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Me desperté, una vez más, a las 03:33. Lo recuerdo bien porque muchas noches me despierto a esa misma hora. Es un número perfecto, un capicúa mentiroso y rotundo, y además, es la mitad horaria de la imposible 06:66, que, de existir, sería una suerte de hora satánica en la que muchos comienzan su infierno diario y privado.

Fui al baño, y mientras estaba sentado en la taza leyendo las cotizaciones de la bolsa en un periódico de hace un par de semanas, oí, a pesar de los tapones de silicona con los que duermo, como en el cuarto de baño de la casa vecina a la mía, casa que se reproduce con una simetría justa y tozuda, alguien estaba tirando de la cadena.

Me dio por pensar que esa otra persona que se encontraba al otro lado de la pared era mi otro yo, mi reflejo impar de las 03:33 de la madrugada. También pensé que las cotizaciones no acababan de recuperarse y que todo aquello parecía el argumento absurdo de uno de esos relatos de ese escritor famoso que sale en la radio y escribe una columna en un periódico. Mientras me sonreía pensando en lo mucho que detesto a ese escritor, y ya con los tapones de silicona en la mano para escuchar mejor los ruidos que mi otro yo hacía, pude reconocer el chorro del grifo corriendo con contundencia y brevedad, después, varios sonidos que no reconocí y que me inquietaron (quizás yo iba a reproducir esos mismos sonidos sin ser consciente de que eran la pareja obligada de esos que ahora escuchaba), y finalmente oí como unos pasos, con toda seguridad de pies descalzos, se alejaban con dirección a su dormitorio, que era un poco también el mío.

Doblé el periódico con desgana y lo dejé sobre el bidé. Después tiré de la cadena y abrí el grifo para lavarme las manos. Sólo para provocar a ese otro que quizás ahora, tumbado sobre la cama, ya comenzaba a acompasar su respiración al ritmo que le demandaba el sueño, dejé que el agua se precipitara en un chorro mortecino, desvaído e irregular. Me miré en el espejo, acercando mucho mi rostro y ladeándolo sólo para comprobar la calidad exangüe de mis ojeras. Pensé entonces en la posibilidad de que el otro yo, mi mitad impar, hubiera regresado subrepticiamente al baño, en un escandaloso silencio y estuviera también mirándose al espejo.

Me asusté.

Me puse de nuevo los tapones en los oídos porque ya no quería escuchar más. Nada. En la cama, me enlacé con fuerza a la cintura de mi mujer, que lanzó una débil protesta inconsciente, pero ese gesto era el único que podía retornarme a mi yo real de las 03:41, hora que aquel reloj de lengua roja me escupía con fiereza a la cara. Al cabo de un rato conseguí relajarme y me coloqué boca arriba, con las manos entrelazadas en el pecho, como un falso muerto insomne, o quizás un falso insomne muerto.

Lo último que recuerdo es que me dormí pensando si aquel otro tipo, ese otro yo, también odiaría tanto a ese escritor famoso.

LÓGICA

 

 

En el fregadero los platos, los vasos, los cubiertos, se amontonan en un caos sucio y perfecto.
Montañas grisáceas de ropa se levantan por rincones absurdos de la casa.
Ha elegido intentarlo de nuevo, pero sólo con las de reverso azul. Sólo.
Oye gotear el grifo del lavabo con ritmo constante. Tortura, debería. Pero a él le reconforta.
Extrañeza.
Es el grifo de agua caliente.
Sobre el terreno virgen, impoluto, de la enorme mesa de abedul. Recomienza.
Los ojos: cansados. El pulso: firme. El espíritu: agitado. Los adjetivos: de segunda mano.
Dos cartas, por su lado estrecho, una uve invertida sobre la mesa. Al lado, otras dos. Y dos más. Dos.
Sólo las de reverso azul. Ya lo dije.
Azul oscuro.
Sobre esa primera hilera, una sucesión discontinua de horizontalidades.
Y encima, más uves invertidas.
La construcción se derrumba.
Una vez más.
El teléfono suena.
A veces. Pocas. Muy pocas.
Un minuto son sesenta segundos. Y sesenta minutos son una hora.
Creo que es asi.
Más cartas. Lo intenta, lo intenta, lo intenta. Bebe agua de una botella. De plástico.
Por un instante piensa si debe probar con las de reverso rojo.
La idea es tan abominable que le produce escalofríos.
Mañana.
Ilimitado.
El calendario comienza a oler a descomposición.
Pero.
Esta vez, sí.
La montaña de cartas crece.
Regular, ordenada, concreta.
Cuatro niveles. Pasa el tiempo y cinco y seis.
Sí.
Le agota pensar en por qué ocho es el elegido.
O miedo. O algo.
Tantos números.
Acaba.
Se retira hacia atrás, con movimientos demorados, pausados.
Se sienta en una silla.
Está tapizada con una tela áspera. Color beige claro.
Enciende un cigarrillo con una larguísima calada que será única.
Durante unos instantes, contempla la construcción.
Estremecimiento.
Es frágil. Lo es.
Las cartas.
Pero sorprendentemente estable.
La mano desmayada sobre el respaldo de la silla.
La ceniza del cigarro construyendo una efímera cicatriz blancuzca.
Y humeante.
Se levanta.
Pero se levanta.
Y secándose las lágrimas: gruesas, abundantes, con el puño: sucio, de su camisa: clara, derriba de un manotazo todas la cartas, las arroja al suelo y se dirige, sin parar de llorar hacia uno de los cajones del armario a buscar otra nueva baraja.
Con el reverso rojo.
Esta vez.
Necesariamente rojo.

Para mí era un héroe. Verle acompasar su delgado cuerpo al traqueteo de los vagones del metro sin que se agarrase a ninguna barra para mantener el equilibrio hacia que le admirase aun más. Yo lo intentaba también, mientras él ensayaba una falsa despreocupación y me vigilaba de reojo desde detrás de sus gafas de pasta negra. A veces me llevaba a su trabajo. Aquellas visitas eran el mejor regalo que podía hacerme. Primero me llevaba a ver los talleres, inmensos hangares de techos altísimos, llenos de grandes máquinas oscuras y grasientas que producían un enorme y rítmico zumbido al que rápidamente me acostumbraba, como un latido externo, y al que acababa echando de menos cuando salíamos de allí. Después, a través de un pasillo nervioso y luminoso, lleno de legajos y archivadores, alcanzábamos las oficinas, donde él tenía su trabajo. Yo me sentía orgulloso de ir de la mano de mi padre hasta su mesa, mientras sus compañeros nos saludaban, y en esos instantes, no tengo la menor duda de que era el niño más feliz del mundo. Alguno de ellos, de sus compañeros, siempre acababa regalándome algo de material de su trabajo: un cuaderno, o un bolígrafo, o unas bolas de acero brillantes de diferentes tamaños traídas de los talleres y que me fascinaban. Eran canicas de lujo con las que al día siguiente podría ser la envidia de mis compañeros de clase. Recuerdo que yo nunca quería usar esos cuadernos que me regalaban. Sentía que si lo hacía, acabaría erosionando poco a poco la ilusión y la emoción de aquel día hasta convertirlas en leve arenisca. En mi habitación llegué a tener varios de esos cuadernos sin usar.

A la hora de la comida, íbamos a una pequeña taberna donde él a veces almorzaba. Pedía pisto con huevos fritos. Era como una tradición, como un pacto tácito y secreto conmigo. Siempre pisto con huevos fritos. Sentarme a comer en la mesa de aquel modesto bar, junto a mi padre, y que éste me sirviera unas pocas gotas de vino que se acababan disipando entre la gaseosa, convirtiendola en un líquido ligeramente rosáceo, era, para mí, pasar sin transición de la niñez a una adolescencia formal y responsable. Y esa sensación me gustaba, y me inquietaba, como si esas bolas de acero que vagabundeaban en el fondo de mi bolsillo fueran un contrasentido infantil con el nuevo estatus que alcanzaba durante aquellas comidas y que, felizmente olvidaba en cuanto regresábamos a casa.

Algún domingo nos llevaba a mí y a mi hermano a pescar a algún pueblo cerca de Madrid. En realidad, sólo pescaban ellos. Yo no sabía, o no quería hacerlo, ya no lo recuerdo. Mi padre colocaba la caña sobre la flecha hundida en el terreno, ajustaba un pequeño cascabel en la parte superior, se tumbaba en el suelo y colocándose la visera sobre los ojos, se quedaba dormido. Muchas veces regresábamos a casa sin ningún pez en la chistera, pero a él no parecía preocuparle. Y si a él no le preocupaba, a mí tampoco. Yo me divertía viendo el movimiento zigzagueante de las lombrices que mi padre compraba vivas, en una armería del barrio,  para usarlas como cebo.

Otro de los momentos que me gustaba compartir con él era cuando jugábamos al dominó en casa. Sólo él o yo, o involucrando a mis hermanas en el juego. El dominó, que era un regalo que alguien le había traído de Venezuela, estaba formado por unas elegantes fichas amarillas de marfil que se guardaban en una pequeña y coqueta funda de terciopelo azul oscuro, con la palabra “dominó” bordada en hilo dorado.  Su mano fina y de alargados dedos siempre amarillentos por la nicotina de los cigarrillos que fumaba sin cesar, cogía las siete fichas de un solo movimiento, y las colocaba en pie, con un golpe seco sobre la madera de la mesa A mí me parecía algo mágico e inexplicable que mi padre siempre supiera cual era la última ficha que se iba a colocar al final de una partida. Yo me divertía haciendo giros, contragiros y quiebros en la disposición que las fichas iban dibujando sobre la mesa. Me divertía mucho más eso que el juego en si. Aun asi, mi padre se dejaba ganar muchas veces y fingía enfadarse porque yo cada vez jugaba mejor que él.

A mi padre le gustaba la vida dulce y tranquila. Le gustaba enfadar a mi madre cuando le susurraba palabras al oído imitando un perfecto acento argentino que creo que desde entonces comencé a amar. Le gustaba escribir, frases, ideas, reflexiones en viejos cuadernos, con la caligrafía más hermosa que yo he visto jamás. Le gustaban muchas cosas que ya ni siquiera recuerdo.

A mi padre hace ya tanto tiempo que le echo de menos.

 

 

 

A mi padre, in memoriam.

No es por presumir, pero la verdad es que me miré al espejo y estaba preciosa. Era una auténtica cebolla roja. Hasta me esforcé en colocar en la parte de abajo unas simpáticas raices fibrosas que si bien me molestaban ligeramente al caminar, hacían que el disfraz fuese perfecto. De otros años aún tenía guardados en el altillo mi disfraz de oso polar borracho, de lesbiana minimalista, de gamba con gabardina, graciosísimo, te lo juro, y el de horno crematorio filonazi que pude reutilizar en el penúltimo Halloween y que cosechó, debo reconocer con cierto sonrojo intelectual, alabanzas y críticas a partes iguales. Pero yo quería ir de cebolla. Que fuera roja era sólo un capricho estético. Y quería ir de cebolla porque mi servicio de espionaje me había pasado la información de que Fernando iría de lechuga. Fresca.

