a su mujer en la cocina, preparando ya el tradicional potaje de los domingos. Se sentó en la cama y al buscar con los pies las zapatillas de paño, éstos se chocaron con la novela del oeste que había intentado leer anoche. Ver el librito así, en el suelo, abierto por cualquier pagina, le causó una enorme tristeza que no sabía explicar. Lo recogió y lo puso sobre la mesilla. Se quitó las gafas. Se levantó y se puso el batín.

Cuando llegó a la cocina, y confirmada ya totalmente la ausencia de su mujer, se encontró sobre la mesa un café con leche ya frío, dos magdalenas en un pequeño plato, el ABC con su suplemento y una hoja de cuaderno, de esas antiguas que tenían dos rayas, arrancada violentamente y donde estaba escrito:

“Antonio te dejo lla no te soporto mas tus manias nia ti niha tus ronquidos i en la holla tienes el potage.”

Esta bien, lo contaré todo: Lloró, lloró mucho. Lloró muchísimo, lloró incluso mientras se comía las magdalenas, sabrosa metáfora a la cual un escritor sagaz le hubiera sabido sacar un gran partido. Es verdad que mientras se comía el potaje, alternaba el gimoteo con la lectura de la columna de Anson. Y cierto es también que a la noche, mientras veía los resúmenes de los partidos, ya no lloraba y hasta se tomó una copita de jerez que le sentó pero que muy bien.

Esa noche durmió a pierna suelta. Y la siguiente noche, también. Y la otra. Y la otra. Anita, su mujer, jamás regresó y él nunca hizo nada por saber que fue de ella. Desde aquel día jamás volvió a tener insomnio, e incluso una noche, en lo que él consideró su gran prueba de fuego, se deleitó con unas espléndidas manitas de cerdo caramelizada que aprendió a hacer y que desde entonces sustituyeron al dominical y sobrio potaje ya para siempre jamás amen.


Responses

  1. Me has hecho comenzar la mañana, sonriendo. Pero este hombre….algo dormiría, no?. Aunque fuera en el trayecto de vuelta del trabajo…..:P

  2. Antonio?
    Anita?
    Demasiado angustioso para mí el relato, Javi…

  3. Aunque tiene un puntito simpático

  4. Hacía tiempo que no leía ningún relato tuyo, y de verdad, Javi, estoy completamente fascinada con tu capacidad de inventar historias. Este en cuestión, es muy completo y que según lo vas leyendo, vas parándote a pensar en un montón de cosas que se pueden hacer en esta vida, en lo afortunado que eres cuando puedes dormir y por que no, en todo eso que, como Antonio con su insomnio podía hacer en el tiempo que le duraba tal estado, que al final le cundió el no dormir. El sueño que tuvo relacionado con los trenes ha sido precioso y el final no ha sido muy feliz, enontrarse con la huída de su mujer a causa de sus ronquidos y manías, que el pobre, más le hubiera valido no haber encontrado ese anhelado sueño, pero claro, muchas veces no se sabe en la vida lo que va a ser mejor o peor, por lo que con ello llego a la conclusión de que hay que hacer siempre las cosas en el momento en que se piensan y se pueden hacer. Te felicito Javi, me ha gustado la historia.


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