Posteado por: javibrasil | 28 julio 2005

EL VIEJECITO

Llevaba ya varias semanas fijándome en él. Hará ya tiempo que habrá olvidado como fue su ochenta cumpleaños, pensé, pero allí estaba, como todos los días, el primero de la fila, como si fuera su más fiel y orgulloso guardián y ésta fuera su tesoro más preciado. Yo me preguntaba qué razones llevarían a ese viejecillo de más de ochenta años a coger el autobús de las seis y veinte de la mañana que le llevaría hasta Madrid. Podía ser que alguna de esas mañanas hubiese tenido que ir hasta la capital para acudir al médico, o algún otro motivo. Pero no, no podía ser: él repetía ese viaje, invariablemente y a esa misma hora todos los días desde hacia semanas, tal vez meses. A pesar de su edad y de un físico hostigado por los años y por la vida, vestía siempre elegantemente, con una chaqueta y un pantalón azul marino, una camisa blanca, corbata en tonos rojos en las que llevaba un alfiler que yo me moría de ganas por saber qué emblema lucía y una boina ladeada que le daba cierto aspecto de ex-combatiente de alguna antigua y absurda guerra. La única incongruencia en su vestuario eran unas zapatillas deportivas verdes, de marca, algo desgastadas, y que le daban un aire conmovedor que oscilaba entre la ternura y la compasión, siempre tan cercanos.Debo reconocer que durante algún tiempo la figura de ese viejecillo me llegó a obsesionar. Cuando el autobús llegaba a Madrid, aparte de que nuestras velocidades se desajustaban, nuestros caminos se separaban. Yo salía del intercambiador para coger otro autobús que me llevase hasta mi trabajo y el encaminaba sus pasos hacia el metro, con lo cual, imaginaba yo, esa no era más que una pausa hacia su destino final.El primer día de mis vacaciones decidí que nada mejor que recrearme en mi obsesión, por lo que allí estaba yo también, junto al viejecillo, esperando el autobús de las seis y veinte, en vez de estar en casa durmiendo hasta que el calor de ese horrible verano me levantase a patadas de la cama.

En los cincuenta minutos que duró el trayecto, muchas veces pensé qué diablos estaba haciendo allí, siguiendo a un pobre viejecito y observándole furtivamente. Él, como primer habitante de la fila y por tanto, dueño y señor de los asientos del autobús, ocupaba siempre el primer asiento de la derecha, junto a la ventana. Yo me senté varias filas por detrás de él, en el lado del conductor. Esta situación geográfica dentro del autobús me daba la capacidad estratégica de poder observarle cómodamente y sin miedo a ser descubierto, aunque poco había que observar. Durante todo el tiempo que duró el viaje se mantuvo atento a la carretera, mirando siempre al frente, y con las manos sobre las rodillas. De vez en cuando desviaba su mirada al salpicadero del autobús y parecía quedarse hipnotizado por la multitud de luces que en él brillaban, pero esto no venía a durar más que unos pocos segundos. En seguida retornaba a su posición asombrosamente hierática. Cuando llegamos a Madrid, yo, llevado por la rutina y por las asquerosas prisas de costumbre, me bajé rápido del autobús, sin darme cuenta de que el abuelo esperaba a que todo el mundo bajase para, con cierto y lógico esfuerzo, poder salir él el último.

Me sentí como el idiota que soy, disimulando, haciendo tiempo rebuscando algo en mis bolsillos para que el viejo consiguiera bajar y, además, adelantarme. Dejé que caminase unos cuantos pasos por delante sabiendo que iba a ser difícil para mi acomodarme a su ritmo. Se paró delante del torno de acceso al metro y tardó una eternidad en sacar la cartera del bolsillo interior de su chaqueta, quitarle la goma elástica que la estrangulaba, buscar el bono de diez viajes e introducirlo en la ranura del torno. Durante el tiempo que se demoró en esa operación yo no hacía más que dar vueltas como un tonto, que más que el papel de espía ridículo que me había atribuido, parecía un carterista, eso si, igual de ridículo que el espía.

Obviaré relatar el tiempo que tardó en cruzar el vestíbulo, las maniobras que tuvo que hacer para evitar ser derribado por esa riada de personas que parecían surgir de cualquier lado y el desafío que supuso colocar el primer pie, no digamos el segundo, para bajar las escaleras mecánicas, una odisea en si misma.