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SAUDADE

 

 

Los ilegales somos una gigantesca tropa de invisibles absurdos. Hace ya tres años y dos meses que salí de Brasil, de mi querida Bahia, y aun no he podido regresar. El contacto con mi familia ha quedado reducido a esporádicos correos electrónicos o a la llamada que les hago desde el locutorio todos los sábados a las diez de la noche, y donde he aprendido a mentirles y, lo que es peor, a mentirme ami.

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Inspirándome en alguna otra bitácora que visito, decidí incorporar una mínima banda sonora que formara un todo con el cuento. Asi pues, si os apetece experimentar este juego, y queréis escuchar la canción al tiempo que leéis el relato únicamente tenéis que hacer click en el título, “Tango”, y abrir una ventana nueva. 

Las palabras quizás son torpes, pero por la música pongo la mano en el fuego.

 

 

TANGO

El taxista de la gorra azul de Los Angeles Lakers e implacable verbosidad nos dejó a la puerta de lo que según él, era la mejor casa de tangos de Buenos Aires. Chao gallegos, pásenlo bien, se despidió de nosotros llevándose el índice de su mano derecha a la visera de la gorra, como un remedo burlón de saludo militar.

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Entre anuncios de comida rápida, créditos instantáneos ofrecidos por piratas con corbata y ventas por catálogo con premio seguro, a mi buzón llegó también un elegante flyer en cartulina negra con unas hermosas y estilizadas letras en color dorado donde podía leerse: “Enigma: perla negra.” A pesar de su evidente belleza, con el paso de los días acompañó sin honra alguna a otros cuantos kilos de papel viejo hasta el ataúd azul del reciclaje, donde les perdí definitivamente la pista de sus veleidosas ilusiones.

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Aquellos cines de barrio que tenían nombres tan evocadores como Apolo o Emperador se fueron muriendo en silencio, a cámara lenta, como un trasto viejo e inútil, sin recibir nunca el honor que se merecían. Allí aprendí a amar el cine, una frase tan cursi como sincera. En las dobles o incluso triples sesiones, descubrí que Richard Vidmark podía matar sólo con su risa, que los indios eran siempre los malos, que los marcianos nos conquistarían antes o después, que Cantinflas era un antihéroe, aunque yo ni siquiera lo sospechara, y que mi mano estaba siempre temblorosa cuando quería colonizar la pierna de Loli bajo su falda tableada, falda que ella se elevaba unos centímetros más allá de la frontera paternal en cuanto salía por el portal de su casa.

Sólo el olor incontestable del ozonopino ya servía para comenzar a transportarme a desiertos polvorientos, desangelados planetas rojos o inquietantes ciudades nocturnas llenas de humo y neón. Muchas veces entrábamos al cine (en la infancia, ir al cine no podía ser si no una experiencia colectiva) con la película a la mitad, pero poco nos importaba tener primero la certeza de quién era el asesino y, en el segundo pase, redescubrirle siendo un simple sospechoso con gabardina oscura, pitillo entre los labios y sombrero borsalino.

Recuerdo con nostalgia, ese sentimiento tan cobarde y traidor, cómo negociábamos con la taquillera, que indefectiblemente era una mujer mayor, y con el portero para que nos dejasen ver aquella película autorizada para mayores de 14 años aunque nosotros sólo tuviéramos doce o trece. A veces, dependiendo de su humor, lo conseguíamos, y con un poco de suerte, en la pantalla aparecía fugazmente el pecho desnudo de alguna actriz, lo cual nos serviría para nuestras ensoñaciones nocturnas, más o menos atrevidas.

Aquellos cines ahora sólo existen en mi memoria como un recuerdo amable y dulce. Hace tiempo que dejé de ir. Me gustaba ir sólo, buscando desesperadamente las sesiones donde menos gente hubiera y donde mi misantropía no se sintiera violentada. Los cines ahora se han convertido en inmensos centros comerciales donde, lo de menos, es la película, y donde hordas salvajes invaden las salas provistos de gigantescos cubos de palomitas, enormes vasos de coca-cola y una irritante incontinencia verbal que han conseguido que me recluya en el salón de mi casa.

Este relato agoniza. Cuando lo acabe, me sentaré en el sofá, colocaré en el DVD Cinema Paradiso, y me emocionaré una vez más viendo al gran Philippe Noiret amando el cine en silencio. Y lloraré. Porque me gusta hacerlo. Y porque me gusta el cine.

I

La última vez que vomité amor fue hace ya tanto tiempo que no sé si son recuerdos o son sólo astillas sucias clavadas en mi memoria.
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Heredé la niebla y la risa, y me sorprendí una tarde larga de domingo devorándomelas lentamente con lujuría. Heredé también petirrojos enjaulados, acentos argentinos, susurros sigilosos e indolentes. Y caricias álgidas de putas desdentadas que se restriegan, rencorosas, en los ángulos esquivos de mi memoria. Heredé piratas y desaires. Muertos sonrientes y lunas insípidas. Suicidios reciclados. Fusas difusas rasgando la noche espesa. Versos perversos sangrándose en lo absurdo. Trastabillados trabalenguas áridos.

Heredé celuloides marchitados por los besos. Frases violadas quejándose con desgana en los salones del infierno. Antropófagos de rumores masturbándose en el cielo. Polisindentones, asindentones, alteraciones. Y heredé anáforas. Con la pasión  de los ignorantes. Y un dolor perfecto. Y un crujir obsceno de tinieblas en calma. Y un zahorí sin sombra deslizándose en el filo. Heredé bocas, párpados, ojos, manos, estómagos. Y un catálogo deshilachado de nubes derrotados.

Heredé arrabales dispersos de pisadas imprudentes. Misterios de rellano iluminados por la noche. Y ciénagas de vientos mutilados. Y almas en alquiler. Heredé cascadas de tinta, chimeneas impolutas, luciérnagas eléctricas aventadas por las manos mustias de un ladrón suplicante. Y la amargura escondida en ataúdes blancos. Y el amor. Y la rabia. Y el silencio.

Heredé la palabra.

La primera fotografía me llegó dentro de un sobre pequeño, de color sepia, aquellos viejos sobres rancios y de tacto áspero que ya casi no se usaban. Mi nombre estaba escrito con una pulcra letra de molde en una  etiqueta adhesiva colocada en la esquina inferior derecha.

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Su visita una vez cada dos semanas era exacta rutina. Ocupaban la que llamábamos aula chica que en realidad era la más grande del colegio. Se situaban cada uno en una esquina y fuera de la clase, en el pasillo, bajo la displicente disciplina de un par de profesores, se formaban dos largas colas en las que, solo los que quisiéramos, y siempre queríamos casi todos, podíamos esperar turno para confesarnos y, de paso, escaparnos de la clase de geografía o literatura.

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Me resistí, juro que me resistí. Lo intenté, razoné, grité, me impuse, alzando mi poderosa pero inútil voz, renegué de todo y de todos, balbuceé, blasfemé, me humillé, juré y abjuré, prometí, redoblé la promesa, pero al final, vida cruel, claudiqué. Aquella noche de viernes, iríamos al circo. Si Elena me hubiese dicho que tenía compradas las entradas desde hacia semana y media yo me hubiese ahorrado muchos vanos disgustos y una larga lista de pretéritos perfectos simples. Justamente, esa noche de viernes y no otra, que ya había trazado con meticulosidad un sofisticado plan cultural doméstico que consistía en sentarme en el sillón y leer algún pequeño tratado de filosofía o, en su defecto, algún libro de Pérez Reverte.

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Klee era un idiota, Dalí un bufón histriónico y Mondrian, Pollock o Rothko simplemente unos embaucadores. Él odiaba todas las tendencias y corrientes pictóricas que se habían desarrollado durante el siglo veinte y que consideraba una suerte de feroz involución artística. Siempre había admirado a clásicos como Vermeer y su dominio asombroso de la luz o los claroscuros fascinantes de Caravaggio, sobre todo en ese San Gerónimo deslumbrante y casi milagroso, que era su cuadro preferido. Pero esas críticas, tan viscerales como sinceras, no las expresaba más allá de un circulo muy estrecho de amistades; trabajaba como copista en el Rijksmuseum y entendía que era más practico, cómodo e inteligente mantener públicamente unas opiniones mucho más moderadas.

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I

La caja era metálica, rectangular, de un color blanco muy brillante, apenas disimulado por unos pequeños detalles geométricos verdes. El interior estaba forrado por una lámina de color dorado de la que, según la posición en que la diese la luz, se desprendían unos tibios y tímidos reflejos. En la parte de abajo, en negro, destacaba un logotipo redondo y un puñado de palabras en alemán que me confirmaban que, aunque yo no lo recordase, esa caja había albergado en su día algún regalo que mis tíos nos traían cada verano cuando regresaban a España a pasar las vacaciones. Esa caja era el almacén de trabajo de mi madre. Allí guardaba, en un apasionado caos que sólo ella dominaba, alfileres, acericos, imperdibles, corchetes, jaboncillos azules y rosas, dedales, bobinas de hilo, canillas para la máquina de coser, agujas y botones de todas las formas y tamaños imaginables. Siempre que podía, le robaba a esa caja algún trozo de tiza para marcar sobre los ladrillos rojos del suelo de la cocina, los límites del campo de fútbol donde se celebrarían los más épicos partidos de chapas, chapas que descansaban perfectamente organizadas por equipos en pequeñas cajas de cartón que mi madre pedía para mí en la mercería. Pero era a los pies de la vieja Singer donde mi hermana Marta y yo transformábamos aquella caja metálica en un verdadero cofre del tesoro. Mientras mi madre acompasaba nuestras risas con la cadencia perfecta del pedal de la máquina de coser, nosotros jugábamos a los bonis, o perfilábamos en el suelo dragones de brillantes ojos que escupían fuego. Los botones dorados huidos de algún traje de comunión convertían la mirada del dragón en la más amenazadora del mundo.

II

Dejé a mi hijo correteando por los jardines de la residencia mientras yo acompañaba a mi madre a su habitación. La visita rutinaria de cada dos domingos me hacía comprobar con hastío cómo quince días pueden convertirse en un peso casi inasumible. Le ayudé a sentarse en el sillón del cuarto y encendí el pequeño televisor que había sobre la cómoda, intentando de alguna forma abortar aquel silencio tan espeso. De repente, ella me dijo:

     - Alberto, hijo, mira a ver si me puedes acercar la caja.

Sonreí con indulgencia, pensando en esos pequeños vacíos de memoria que tienen los viejos y que les conceden un punto mayor aún de ternura de la que ya tienen por sí.

     - Mamá, ya sabes que la caja no está aquí. Cuando vengas a casa, me lo recuerdas y yo te la doy, ¿vale? – le dije, mientras le colocaba un cojín detrás de la cabeza.

     - Es verdad, hijo. Perdona.

Me senté junto a ella a los pies de la cama, zapeando nervioso en los canales de televisión, disfrazando con torpeza esa sensación incómoda y agria que siempre me producían aquellas visitas. Al poco, miré con disimulo la hora en el reloj y ajustándome mecánicamente el nudo de la corbata, me puse en pie y dije:

     - Bueno, mamá, me voy a ir ya, que tú necesitas descansar un poco.

Le besé en la frente al tiempo que le mesaba sus blancos cabellos y mientras me miraba en el espejo de la pared, acomodándome el cuello de la chaqueta, me estremecí cuando le oí decir:

     - Adiós, y cuando salga, si no le importa, dígale a mi hijo que a ver si me puede acercar la caja.


