Posteado por: javibrasil | 9 julio 2005

LLUVIA SOBRE PARÍS

“Por tu culpa volví a mentir, por tu culpa regreso a ti”, susurraba la
aterciopelada voz de Omara Portuondo por los altavoces de aquella
pequeña y oscura sala de baile frecuentada por sudamericanos, donde parejas acaso tan furtivas como nosotros se besaban y reconocían en los rincones más esquivos. En la pista, sólo otra pareja y nosotros, que muy juntos, amagábamos con bailar el almibarado bolero aunque en realidad apenas nos movíamos.

Ella, con los ojos cerrados y una leve sombra de sonrisa en la boca, apoyaba su cabeza en mi hombro. Yo, oliendo la dulce fragancia de sus cabellos que de vez en cuando besaba, mis manos en su cintura, sintiendo que la seda fría de su blusa era pasado y promesa de apasionadas noches. Sentía su respiración pausada y profunda acariciando mi pecho. Te quiero tanto, le susurraba al oído mientras mordisqueaba muy suavemente su oreja. Ella no decía nada. Apenas había dicho nada tampoco durante la cena en el pequeño restaurant griego de la Rue la Huchette, en el Barrio Latino y al que no habíamos vuelto desde aquel día en que nos conocimos, día que ahora me parecía tan lejano.

Bailamos un par de piezas más y después me pidió que nos sentáramos. En aquel rinconcito donde incluso la luz de la vela nos ofendía con su
temblorosa presencia, nos besamos largamente. Nuestras lenguas se
buscaban con la misma avidez que los adolescentes. Y también nuestras manos, nuestros ojos …

Estuvimos así no se cuanto tiempo e incluso conseguimos, yo por lo
menos, el milagro de olvidar que mañana ella se iría para siempre. Su marido había regresado a Lima, reclamado urgentemente por el nuevo gobierno para que se hiciera cargo de no sé que difícil situación. Ella se había quedado sólo unos días para resolver el asunto de la mudanza.

Cuando salimos a la calle, con un frío que calaba el alma, me dijo que
prefería pasear por el Sena. Esa última noche no haríamos el amor en el
pequeño apartamento que habíamos alquilado en la Rue Montfaucon, junto al viejo mercado de Saint Germain. Quizá fuera mejor así. Escondida dentro de su largo abrigo negro, paseando junto al río, y amando y odiando París la decía te quiero más que a nada en esta vida, te iré a buscar, por qué tienes que marcharte, te quiero, mientras ella, en su trágico silencio, hacía enternecedores esfuerzos por contener sus voraces lágrimas en la frontera del rimel. Hice una última y tristísima tentativa para ir al apartamento. No me resignaba a no hacer el amor con ella por última vez. Dulce, salvaje, lenta, vertiginosamente. Hacernos el amor hasta desaparecer.

Casi sin darnos cuenta llegamos al portal de su elegante piso. Volvimos
a besarnos con pasión e infinita amargura, amargura que yo sentía en el
acre sabor de sus lágrimas que se iban depositando en unos labios que yo me negaba a abandonar.

…Y así, como en una vieja película romántica en blanco y negro, se
soltó de mi mano y subió corriendo el breve tramo de escaleras que, cruel, la separaría para siempre de mi. Como un tonto me quedé mirando hacia la puerta, con el brazo extendido, anhelando su mano, como si ella todavía estuviera allí.

Y sintiéndome Gregory Peck en la última escena de Vacaciones en Roma, pero en París, di media vuelta, encendí mi penúltimo cigarrillo, arrojé mis lágrimas al cielo, me subí el cuello del abrigo y maldije que, por una vez, no lloviese sobre la noche de París, tan triste ya sin ti.


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