Cuando por fin llegamos al andén, vi que aun faltaban tres minutos para que llegase el próximo metro. Pensé que por fin el destino nos regalaría, al viejito y a mi, tres minutos de tregua antes de enfrentarnos a esa aventura de meternos en el vagón. Estaba algo desconcertado, o quizás debería decir avergonzado, debo reconocerlo, pensando en hasta dónde iba a llegar yo con esta estupidez. ¿Le iba a seguir en el metro? ¿Y si luego cogía otra línea? ¿También le seguiría? ¿En otro autobús? ¿Caminando por la ciudad? Había decidido que mi absurda aventura de treintañero aburrido en vacaciones había llegado a su fin cuando vi que el viejecito, mi viejecito, empezó a caminar por el andén justo cuando a lo lejos se veía la luz aun polifémica del tren. Desdiciéndome de todo lo pensado antes, y demostrando el ser cabalmente contradictorio que siempre he sido, le seguí. Y ya casi al final del andén, donde menos gente había, vi como se puso justo al lado de una mujer, anciana también aunque algo más joven, y le cogió de la mano. No. No. Y se cogieron de la mano. Así estuvieron esos escasos segundos que tardó el metro en llegar. Así estuvieron. Sin mirarse, con la vista al frente los dos, solo agarrados de la mano. Cuando ya la gente que abandonaba el vagón había creado el espacio mínimo para que los que esperaban en el andén comenzasen a entrar, la señora se soltó de la mano, se giró, le besó en la mejilla y, desapareció, engullida por esa boca hambrienta que era la muchedumbre a esas horas.

El viejecito siguió con la mirada el vagón donde iba ella hasta que este se sumergió en las tinieblas del túnel. Después, dio media vuelta y comenzó a deshacer el camino hecho. De nuevo la escalera mecánica, un pie, otro pie, de nuevo los empujones de la gente, de nuevo el torno de salida del metro. Yo le seguía, absorto, perplejo, intentando traducir lo que había visto y al mismo tiempo expectante por el nuevo rumbo que tomaríamos ambos, el abuelo y yo.

No serían ni las siete y media pero la estación ya hacía tiempo que había despertado. El viejecito encaminó sus pasos hacia la sucia cafetería y casi de forma milagrosa, logró sentarse en una de esas butacas redondas negras que quedan ancladas al suelo y que tanta rabia da no poder desplazar ni siquiera un poquito. Yo, por mi parte, y gracias a un excelente juego de codos, conseguí colocarme a su lado y pedirme un café con leche. Y mientras daba el primer sorbo a mi abrasador café oí una voz reluciente y tersa que decía: Un tinto. Rioja. Por primera vez oía la voz del abuelo, y, debo reconocer que me sorprendió por que tenía un timbre dulce y suave que no hubiera imaginado. Me giré un poco hacía él, viendo como bebía un poco de la copa de vino, solo un trago, apenas mojando los labios, tal vez algo más. Pagó, se levantó y se dirigió de nuevo, lentamente, hacia el autobús que le llevaría de vuelta a casa. Y mientras yo le concedía algo de tiempo, tomándome mi segundo café con leche aguado, el viejecito se detuvo, se giró, y, mirándome, me guiñó un ojo.

….Y allí me quedé yo, parado como un tonto, rodeado de carajillos, churros y tostadas, viendo como se alejaba de mi la dignidad caminando con zapatillas verdes.

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Responses

  1. ¡vale, me has dejado impresionada¡ Me ha encantado y me ha asomado una sonrisa dulce a la boca cuando lo he leido¡
    un besazo.

  2. Un montón de sentimientos entrelazados… misterio (por qué no), ternura, más misterio, un infinito cariño hacia ese amor que no tiene edad…
    Excelente, Javi (con reminiscencias de otros relatos) pero excelente…

  3. Entrañable, de una gran delicadeza, de los amores mas puros. Fabuloso. Que dulzura el final del cuento, fascinante. Sólo caben palabras como estas…

  4. Já sabe que eu adoro que você me leia seus contos antes de dormir. Esse é muito terno. Acho que é um dos meus favoritos.


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