 

 

Para Nani

La tercera Ley de Newton. Joder. Ni siquiera sabía que hubiera dos anteriores. ¿La habríamos estudiado este año? Newton era al que le tiraban manzanas a la cabeza. No, espera…ese era Albéniz. Newton fue quien inventó la gravedad, que las cosas flotasen y el submarino. Si, recuerdo haberlo leído en un muyinteresante.

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Suena nervioso el despertador. La respiración pausada y templada de ella. Mis pies desnudos apoyándose en el suelo. Miles de hilos de agua en pausa sobre mi cabeza. La aspereza del mechero y lo casi imperceptible de la primera calada. Los cereales despeñándose sobre el bol azul de cerámica. La cucharilla raspando el fondo y golpeando a su retirada tres veces. Ni una más ni una menos. El silencio sofocante de las calles vírgenes a las cinco y media de la mañana. Los gatos descubriendo tesoros en los cubos de basura. El bramido lejano y apagado de algún coche madrugador. O noctámbulo. Las llaves de casa jugando traviesas con las monedas. Los buenos días musitados en la parada del autobús. Las revoluciones aburridas y cotidianas del motor. Las prisas inquietas transmitidas a los cláxones.

Las puertas del metro abriéndose, cerrándose, abriéndose. El catálogo desordenado de voces en el bar. Su tabaco, gracias. El ascensor elevándose en susurros y pregonando en metal cada nuevo piso. La sintonía de Windows cuando enciendo el ordenador. El ringrinear constante de los teléfonos. La impresora fusilando indiferentes copias y copias. Risas. Un estribillo escondido en un silbido. El barullo denso y volátil en las aceras. El aullido inquieto de una sirena invisible. El estruendo anhelado de una tragaperras. El semáforo amable guiando a ciegos. Los martillos neumáticos torturando el pavimento. Un avión pasa.

El cuchillo afilado percutiendo sobre una tabla de madera. La efervescencia de algo en la sartén. El frigorífico intermitente en su sollozo. Los platos, en batalla con los cubiertos, lavados en la cocina. Mi voz. La de ella. Una televisión anónima profanando las ventanas. Un mueble arrastrado en el piso de arriba. En algún lado bajan una persiana. La plancha respirando fuerte sobre las mangas de una camisa. La trompeta de Chet Baker en los auriculares. La cisterna ahogándose tras la puerta. Mis dedos tecleando estas palabras en el ordenador. Las hojas de un periódico doblándose sin rubor en el sigilo. El beso. El amor. La noche.

Suena nervioso el despertador. La respiración pausada y templada de ella.

Para quien sabe escuchar, la vida tan sólo es música.

Una rutina. Cada domingo, mientras mi madre se quedaba en casa recogiendo los restos amargos de la semana, mi padre nos llevaba a mí y a mi hermano al apeadero a ver pasar los trenes. El trayecto era largo. Primero tomábamos un autobús que rasgaba en diagonal toda la ciudad y del que nos bajábamos en el final de la línea, justo en medio de la nada. Después, recorríamos entera una serpenteante calle en cuesta donde nunca se había parado a descansar la sombra. Al final de la calle, como un absurdo, estaba el apeadero.

Una cantina. Cuatro mesas de hierro con publicidad de mirinda y un puñado de sillas moribundas devoradas por el orín. Allí nos sentábamos mi hermano y yo, compartiendo una única coca-cola que el camarero, un tipo callado y taciturno como sólo pueden ser los camareros, nos servía en dos vasos de cristal ya rallados de tanto lavarlos, con una asombrosa y milimétrica simetría que me fascinaba y que apenas alcanzaba a ver desde las fronteras que marcaban mi altura y la barra del bar.

Un paisaje. Árboles esqueléticos y anémicos desorganizados en difusas hileras. Un traqueteante mercancías arrastrando contenedores llenos de misterios y que jamás tenía el mismo número de vagones para mí o para mi hermano. Un talgo gris que nunca pasaba a las doce y media, agitado por una eléctrica franja roja y que siempre me pareció una suerte de gran chabola horizontal de uralita. Un perro melancólico, distraído y holgazán colocado allí por algún necio guionista de futuros recuerdos.

Un chantaje. Mi padre bebiéndose dos copas de ginebra exiliado en una esquina del bar mientras yo colocaba una moneda de cinco pesetas en los raíles y miraba a mi hermano mayor, que, golpeando con obsesión la punta de sus zapatos en la tierra, me susurraba que no le podía contar nada a mamá. Contar qué.

Una realidad. Las vías resisten imperturbables e insolentes, acompañadas por quizás el mismo oscuro balasto, viajando paralelas a una autopista. El apeadero, la cantina, el camarero, los árboles exhaustos, ya nada de eso existe. Bloques de casas con ínfulas pretenciosas, un jardín plastificado y apócrifo y un gran centro comercial lo han devorado todo.

Un odio. El odio que desde que crecí y comencé a entender qué no le debía contar a mi madre, le tuve siempre a los andenes, a las catenarias, a los trenes, odio que desde entonces he compartido siempre con la puta nostalgia que con sus violentos vaivenes te acaba arrinconando en una vía muerta de la vida.

Seamos claros: yo sí creo en maldiciones, malesdeojos, conjuros, sortilegios y demás supercherías. Y creo en todo eso porque tengo pruebas de que existen. Exactamente desde aquel verano, rondaría yo los diez años, en el que mi tío Cele, después de una violenta discusión con el Matias por un problema de lindes en los terrenos, en vez de arrearle un garrotazo, como mandaba la tradición, le maldijo en el bar diciéndole: “Asin te parta un rayo, malnasio.” A los cuatro días, y en medio de una lacónica pero intensa tormenta de verano, el Matias moría achicharradito por un rayo en medio de una hermosa cosecha de coliflores, que, coño, más parecía la sombra de martinluterkin de tan negro como se quedó. La verdad es que todos en la familia e incluso en el pueblo nos quedamos un poco acojonados al comprender que la maldición de mi tío se había cumplido, aunque, así, entre nosotros, a los pocos días ya nadie echaba de menos al Matias, que en verdad, era un auténtico cabronazo.

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Y que la vida iba en serio comencé a adivinarlo aquella noche en la que mientras mi madre recogía mis calzoncillos y mis calcetines del suelo, y ya eres lo bastante mayorcito como para ir solo al colegio, yo me hacía el dormido sin poder controlar que los ojos me temblasen por debajo de la manta tersa de mis párpados que mira bien al cruzar la calle, que el muñequito esté en verde y que.
Al día siguiente, con una intraducible mixtura de pánico y osadía y anhelando sin saberlo la vigilancia espía de mi madre, caminaba hacia el cole desafiando en secreto a esos otros niños hola Jorge que aun dependían de la subvención caritativa de una mano que los guiase.

Y que la vida iba en serio estoy hasta los cojones de que ese niño no me obedezca lo continué descubriendo cuando comencé a entender que los habituales gritos de mi padre no eran translucidos y pasajeros sino agrios, que ya tiene doce años, coño rugosos y punzantes como un cuchillo en el espejo. Y en clase, cuando miraba huido a mis compañeros Jorge, atiende que se escapaban en garabatos de lápiz de las lecciones del profesor y me sentía ajeno, ¡Jorge! sin conseguir hallar el reflejo de mi pertenencia a esa tribu infantil y simple que tanto deseaba que fuera mía.

Pero cuando de verdad supe que la vida iba en serio fue aquel sábado, uno cualquiera, que mi madre me llevó por la mañana al parque, y mientras ella devoraba con resignación su hastío, yo, sentado en un banco al sol, llorando blando y mordiéndome la rabia, me fui convenciendo que mira bien al cruzar la calle de que ese niño no me obedezca Jorge atiende de que ya nunca más podría subirme a los columpios.

Las casas se descuelgan absurdas por la colina, perfilando geografías imposibles. Puzzles caóticos y paranoicos de humildes ladrillos sangrantes, cincelados a golpe de pobreza y cocaína. Lloviznas de geranios y rosas rojas. Y amarillas. En el centro, un falso corazón extirpado con crueldad a las vísceras de la favela regala con desprecio un pequeño rectángulo deforme. Dos porterías huérfanas y melancólicas y un balón ausente.

Allí cada noche, mi camiseta es mi piel, soy Ronaldo, acomodo las horas en mis pies, soy Maradona, invento paredes con la muerte, soy Pelé, descalzo regateo a mi futuro, soy Dios. Riéndome en el laberinto hago goles sin rencor que celebro con la espuma del otro lado. El balón es mío. El espacio es mío. El silencio es mío. Del resto nada sé.

La luz mísera de las farolas se cobija displicente en mi sudor esclavo. En cada jugada conjuro pesadillas; burlo infiernos; amago redenciones. En cada pase, resumo la incertidumbre; secuestro la audacia de los contrarios; ahuyento el dolor intangible. A un lado del regate, una bala, al otro, una vida por maldecir. Cada rival que me encara es un muerto que desafío y que me condena. Ecos de disparos evocan percusiones. Gol. Gol. Somos cinco, somos ocho, somos once, soy yo solo y el balón. Desatiendo recuerdos futuros y enfrento la portería como quien enfrenta impasible lo inaplazable. Zigzag. Amor. Bang. Los penaltis no se chutan: se ejecutan. Las faltas no se lanzan: se disparan. El miedo no se vence: se disfraza. Los partidos aquí nunca se ganan. Quien empata, triunfa.

Brasil apesta a ingenuidad y a podredumbre, a esperanza y a miseria, a amargura, risas, pólvora, música y ataúdes. Brasil es crucifixión y resurrección, es un inmenso y desasosegante muladar con elegantes vistas a Copacabana. Cada día en Río, muero una docenas de veces. Por la noche, no. Por la noche juego al fútbol. Vivo.

Airtxondo era un lugar demasiado pequeño como para no tener amigos, o quizás, demasiado pequeño como para tenerlos. Asier y yo nos llevábamos apenas dos años pero, a pesar de vernos siempre en la única ikastola del pueblo, nuestro lazo de unión provenía de la profunda amistad de nuestros aitas, que formaban parte de la misma cuadrilla desde que eran críos y que además, compartían una entusiasta afición por la trikitixa, afición que ninguno de sus hijos heredamos. Asier y yo no éramos de ese tipo de amigos que van siempre juntos y que no pueden vivir el uno sin el otro. La nuestra era una amistad más sobria, basada en códigos tácitos, silencios sobrentendidos y miradas cómplices. Una amistad lenta.

Al poco tiempo de que Asier se fuera a Bilbao a estudiar Derecho, Uxue, la que había sido su primera y única novia y que después sería su mujer, se fue a vivir con él. Yo, mientras tanto, me quedé en Airtxondo, buscándome la vida como podía en cualquier trabajo en el que me pagasen lo suficiente como para poder salir los fines de semana a emborracharme, al menos mientras vivía en casa de los aitas.

Durante los cinco años que Asier y Uxue pasaron en Bilbao, apenas vinieron durante las vacaciones y algún fin de semana que otro, pero a pesar de ello, nuestra amistad seguía intacta, tal vez involuntariamente latente, más sólida y madura.

Desde que éramos adolescentes, siempre nos había gustado hablar de política, algo casi imposible de obviar en nuestro País, pero ahora, desde que Asier había decidido prepararse las oposiciones para entrar como agente en la Ertzaintza, hablábamos mucho más. Él me decía que era la mejor manera que había encontrado para hacer de Euskadi un país mas fuerte y más libre e independiente. Mis ideas, sin embargo, en esos últimos años, se habían radicalizado bastante, pero Asier siempre justificaba mis posturas tan cercanas al nacionalismo más extremo con el hecho que de siguiera viviendo en Airtxondo, en un ambiente opresivo, cerrado y asfixiante. – En la capital todo se ve de otra forma, Gaizka, me decía siempre, como si mi mirada hacia Euskal Herria se viera deformada por una suerte de cristal poliédrico que solo fuese capaz de proyectar fantasmas deformes con txapela y txistu. Asier se equivocaba.

Cuando se casó con Uxue me pidió, y acepté, que fuera su padrino. Fue la única vez que lloré junto a él, llanto quizá empujado desde las entrañas o desde el corazón por los efluvios etílicos del momento. Pero él era feliz, y si él lo era, yo también. Aquella fue la penúltima vez que le vi.

La última, un par de años después de su boda, él ya estaba destinado en Donostia y había ascendido a suboficial. Habían tenido un niño, Mikel, vivían en la calle Eiristoa, en el barrio de Anoeta, tenían un Ford Mondeo gris metalizado con matrícula 378?-BC? y un Opel Corsa rojo con matrícula 876?-AC? que solía conducir Uxue, la cual trabajaba en horario sólo de mañana como administrativa en Transportes Berriartuak, en el polígono Belartza.

Aquella noche, mientras me ocupaba de limpiar la pistola y de cargar las parabellum, me di cuenta de que nunca había desobedecido ninguna orden de “los de arriba”. Mi fidelidad y mi convencimiento eran plenos, pero mañana sí lo haría. Mañana no le daría un tiro en la nuca, como hice con los dos anteriores, no. Me sentía en la obligación de que Asier al menos tuviera el privilegio de verme la cara, de saber que era yo y no otro el que le iba a asesinar.

AVISO: Mucha gente piensa que una bitácora fundamenta parte de su éxito en su concreción: anotaciones cortas y directas. Seguramente tienen razón, pero como yo tengo mi bitácora básicamente por egoísmo y para divertirme, me salto tal indicación tan ricamente y aquí Paz y después Gloria, y después las que quieran ir pasando.

Asi que avisados estáis. Este cuento es tan largo como seguramente malo, para que no se diga que no soy un tipo equilibrado. Si alguien se siente en el compromiso de dejar algún comentario, cosa que dudo, aquí os ofrezco unas cuantas sugerencias:

        a) ¡Hacía mucho que no leía nada tan bueno!

        b) Interesante bitácora. Visita la mía cuando puedas.

        c) ¿Era esto necesario?

        d ) Rojo cabrón. !Viva Cristo Rey!

ASPIRINO

I
Quién me lo iba a decir.

Paco…Paquito…Paquito el Aspirino. ¿Hace cuántos años que no lo veía? Mejor no pensarlo porque produce algo de vértigo. Paco el Aspirino. Así le llamábamos porque trabajaba como mancebo en una farmacia del barrio de Argüelles. Si, ya lo sé, no es muy original, no, pero ¿acaso debería serlo?

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Esta noche estaré allí. Sí. Me han dicho que son de fiar. Buena gente. Y yo me fío de quien me lo ha dicho. Estaré allí entonces. Mañana aquí todo será igual, un día más en el infierno, pero yo no estaré vendiendo pescado. No lo sabe nadie. Miento. Kassim si lo sabe, él me puso en contacto con ellos y me dejó parte del dinero que necesitaba. No es un regalo, es un préstamo, pero seguro que se lo devolveré. Si no llueve ni hay nubes, tendremos una enorme luna amarilla que nos ayudará los primeros días. A Yamina no le he dicho nada. Es mejor asi, que no sepa nada. Los que huimos nunca decimos nada. Eso le ahorrará lágrimas que después quizás necesite. Lo entenderá todo cuando esta noche no encuentre mi cuerpo junto a ella en la cama. Huyo, Yamina, pero los que huimos también regresamos. Algunos.

Las horas pasan perezosas. Soberbias en su poder. Sólo puedo llevar una bolsa de plástico. En casa de Kassim me visto con un pantalón, una camiseta de manga larga gruesa, un chubasquero, y una gorra. En la bolsa, tres camisetas más, un corán en su estuche, otro pantalón vaquero y unas sandalias. Dentro de un preservativo, nueve billetes de diez euros, y un trozo de papel con cuatro teléfonos, uno de Madrid, uno de Barcelona y dos de París. Nos despedimos con un abrazo seco y fuerte. Él no me acompañara. Dice que no debe hacerlo. El sol amaga con comenzar a agonizar. Tengo miedo. Antes de llegar al punto de la playa convenido, me paso por casa de los abuelos. No sé porqué he ido. Qué hago ahí. Ese barrio y esas calles que he pisado miles de veces me parecen ahora opresivas y sufridas. La abuela Aicha está en la cocina y el abuelo Abdou fuma sentando a la puerta de casa. Entro, la beso y después me siento junto a mi abuelo. Me ofrece tabaco. Fumamos juntos. Silencio. En mi cabeza, millones de frases van y vienen sin la paciencia necesaria para reposar. Desde el interior de la casa se oye en la radio alguna canción de Baaba Maal. El abuelo remueve con su pie descalzo las diminutas piedras negruzcas del suelo. Vomita una amplia bocanada de humo tras la que se esconden sus palabras: - Te marchas, ¿no? No respondo. Se levanta, coloca sus manos en mi cabeza y entra en la casa, cerrando la puerta detrás de mi.

Estoy a la hora convenida en la playa de Diogué. Poco a poco se van formando pequeños grupos. Seremos unos treinta. Esta vez, sólo hombres. No mujeres. No niños. Me coloco en el cayuco de tal forma que todo: Kassim, Yamina, los abuelos, la ciudad, yo, todo quede a mis espaldas, y cuando ya lo incierto comienza a ser también lo inevitable, recuerdo aquella pintada en el cementerio viejo de Dakar sobre una gran bandera de Senegal: “Le fin du monde ne peut pas être très loin”, el fin del mundo no puede estar muy lejos.

Baaba Maal - Baayo

Tema extraido del disco homónimo, de 1.991

Texto inspirado en Matrículas, de Jules Uijttewaal.

Lo cuento todo. Los escalones que subo, las farolas que hay en esa avenida, las gominolas de fresa que entran en cien gramos, los segundos que faltan para que comience a contar los escalones que subo. Lo cuento todo. Uno, dos, tres y ocho. Ocho personas en aquel enorme pasillo del metro. Me interesa el tercero, el de la gabardina anónima. ¿Porqué no me intereso por el primero? Si lo supiera, no estaría aquí escribiendo. Me quedarán aún unos cuantos metros para poder alcanzarle. Y superarle, claro. De eso se trata. Comienzo a adelantar. Al marroquí del caminar ausente. A las dos adolescente con las carpetas sobre las tetas y la risa frágil. Al que no existe. Me da por pensar en ramilletes de margaritas inciertas. Adelanto a la ama de casa desolada. Al de la guitarra mendiga. Casi no me queda espacio. Quiero correr pero sé que no debo hacerlo. Así son las reglas. Las mías. Hago un último esfuerzo y poco antes de llegar a la papelera, la cuarta del pasillo, ya acariciando el ángulo, consigo alcanzar y adelantar al hombre de la gabardina.

En el andén, y más tarde en el vagón, me siento junto a él.

Después, durante todo el día, siento una enorme sensación de soledad.

En el ultimo instante, cuando todos los temores me eran ya tan inasumibles y los dioses, minúsculos o Mayúsculos,a los que recurrir y clamar, aunque fueran bajo falsas promesas y preces paganas a devolver con intereses, me parecieron tan escasos y débiles, en ese instante, le confesé que durante toda mi vida había sido un hijo de puta, un enfermo social, un egoísta vil, con una metástasis de ruindad que había acabado por destrozarnos a los dos. Ella me cogió la mano, me la besó, soportando yo la vergüenza de que oliera esas miasmas nauseabundas de los que ya no estaremos, o peor aun, y peor aun, de los que ya no seremos, y en un susurro apenas audible en el roce de sus labios resecos de dolor en mi oído me dijo antes de marcharse: lo sé, amor mío, por eso llevo tanto tiempo intentando salvarte, por que te amo más que nada en este mundo.

El sonido herrumbroso y penetrante de unas tijeras hizo que supiera, en realidad, lo último que supe en mi vida, que Átropos me estaba esperando para ajustar las cuentas.

Hazlo.
Hazlo, por favor.

El mar.

Durante muchos años se había detenido en aquel mismo lugar, tan bueno o tan malo como cualquier otro, y había visto explotar el amanecer, dejando que su mirada se rasgase cotidianamente por aquel horizonte acerado, tan imperturbable y preciso que llegaba a dar miedo. Durante todo este tiempo: esperó.

Deseó.

Y buscó con la impaciencia olvidada de un niño, algo extraordinario, algo que violase aquella perfección hiriente y fascinadora, creada tal vez por la mente de un monstruo divino o quizás, de un dios monstruoso.

Anheló barcos con piratas invisibles siendo naufragados por codiciosas tormentas.

Quiso olas que se congelaran lentamente y nunca rompieran en la frontera del brillo de la arena.

Aspiró a conocer serenas sirenas albinas de ojos oscuros vestidas en plata que le prometieran antropófagas eternidades innegociables.

Y ambicionó divisar un cardume de ballenas rojas, deambulando solemnes y distraídas por los alrededores húmedos de sus deseos.

Murió esperando y esperó muriendo, tan infeliz como había vivido, con el deseo intacto y sin transformar en realidad, ignorando acaso que, en verdad, en él habitó todo lo extraordinario que siempre buscó.

Lo vi en un documental en televisión. La mujer sufría un tipo extraño de amnesia, sonoramente adjetivado,  que hacía que su cerebro funcionase de tal forma que podía recordar cualquier detalle hasta sus once años, pero desde allí, desde esa edad en adelante, fuese incapaz de recordar nada de lo que le había sucedido ayer. Pensé en que a veces el terror se envuelve con estrafalarios ropajes. Traté de imaginar la vida de aquella mujer, más allá de lo que el documental contaba; despertará cada mañana, tal vez amarrada al cuerpo tibio de un hombre al que sólo por las fotos que necesariamente inundan cada rincón de la casa reconocerá como a su pareja, intentará no despertarle y siguiendo los cientos de post-it pegados por toda la casa a modo de sendero de su cotidianeidad, llegará hasta la cocina donde una nota en la nevera le susurrará que ella toma el café solo y fuerte y él con leche ydos cucharadas colmadas de azúcar. Encenderá la televisión sin volumen, para poder escuchar la canción que él silba en la ducha y que mañana ya no recordará y que tampoco sabrá que ha olvidado. Desayunarán, prácticamente en silencio, pensando la mujer si ese silencio espeso es sólo el de hoy o también es el silencio que vendrá mañana. Le seguirá con la vista cuando apure el último sorbo del café, consulte el reloj apresurado, se ponga la americana del traje, coja el maletín del armario de la entrada, mire de reojo las decenas de notas por la casa. Antes de salir, adiós, cariño, vendré pronto, le da un beso en los labios y otro en la frente.

Con la casa en silencio y todo el terror por delante, intentará decidirse por el llanto o por una sonrisa tan amarga como el café que ya no bebe, al pensar que, mañana, cuando se despierte, no recordará que ese hombre que la acababa de besar ya no la amaba.

Las palabras agonizan, vomitando exiguas letras, contrayéndose y expandiéndose, repugnantemente depositadas sobre la pequeña alfombra azul a los pies de la cama. Me incorporo con cuidado, para no pisarlas, con miedo, de no pisarlas, haciendo frío en la boca, y me encierro, aturdido, en el cuarto de baño. Me siento en la taza y lloro, y lloro hasta que después sigo llorando mientras leo los ingredientes del champú: aqua, ammonium laureth sulfate, dimethicone, glycol distearate…

Alterar conciencias inexactas
Desarrollar nuevas sensaciones
Hablar lenguas inventadas
Resumir pretextos insidiosos
Supeditar los ritmos discontinuos
Obtener placeres sucedáneos
Recuperar los sueños enlatados
Asfixiar viejas obsesiones
Controlar el paso ausente del tiempo
Desubicar viajes inciertos
Alterar alivios indecorosos
Proteger causas rebeldes
Inmolar los corazones de los malditos
Llorar escondido tras las sombras
Ahuyentar las primaveras enfermas
Argumentar historias de martirio
Iluminar los ventrículos izquierdos
Reafirmarse en el horizonte salado y en la soga
Admirar las pautas condenables
Vivir con desgana y con estilo
Recordar que yo nunca muero
Alimentar viejas frustraciones
Gritar, gritar, gritar

Nos habían dicho que aquel garito era lo último en Madrid. Que siempre había un gran ambiente y que quien no ligase alli, ya podia ir pensando en consagrar su vida a la práctica virtuosa del arte del onanismo. En realidad fue ésto (lo del ligoteo, no lo del onanismo) lo que nos llevó a que ese mismo viernes por la noche, fueramos a conocer el lugar.

El garito tenía una entrada discreta, con un pequeño guardarropas que servía de cordón umbilical hacia una primera instancia donde había una gran barra con un índice demográfico tan elevado de camareros que nos llevaba a pensar que: a) el empresario no iba a hacerse rico nunca, o b) que el local estaba todas las noches hasta arriba. Cuando traspasamos el ámbito de la barra y nos adentramos en lo que era la sala principal del garito, nos dimos cuenta de que: respuesta correcta: b.

La sala era un gigantesco círculo dispuesto en tres alturas a modo de anfiteatro, con una exagerada decoración que oscilaba deliberadamente entre lo kitsch y lo retro en tonos rojos y mostazas, iluminada apenas por la tenue luz que despedía las pequeñas lamparitas que había en el centro de cada mesa. Junto a las lamparitas, había un enormel cartel cuadrado con un número de tres cifras y a su vez, junto al número, un teléfono de esos negros antiguos de baquelita, de aquellos que cuando marcabas, por ejemplo, el cuatro, sonaba raca-raca-raca-raca. La música sonaba en un tono razonablemente comedido para lo que es habitual, por lo que a veces era devorada por la vocinglería fabribada por los que allí estábamos.

Aun no he dicho que lo que hacía a aquel garito el mas concurrido y el más divertido de la ciudad era que aquellos teléfonos no servían para comunicarse con el exterior, no, si no únicamente con las otras mesas del local. Esa era la gracia: uno oía tocar su teléfono y sabía que en algún lugar de aquella inmensa discoteca, alguien estaba intentando ligar con él. De hecho, si se echaba un vistazo esforzado por la semioscuridad de la sala, uno podía descubrir que casi todas las mesas estaban compuestas exclusivamente por personas del mismo sexo. No tenía mucha sentido ir alli formando parejitas.

Después de un par de horas alli, y sin atrevernos a llamar a nadie, por nuestro natural tímido, le dije a Andresín que se acercara a la barra y, qué caray, la noche era joven y loca, que pidiera la cuarta ronda de trinaranjus de naranja. Mientras él se perdía entre la vorágine y yo le decía a mamá que se abrochara la rebequita que parecía que habian subido el aire acondicionado, moví con disimulo el cable del teléfono no fuera a ser que no funcionara.

O algo.

Mientras se vestía y se ponía aquel jersey azul sin mangas, colocó en el portacd ese disco que sabía que yo tanto odiaba. Comenzó a cantarlo , y mientras lo hacía, yo le miraba-espiaba a través del reflejo suyo en la ventana, de la única forma que se mirar todo en esta vida, cobardemente. En ese instante, ella tenía la misma expresión en el rostro que en aquella fotografía de cuando tenia cuatro años, junto al pequeño elefante de plástico, foto que siempre me habia gustado tanto. Al disco seguí despreciándole, pero a ella le amé como nunca le había amado antes.

No es un e-mail, pero espero que valga

El: Haz lo que te dicte tu corazón.

Ella: Está bien, así lo haré.

Y colorín, colorado, así les fue.

A A. Monterroso y a E. Mendoza, de los que he plagiado, sin rubor, este cuento.

Yo juraría que con todo descaro, me hizo un corte de mangas. Igual me equivoco, pero yo creo que si, que me lo hizo, así, con el minutero y la otra aguja que no sé como se llama. Como más vale prevenir que curar, le di tremendo guantazo al despertador lo cual hizo que saliera graciosamente volando, describiendo una elegante parábola y fuera a estrellarse contra la pared de enfrente, blanco gotelé. Lo malo de estos despertadores antiguos es que, coño, funcionan muy bien, así que no tuve más remedio que levantarme y con una de las zapatillas de andar por casa (algún día alguien debería loar como se merece esas cinco palabras: zapatillas de andar por casa), golpearlo como si de una cucaracha relojera se tratase, hasta que dejó de ringringnear, de la primera conjugación.

Todos esos sucesos, que en aras de la puridad de este relato, no duraron mas de 15 segundos, yo los interpreté como una señal. Como una señal de que esa mañana, no debería ir a trabajar. Supongo que alguna otra persona lo hubiera interpretado como que debería comprar otro despertador, o de que el fin del mundo estaba próximo. Es lo bueno que tienen ese tipo de señales, que cada uno las interpreta como quiere. El hecho es que esa mañana no acudí a mi trabajo como conserje en el Ministerio de Industria, y decidí también que, ya puestos, no iría a trabajar nunca más.

Mi condición de individuo y/o trabajador entre anónimo e invisible se verificó cuando recibí la primera llamada del trabajo pasados tres meses de mi ausencia, y no para preguntarme qué me ocurría, si no para avisarme que debía ir a firmar el recibí de mi noveno trienio. Enhorabuena. Aun recuerdo, emocionado, cuando cumplí los 25 años de trabajo en el ministerio y como regalo me encontré encima de mi mesa uno de esos libritos-cheques que dan en el metro y con los que puedo revelar dos carretes por el precio de uno, o pedirme una pizza gigante en vez de una mediana, solo los martes no festivos, de nueve a diez de la noche.

Fue justo ese día cuando empezó a martillearme en la cabeza la idea de que quizás, solo quizás, debería olvidarme del trabajo de conserje, con todas las alegrías y recompensas personales que conlleva, y centrarme en mi verdadera vocación: escribir.

En mi casa tenía decenas de pequeños relatos escritos e incluso alguna vez, me había atrevido a, de incógnito, por supuesto, colgar en el tablón de anuncios del trabajo algún que otro cuento breve que, invariablemente acababa siendo tapado por regalo cachorritos cariñosos preguntar por Puri en la tercera planta.

Todo eso me llevaba a reflexionar, por una parte, sobre el que quizás era el momento de arriesgar y centrarme en mi carrera de escritor y, por otra, en pensar en cuantas veces al año paría la perra de Puri (qué cruel es a veces el destino semántico)

“La autobiografía del último pez inmortal”, que así se llamaba mi, de momento, única novela, inacabada o no, me estaba exigiendo cada vez más. Algunos personajes hasta se atrevían a invadir mis sueños y reclamarme con unos modales algo groseros modificaciones, observaciones, rectificaciones, destrucciones, creaciones, sustituciones y demás ciones. Era por todo esto por lo que corte de mangas, minutero, guantazo, blanco gotelé, zapatillas, cucaracha, señal, no trabajar nunca más.

En las siguientes semanas, le dediqué horas eternas a la novela, con esa sensación siempre tan frustrante de releer y releer lo ya escrito y sentir que era tan, pero tan mejorable. (Nota: cambiar modales algo groseros por modales algo insolentes). Me volví prácticamente un asceta literario. Reduje mis salidas a la calle al máximo, saliendo exclusivamente a comprar cada dos días medio kilo de mortadela con aceitunas, medio kilo de queso de barra, una paquete de pan de molde (panrico) y seis botellas de coca-cola de dos litros, a la que era inconfesablemente adicto, con el poco glamour que eso tiene. Para compensar mi épica de escritor maldito, o de maldito escritor, dejé crecer salvajemente mi barba y comencé a descuidar un tanto mi aspecto físico, el cual, seamos honestos, nunca fue gran cosa.

Una de las veces que regresaba a casa después de mi metódica compra, y de comprobar como las viejecitas por la calle cada vez se apartaban más de mi, de lo cual me sentía legítimamente orgulloso, encontré en mi buzón de correos dos cartas. Una tenía membrete, (hermosa palabra) del Departamento de Recursos Humanos del Ministerio de Industria, y en su interior se decía que blablaincoacion, blablaexpediente, blablafaltainjustificada, blablaempleoysueldo, blablarecursos y otros blablas de los cuales, por falta de interés, no haré mención en este relato.

La otra carta provenía de la Editorial Nova, que era una de las dieciocho editoriales a las cuales les había enviado una granada selección de mis mejores cuentos. En su interior, una única hoja, con la siguiente frase: “¿Era esto necesario?”. Tras unos segundos de reflexión que usé para hacer una hermosa bola de papel con todos los blablas anteriores, interpreté la carta de la editorial como una señal para que siguiera esforzándome, aun más, si cabía, en mi novela. ¿Os hablé ya sobre mi teoría de la interpretación de las señales? ¿Si? Bien. Continuemos.

Un señor muy gordo, con bigote asimétrico y equilibrista, taconeo rítmico en el suelo y gafas que de tan antiguas que eran estaban otra vez de moda y al que reconocí casi de inmediato como mi casero, estaba esperándome en la puerta de mi casa, adusto el gesto, y dispuesto a que la ruptura de mi amada monotonía ese día fuera total.
Dejé en el suelo los quinientos gramos de mortadela con aceitunas, los quinientos gramos de queso de barra, el pan de molde (panrico) y las sobredosis de coca-cola y tras mucho pensar le espeté:

¿Qué?

A lo que de forma no menos inteligente respondió:

Ya ves.

La conversación siguió por esos altos derroteros de creatividad, pero se puede resumir en un: “me debes ya siete meses del alquiler. O me pagas ahora mismo o no entras en casa.” El resumen acabaría con un rotundo y delicadamente explícito “jodido listo”.

Tras un toma y daca que duró varios minutos y que llegó a veces a convertirse en un daca y toma alcanzamos el siguiente acuerdo: yo no le iba a pagar los siete meses de alquiler, entre otras múltiples razones que no le interesan a nadie, porque no tenía ni un duro para pagarle. Como contraprestación a mis argumentos, poderosos, me dejó entrar en mi futura ex-casa, coger lo que quisiera, meterlo en una bolsa de deportes y largarme.

Un poco de ropa, la carpeta donde tenía todos mis relatos, el borrador de mi novela, mi gorra de la Expo 92, veintiocho euros y doce céntimos, el queso, el pan de molde (panrico) y una de las seis botellas de coca-cola. Por razones que se escapan a toda lógica, dejé la mortadela encima de la mesa de la cocina, como si se tratara de una extensión de mi que se quedaba habitando aquella casa, aunque sólo fuera de forma provisional, caduca, mortal. Al casero le dije que ya se pasaría alguien a recoger el resto de cosas, aunque, en verdad, no había ningún alguien para recogerlo y, también en verdad, poco le importaba al casero que ya se encontraba negociando con un grupo de: para mi: peruanos, para él: sudacas, con quena, bombín, antara, zampoña, y arpa.

Hacía un sol radiante cuando salí de nuevo, por segunda vez esa mañana, a la calle. Supongo que era el mismo sol radiante que hacía cuando salí a comprar, pero esta vez me jodía más porque creaba una áspera disonancia con la situación. Me acordé de la perra de Puri pensando en que tal vez un cachorro le vendría bien a mi nuevo aspecto callejero-vagabundo-bohemio-desahuciado; elíjase lo/los que proceda/n.

Comencé a caminar sin rumbo fijo, que es lo que siempre había leído en los libros que se hacía cuando alguien comenzaba a caminar sin rumbo fijo. Parado ante un semáforo esperando que éste se pusiera verde, y con ninguna persona a menos de metro y medio de mi (no sabía que la pobreza creaba este tipo de extraños sucedáneos del poder), comencé a tantearme el dinero que llevaba en el bolsillo: cinco, diez, quince, veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho, diez, once y doce: veintiocho euros doce céntimos. Sería suficiente.

Dudé entre el azul-bebé, el rojo-tomate, o el gris-perla, pero al final me decidí por comprar la cartulina de color blanco-blanco. También compré uno de esos rotuladores gordotes de Edding que huelen tan bien a alcohol o a yoquesequé, que dan ganas de comérselo, (sensaciones: nostalgia de la mortadela; sensanciones extrañas: pero no de las aceitunas de la mortadela), de color negro-azabache, sin saber muy bien aún si el azabache es un mineral, una fruta exótica o una especie de toro bravo.

Cuando salí de la papelería el sol ya no era radiante. Nada era radiante. Y nada era divertido. Estaba solo, en la calle, sin casa, sin trabajo, con una bolsa de deporte con dos pares de calzoncillos y una coca-cola entre otras varias bagatelas. ¿Para qué servían ahora mis relatos, mis cuentos, mi imaginación, mi novela para siempre inacabada? ¿De que servían mis metáforas, mis anáforas, mis elipsis, mis hipérboles o mis esforzados eufemismos? Pero ahora, justo en esos momentos, en mis manos tenía los instrumentos necesarios. Me senté en el suelo de la esquina más ilustre del barrio, saqué el rotulador, doblé la cartulina por la mitad para que se sostuviera en triangular equilibrio, coloqué la gorra en invertida posición delante de mi y entonces si, entonces escribí lo que desde ya hubo de convertirse en mi Gran Obra Maestra:

“sienpRe e de qeRido de seR escRitoR i loe hintentado de beRda me alludem me con unaz monedas i loe himtentado selos juRo.

dios hosven diga ha todos.”

La chica, sin separar de su pecho la carpeta con todos los beckhams del mundo, se desenganchó del oido un auricular blanco de su iPod, y mientras hacía ademán de levantarse, me preguntó: ¿Quiere usted sentarse?

Con la mitad de una media sonrisa le dije que no. Después, devoré con rabia estaciones, pensando en todos los veranos.

Después de muchos esfuerzos, de mucha lucha y de muchos sinsabores, por fin lo había conseguido, había alcanzado su sueño. Cuando todos los niños en clase soñaban con ser astronautas, futbolistas, bomberos o megajueces de la Audiencia Nacional, él no. Él soñaba con ser compositor. Pero no para componer sesudas sinfonías, plúmbeos conciertos o amargas óperas, no. El solo quería componer música para concursos de televisión.

Vicente, que viene de Madrid, tiene 32 años, es licenciado en ciencias exactas mas o menos y entre sus aficiones están las de leer, viajar y coleccionar majaderuelossssss, tatarantatatantannnnnn: presentación había conseguido su primer trabajo en aquel concurso que emitían por algunos canales locales y que se llamaba “El más tonto, gana” y que, a pesar de su nombre, había acumulado un bote en las últimas semanas con la nada despreciable cantidad de 625 eurossss pampampannnnnn: premio. El hecho de ser un personaje más de televisión, aunque fuera de forma tangencial, le había dado a Vicente cierta notoriedad en el barrio donde vivía y así, había comprobado que en algunos bares de la periferia, la segunda caña se la dejaban a mitad de precio. Este simple hecho le hacía pensar a Vicente que la cima de su reconocimiento provincial, nacional e incluso internacional, cada vez estaba más cerca.

Esa noche de viernes, la productora que se encargaba de su concurso y de otros programas tales como “Vida cochina”, “Cocinando con latas” o “CSI: Matalascañas”, había organizado una fiesta de despedida para los becarios (uno) y le habían invitado a ella. En realidad, hubiera preferido quedarse en casa, componiendo en su viejo Casio PT-1 una sintonía para un nuevo reallity show sobre pompas fúnebres que estaba en proyecto, pero después pensó que se tomaría esa fiesta como un acto social en el cual podría entablar importantes contactos profesionales y en el que, con algo de suerte, se encontraría con Pedro J., Ruppert Murdoch o Emilio Aragón.

Cuando llegó esa noche al pub donde se celebraba la fiesta, ninguno de esos totems (…¿tótemes? ¿tótenes?) de la comunicación estaba presente, (aun: la noche era joven), y solo vio a cuatro o cinco redactores, al becario, totalmente borracho ya a las diez de la noche, ….y en una esquina de la sala, bebiendo un daiquiri sola, a Luisa, de nombre artístico Jasmine.

Jasmine, que viene de Salamanca, tiene 33 años, esta soltera, y le gusta comer chicle de fresa, ver telenovelas mejicanas y cambiar los muebles de lugarrrrrrr tatarantatatantannnnnn: presentación, era la presentadora del programa nocturno “Cómo te lo montas tú, ¿eh? ¿eh?” en el que durante cuatro horas se hacia un repaso divertido y juvenil a las cotizaciones de las bolsas internacionales. Jasmine era una mujer inteligente, atractiva, emprendedora y sensible. Sin embargo, a Vicente le parecía que Jasmine estaba muy buena, y desde la primera vez que le vio hablando del índice nikkei, lo cual era algo que, por alguna oculta y extraña razón, le excitaba mucho, decidió que aquella era la mujer de sus sueños, o cuando menos, que se la quería llevar a la cama.

A pesar de la pequeña decepción que le supuso la no aparición de Pedro J. durante toda la noche, debía admitir que el asunto con Jasmine-Luisa, gracias a la inestimable colaboración de los daiquiris, le estaba saliendo bastante bien. Los viernes Jasmine no hacía el programa en directo en la madrugada, si no que en su lugar se emitía un resumen de los días anteriores, intercalado con simpáticos videos musicales de estrellas de la canción como Bustamante o la Coral Polifónica de la Hermandad de la Virgen Reparadora del Séptimo Día.

Con el decimotercer….(¿treceavo? ¿décimotreceavo?)…con el 13 daiquiri, ganado a su favor en el tie-break 7-6, le dijo a Luisa que la fiesta estaba decayendo algo y que desde que el becario se había caído al suelo, eso estaba algo aburrido. Le propuso que cogieran su coche, un estupendo Ford Fiesta verde metalizado, con elevalunas eléctrico, airbag de serie, llantas de aleación, radio-cd extraíble, una potencia de 80 caballos y climatizadorrrrr pampampannnnnn: premio y se acercaran a su apartamento, un maravilloso apartamento en cuarta línea de playa, con pistas de tenis, piscina, club social y totalmente amuebladoooo pampampannnnnn: premio.

Su experiencia de conquistador no era aun lo suficientemente grande como para que no le sorprendiera cuando ella dijo un “si” : muakmuak: pulsador con sabor a ron. Salieron del pub, se subieron en el coche y en apenas cinco minutos, en los cuales aprovechó para echar no menos de una docena de mirada furtivas a las piernas de Luisa, ya estaban besándose como animales en el dormitorio del apartamento. Quién iba a imaginar que alguien que usa palabras como “dow jones”, “bursátil” o “taxis” (en singular) podía manejar la lengua de aquella forma que me atrevería a calificar como sobrecogedora.

….Lo que pasó después no creo que a nadie le interese, aunque sólo diré que mientras ella dormía profundamente girada hacia el armario empotrado, con un rictus de decepción en su rostro, Vicente, con la cabeza sobre la mano, no hacía más que pensar en qué diablos le había pasado para guoguoguoguooooooooo: eliminado.

Debo prometerle que lo intentaré. Sí. Que lo intentaré una vez más. El hecho de que fuera a la cocina y de que me estuviera bebiendo esa copa de ginebra de esa botella cada vez más aguada y que hacía el milagro de no menguar nunca, era en sí una prueba de mi amor por ella. Pero después, siempre después, cuando comenzaba a no sentir los efectos de ese trago aguado, me ponía la chaqueta y me iba a la calle, a buscar bares cada vez más alejados para tomarme un par de pares de copas que me sirvieran para regresar a casa y para pensar que debía dejarlo. Por mi, pero por ella, por mí, porque la amaba. Buscaba siempre el extremo más solitario de la barra, en parte porque me gustaba beber solo y en parte porque había visto en las películas que los alcohólicos de mierda como yo, beben así. Mientras la copa viajaba del mostrador a mi boca, aun tenía el coraje, el falso coraje de los cobardes, de tener los ojos abiertos. Cuando la primera gota de ginebra mojaba mis labios, entonces no, entonces cerraba los ojos y disfrutaba mis debilidades y mi temblor de manos.

Cuando regresé, ella aún estaba en el salón, viendo alguna película en blanco y negro en la televisión. Hola, cariño, le dije mentalmente, por que las letras se empeñaban en atascarse en ese espacio absurdo entre la garganta y el paladar, y se negaban a salir ordenadas. Fui hasta la cocina. Intentando controlar el temblor, abrí, abrí, y abrí, el microondas, el horno, la nevera, buscando algo de cena que ella me hubiera dejado. No había nada, pero era igual. Hacía medio segundo que había decidido que me daba igual y que no tenia hambre.

Me senté en el sofá a acompañarle un rato. No por que me apeteciera, si no por que le amaba. Pasé un rato con los ojos cerrados, juntado fuerzas que yo sé que no existían para poder pronunciar de una forma algo ininteligible: ¿Qué tal, cariño? Ella se quedó mirando los anuncios de colchones, de aparatos de aire acondicionados y de una agencia de viajes que te llevaba a la Republica Dominicana, lo cual le pareció una ironía demasiado cruel para esa noche.

No quitó la vista de la tele cuando dijo:

No puedo más.
No puedo más Carlos.

Me levante como pude, derrumbé varias piezas de ese ajedrez paralítico de metacrilato que había sobre la pequeña mesa del salón. Me acerqué a la cocina casi sintiéndome orgulloso de mi patético tambaleo, agarré la falsa botella de ginebra que mi mujer había estando aguando desde no sé cuando y la estrellé contra la pared del fregadero. Me detuve un rato oyendo los cristales gimiendo por la cocina. Salí de casa sin ponerme la chaqueta y me acerqué hasta la tienda de los chinos que no cerraban hasta tarde y allí me compré dos botellas de ginebra.

Subí a casa. Abrí la puerta en un esfuerzo que me resultó excesivo y me fui directamente a la cocina. El suelo estaba pegajoso y algunos cristales aún insistían en gimotear. Daba asco oírles.

Me senté en una silla, y cogí una copa limpia de boca ancha. Con la primera copa me di cuenta de que, a pesar de todo, la amaba mucho. Con la segunda copa me di cuenta de que estaba equivocado, de que en realidad ella me odiaba y quizás, solo quizás, yo también le odiaba a ella. Con la tercera copa ya solo pensaba en beberme la cuarta.

Me dijeron que te encontraron más vieja. Me dijeron que tu sonrisa, aunque seguía siendo eterna, ya apenas brillaba y se estaba volviendo opaca. Me dijeron que tu mirada buscaba refugio en la primera frontera que encontraba, sin aquel espirítu de exploradora curiosa. Me dijeron que tu risa lloraba resbalando por tu boca. Me dijeron también que a veces te acordabas de mi, y que a veces me echabas de menos.

Me dijeron que estabas muerta, pero que tú aún no lo sabías.

Encontrarme a Carlos, a Carlitos, aquella tarde cuando regresaba del trabajo fue lo mejor que me pudo pasar ese asqueroso día, en el que estaba deseando llegar a casa, y refugiarme junto a Rosa en el sofá, y ver alguna estúpida película juntos, y que me transportara al sueño, y. Carlos, Carlitos. Pero, ¿hace cuánto que no nos veíamos? ¿Diez, doce años? Por ahí, sí. Yo creo que desde la boda de Álvaro, y de eso hace ya… por cierto, que hace también mucho tiempo que no sé nada de él. Le hice un gesto con la mano: espera, y desenfundé rápido el móvil de la cartuchera del cinturón para llamar a Rosa. ¿Cariño? ¿Sabes con quien estoy ahora mismo? Con Carlos… ¿cómo que qué Carlos? …Carlitos, coño, el del barrio. Si… Si… Si, bueno, que llegaré algo más tarde hoy… se los daré… un beso, cariño… no me esperes despierta… Yo no sé si Rosa se acordaba muy bien de quien era Carlos, por que justo dejamos de vernos cuando ella y yo comenzamos a salir, pero aun así me mandó recuerdos para él. ¿Vamos a aquella taberna irlandesa donde íbamos antes? Le cogí por los hombros, como un falso abstemio que ensaya su borrachera y entramos en el bar, que a aquellas horas de la tarde, ya con vocación nocturna, aun estaba transitable. Nos miramos con complicidad y bajamos al segundo piso a ver si podíamos sentarnos en nuestra mesa. Ese segundo piso estaba totalmente desfigurado por una brutal reforma que le había transformado demasiado para nuestras ansias no confesas de nostalgia, así que nos sentamos en la mesa que encontramos más alejada de las escaleras. ¿Pinta, Carlos? Tráenos dos pintas de Guinness… Joder Carlos, es que no me lo puedo creer. No sé quien me dijo que habías vuelto de Córdoba hace ya tiempo, pero no sabía nada más… ¿Otra? … Entre risas, espuma cremosa y sonrisas sinceras, fuimos retrocediendo cada vez más, desde nuestras esposas, desde su hijo, yo no los tengo de momento, desde su trabajo en Córdoba, desde la boda de Álvaro, desde cuando dejamos de vernos por el barrio… ¿Te acuerdas cuando éramos crios e íbamos a robar chucherías al kiosko de Gordillo? Joder, pobre hombre, ahora me da pena. Ponnos dos más, por favor… ¿o cuando lanzábamos aquellos petardos tan buenos de diez pesetas por la ventana del colegio? Ahora nos reíamos con ternura de las maldades de cuando éramos niños… dos más. ¿Y te acuerdas de esos días que llovía y nos refugiábamos en los soportales y jugábamos a ver quien tenía los cromos más raros? Carlos me miró y casi me gritó: ¡Zubiria! Apenas sin poder sostener mi risa le repliqué: ¡Balbino! . Apartó todas las pintas vacías que había sobre la mesa y me desafió con un inesperado ¡Irazusta! ¡Gallart! Le respondí. La guerra incruenta y amistosa había comenzado, y con cada nombre que recordábamos le acompañaba una enorme carcajada mezcla de alcohol y de sorpresa. ¡Robi! ¡Olmos! ¡Custers! ¡Kurt Jara! ¡Magdaleno! ¡Botubot! ¡Battiston! ¡Zurdi!…Era mi turno y mi derrota estaba cercana… repetía como un mantra que me ayudara a concentrarme el último futbolista dicho por él: Zurdi, Zurdi, Zur… ¡¡¡Verón!!! ¡¡¡Yo digo Verón!!!

Verón… Nos quedamos en silencio, serios, saboreando con algo de desgana la doble amargura de la cerveza y de la certeza de que hacía ya demasiado tiempo que no jugábamos con cromos. ¿La última, Carlos? No, creo que se me ha hecho algo tarde. Dame tu teléfono y ya te llamo un día de estos.

Para Paco.

Acabó de anudarse la oscura corbata con un nudo shelby, que fue el único que le enseñó a hacer su padre el día que cumplió los catorce años. Ese día también le enseñó a olvidar poemas, a cargar una cuchilla en la maquinilla de afeitar, a diferenciar cirroestratos, altoestratos y nimboestratos y a maldecir la vida. Se miró en el espejo desazogado y se sintió lo suficientemente preparado como para ponerse los zapatos. De debajo de la cama sacó, como el mayor de sus tesoros, dos cajas. Una, de cartón, donde residían un par de zapatos de charol, brillantes y ofensivos, envueltos en una fina lámina de papel de seda. En la otra caja, metálica, un trapo amarillo huérfano, sucio de betún sucio, con el que estuvo lustrando lo innecesario hasta la perfección, que no es otra cosa que el reverso de la obsesión.

Se puso el sombrero de fieltro negro y eligió, de entre su enorme colección de bastones, aquel que tenia el puño nacarado. Antes de salir, comprobó que el solemne e intimidatorio reloj del salón y el que pendía de su leontina de plata escondido en un bolsillo del chaleco, marcaban exactamente lo mismo: las once en punto de la noche. Era hora de salir.

Caminó con premiosidad y con cierto aire de tierno exhibicionismo, tal vez involuntario, por la vereda que acompañaba al río hasta el inicio del final del pueblo, saludando con una casi imperceptible inclinación de cabeza a los pocos vecinos a los que se encontraba a esa hora. Allí, en aquellos limites del pueblo, tan reales, tan geográficos y tan simbólicos, se hallaba el paradójico Nuevo Café Antiguo, en realidad, uno de los dos burdeles que habían en la ciudad. No había mucha gente aún, pero Madame Lua, Laura, para él, y desde hace ya tanto tiempo, sólo Laura, le recibió con dos suaves besos y le acompaño del brazo hacia la estancia que cada año le tenían reservada, contándole, sólo como información, como una confidencia que se le hace a una amigo, las novedades que recién habían llegado al prostíbulo: tres muchachas argelinas a las que Madame Lua había reconvertido por mor de la necesidad, en tres jóvenes francesas llegadas de Paris llamadas Giselle, Claudette y Amelie. La habitación estaba mutilada por la ausencia de una cama, y su pobre disfraz consistía en un velador de mármol, una silla metálica con cierto aire modernista que nunca se supo cómo había llegado hasta allí, una botella de Jerez, un vaso pequeño de grueso cristal tapado por un plato blanco y en la pared, un cuadro con una escena de caza que servía para escamotear un casi invisible agujero por el que él pudiera observar, con un sentimiento más de asco, de pena, y de conmiseración, como viejos, acaso más que él, fornicaban con aquellas niñas dejándoles la marca de sus babas, su sudor nauseabundo y sus muescas de decrepitud en sus finas carnes. Esta vez, ni siquiera hizo uso de aquello. Simplemente se quitó el sombrero, apoyó el bastón contra la pared, se sirvió una primera copa de jerez que se bebió de un solo trago y después, con la segunda copa, se dedicó a sentir como el tiempo deambulaba por la habitación, rodeándole pero sin rozarle, mientras él se miraba la punta de sus relucientes zapatos, como si aun quisiera seguir abrillantándolos con su mirar. El silencio poco a poco fue ganándole la guerra a los falsos gemidos, a los gritos obscenos, a las risotadas y al sexo. Tocaron tres veces a la puerta de su esquelética habitación y desde el otro lado se escuchó la voz de Madame Lua diciéndole: Don Carlos, ya puede bajar. Sacó el reloj del bolsillo y consultó la hora: Las tres y veintidós de la madrugada. Se guardó el reloj, dio un enérgico tirón al chaleco para que se le quedara bien ajustado, cogió su bastón y su sombrero y comenzó a bajar por las escaleras principales que dividían, como un hachazo justo y certero, la casa en dos partes simétricas. Abajo, en la gran sala, solo estaba Madame Lua, en pie, esperándole. Don Carlos bajó las escaleras con cierta lentitud no premeditada pero que le hacia sentirse un galán trasnochado de alguna de esas novelas que antaño solía leer. Cuando llegó a la altura donde estaba Madame Lua, ésta le preguntó sin palabras, enarcando ligeramente las finísimas cejas acabadas de perfilar con lápiz. Don Carlos respondió: Vals. Strauss, por favor.

Madame Lua, Laura, sólo para él, antes desaparecer de la sala, puso en el gramófono el disco que le había pedido, un disco herido de muerte pero que aún se agarraba con dignidad a esas notas que comenzaban a sonar. Y allí, solo en la gran sala vacía y silenciosa del burdel, don Carlos cerró los ojos y comenzó a bailar, a dejarse enamorar, una vez más, por el sonido amable y quizás embaucador de los valses. Giraba, giraba, sus pasos sutiles, sus ojos sonriendo, giraba, y sus manos abrazando los recuerdos. El tiempo se paraba, respetuoso y envidioso, para observarle, pero cuando a los pocos minutos el disco acabó con un crujido hiriente y estentóreo, todo, la sutileza, la sonrisa, los recuerdos, se le cayó al suelo y se hizo añicos. Sabía entonces que ya nada hacía en aquel lugar. Se tomó de nuevo de un solo sorbo la pequeña copa de Jerez que Laura le había dejado en una mesa junto al gramófono, se puso el sombrero, cogió su elegante bastón y se encaminó hacia la puerta. Se paró junto al umbral, sacó un viejo sobre amarillento del bolsillo interior de su chaqueta y colocó cuatro billetes dentro de él. Se giró, miró hacia donde sabía que Laura le llevaba espiando hacía tanto tiempo y se despidió: Adiós, Madame, hasta el año que viene.

Esa vez no se conformó con gritarme. Se levantó bruscamente, y al hacerlo, derribó muchas de las fichas de dominó que aun quedaban en pie. Sus otros tres compañeros de partida, siempre los mismos, se entrecruzaron veladas miradas pero no dijeron nada. Mi padre sí: mi padre me dijo: ya basta, al tiempo que me daba una bofetada, una más, que yo absorbí con resignación, aunque con la pose de una gran rabia y enfado. Mientras salía corriendo hacia la parte de atrás del bar del tío Julián, aún oí el vozarrón de mi padre, embrollado con la eterna zarabanda de la televisión, justificándose ante sus intimidados compañeros de juego: estoy hasta los cojones de que este niño venga a molestarme cuando estoy echando la partida. No lloré. Para qué. En los cristales sucios y aceitosos que daban a la cocina del bar, ensayé una y mil veces mi rabia y mi desprecio, pero enseguida me cansé. Me senté en el suelo, me recosté en uno de los poyetes y saqué del bolsillo de mi pantalón uno de los pequeños paquetes de azúcar que contenían dos terrones y que el tio Julián se había dejado robar esa misma mañana. Con una ramita logré deshacer los dos cubitos, y esperé a que, poco a poco, fuera llegando, en ordenado desbarajuste, un comando de hormigas que comenzaron a llevarse a su refugio, con una paciencia obsesiva, los dos terrones de azúcar convertidos en miles de diminutos granitos. Estuve un buen rato observando su perfecto y meticuloso trabajo. Me levanté y me acerqué hasta aquel montón de cajas donde se encontraban decenas de cascos de botellas que yo siempre había conocido en aquel rincón, y cogí una herrumbrosa chapa que llené con un poco de agua de lluvia de uno de los muchos charcos que la fugaz e intensa tormenta de la noche anterior había sembrado en la arena. Me volví a sentar en el suelo, esta vez con las piernas cruzadas. Seguí mirando aun durante mucho tiempo el trabajo de las hormigas, obsesivo y escrupuloso, hasta que decidí que ya era la hora. Cogí con extremo cuidado una de ellas y la metí dentro de la chapa con agua, que a aquella hormiga le debía parecer un océano inabarcable. Durante mucho tiempo luchó por salir, braceando, si se puede decir bracear, con sus seis patas y justo cuando yo pensaba que la hormiga iba a rendirse, la ayudé a salir con la misma ramita con la que había deshecho los terrones de azúcar. La hormiga, exhausta, se quedaba inmóvil, ya en terreno seco, durante unos segundos, el tiempo que necesitaba para alcanzar las fuerzas mínimas para huir. Y era justo cuando comenzaba esa huida cuando yo volvía a sumergirla dentro de la chapa. Oí un gran estruendo dentro del bar sobre el que sobrevolaba el vozarrón y la risotada gruesa de mi padre. Me giré hacia el bar, después volví a concentrar mi atención en la hormiga. Estaba muerta. Cogí otra.

Era divertido.

El beso en la mejilla era realidad diaria y cotidiana. O cotidiana. O un sueño arrancado a la pesadilla. O un sueño. Me quedé un rato más en la cama, disfrutando de mi última pereza. Cuando ésta amenazaba con agotarse y con transformarse en tedio, me levanté y, descalzo, me dirigí por el pasillo, angosto tantas veces, hasta la cocina. Dentro del microondas tenia, como cada mañana, un vaso de café con leche, y en la mesa, una magdalena aún dentro de su vestido transparente. Al tiempo que el café se calentaba, me dedique a desnudar la magdalena con una minuciosidad algo desquiciante. No sé porque, pero ver el papel quemado, aún con algún resto de migas, me produjo una tristeza arrasadora. Lo tiré al cubo de la basura y el café con leche por el fregadero. Volví al dormitorio. Abrí el cajón de la mesilla y realicé mi último inventario visual: cuatro bolígrafos negros, tres de ellos sin capucha, un mechero, un par de gafas, una revista de crucigramas, un termómetro digital, dos cajas de prozac empezadas, un cortauñas, un cuaderno virgen, un móvil, un paquete de pañuelos, una carta del banco sin abrir con un número de teléfono escrito a lápiz.

Pasé un trapo mojado por la mesa de la cocina y fui colocando todas las pastillas formando una letal columna. Treinta y cuatro. Las conté: Treinta y cuatro. Después, las coloqué dibujando una ese, una a, una ce, que a veces era un semicírculo y a veces era sólo una ce. Me tragué la primera pastilla sin agua, y después recompuse la formación de la columna redimensionándola a su nueva longitud. Me tomé la segunda pastilla, la tercera, y cuando ya estaba tan aterrado y tan valiente como para tomarme las etcéteras, recordé que ese domingo había prometido llevar a los niños al parque de atracciones.

Crucé en diagonal todo el patio hasta que llegué donde ella estaba y le pregunté:
- ¿Puede sentarme aquí contigo?
Como única respuesta, Laura se encogió de hombros.
- Dime un número, le dije.
- El ocho – me respondió con desganas.
- Has acertado. Me tienes que dar un beso.
- No, así no vale – refunfuñó. - Entonces digo el cinco.
- Está bien…Dime un color.
- El azul
- Has vuelto a acertar. Me tienes que dar un beso.
- Pero, ¿porqué? Yo no quiero darte un beso.
- ¿No quieres ser mi novia?
- Tú no me gustas, a mí quien me gusta es Guille.

El Guille: Pelos de pincho, aprendiz de mirada desafiante, apoyado en la pared y rodeado de una cohorte de miniguardaespaldas, escupe en el suelo.

- ¿Guille? ¿Pero no sabes que Guille se pasa el día pegando a todos los niños y quitándoles sus juguetes y diciendo palabrotas y….?
- Si, claro que lo sé, por eso me gusta.
- ¡¡¡Pero Guille es malo!!!
- No me importa, a mí me gusta.
- Pero…. pero….yo te acompañaría a casa, y te llevaría tu mochila, y te cogería de la mano y te daría medio….no, te daría mi bollicao entero en el recreo.

Esa fue la primera vez que experimenté que la indiferencia era el más cruel y sofisticado de los castigos. Laura seguía sentada junto a mí, pero ni siquiera me miraba, la pose altiva.

-Tengo que decirte algo Laura.

De su altivez sólo le quedaba la pose, apenas trastocada por una mirada de reojo que me echó, por que su indiferencia se había transformado en interés, o en curiosidad, o en una mezcla de ambas cosas.

- A Guille no le gustas tú. A Guille le gusta Marta.

Se puso de pie de un salto y reconozco que su movimiento brusco me asustó. Cuando crecí, entendí lo que quería decir que sus ojos refulgían de ira, pero desde mis diez años de edad de entonces, solo comprendía que ahora Laura me miraba diferente y que le temblaban los labios, temblor que producía en mi una extraña y nueva sensación pero que me gustaba, me gustaba mucho.

- ¿Marta? ¿Esa niña tonta de las coletas? Y tú ¿cómo lo sabes?

Casi sentí dolor físico, como si el acento de la “ú” me estuviera atravesando el corazón.

- Lo sé por que me lo dijo Guille. Y por que ayer les vi besándose en la boca.

Todo sucedió muy rápido entonces. Laura miró hacia donde estaba Guille, aunque yo creo que no pudo verle por esa interferencia de niños, balones y demás objetos volantes no identificados que había en el trayecto, después me miró a mí, me besó en la mejilla y, muy seria, me dijo que le esperase a la salida de clase. Después, se marchó corriendo, abandonando el patio y metiéndose en el edificio del cole.

Me quedé unos segundos de pie, reflexionando sobre lo que había sucedido, hasta que me di cuenta de que los niños de diez años no reflexionamos. Así pues, comencé a cruzar el patio hacia donde estaba El Guille, deshaciendo el camino hecho hacia solo unos minutos, y sintiéndome al mismo tiempo Superman, Batman y un poquito Superlópez también. Cuando llegué a su posición, ni siquiera se dignó a sacarse las manos de los bolsillos y mucho menos a hablarme. Solo levantó las cejas de una forma tan exclamativa que yo sólo tuve que colocar “habla” dentro de esas admiraciones. Respiré profundo y le obedecí. Comencé a hablar:

- Se lo he preguntado, y me ha dicho que tú a ella no le gustas nada, que no le gusta tu peinado ni tu forma de vestir, y además me ha dicho que te diga que eres un tonto y un chulo y que la dejes en paz.

Hay momentos en la vida en las que uno tiene que jugarse el todo por el todo:

- Y me ha dicho que quien le gusta mucho soy yo.

Mientras caminábamos hacia su casa a la salida del cole, con mi mochila cargada en un hombro, la mochila de Laura en el otro y cogiendo con algo de miedo y excitación su mano, pensé que un día de amor, aunque solo fuera uno, bien valía la paliza que había recibido y la pérdida de mi colección de cromos, desde hacia un par de horas, colección de cromos de El Guille. Laura me miraba los moratones de la cara sin atreverse a preguntarme qué me había pasado, pero yo creo que desde aquella tarde, ella me despreciaba un poquito menos.

En realidad lo único que me preocupaba ahora era como iba a convencer a mi madre de que a partir de mañana tenia que llevar dos bollicaos al colegio: uno, para Laura, como prueba y ofrenda de mi amor hacia ella y otro, el bollicao impuesto revolucionario, para El Guille.

Y esa tarde, aparte de aprender que el peso del amor era más o menos el peso de dos mochilas, aprendí que el amor y el miedo nunca tienen límite.

Una de las primeras cosas que nos enseñaron en la academia es que nunca debemos quedarnos mirando a nadie, que nuestra mirada debe ser más globalizadora que individualizada, pero en esta ocasión, incumpliendo esa premisa básica, llevaba ya un buen rato fijándome en aquel chico que estaba en primera fila. Se parecía mucho a mi hijo, pero no en el físico estrictamente, si no en el registro de algunos de sus gestos, como la forma que adquirían sus cejas, enarcadas y tensas cuando gritaba, o en el modo como adelantaba su cuerpo cuando alzaba el brazo y cerraba el puño. Llevábamos mis compañeros y yo casi una hora vigilando aquella manifestación, y, aunque yo estaba de acuerdo en todos las voces que allí se lanzaban y en todas las pancartas que desde la frontera de mi casco podía leer, eso nada ni a nadie le importaba entonces.

Cuando la situación comenzó a ser más tensa de lo admisible y mi superior dio la orden, desenfundamos nuestras porras y salimos corriendo detrás de los manifestantes. La fuerza del poder y el poder de la fuerza normalmente era suficiente para que éstos se disolvieran, pero no sé porque, aquel chico que tanto me recordaba a mi hijo, me desafió. Me desafió no tanto por su hieratismo, algo esperpéntico en aquella situación, si no por su mirada, entre desafiante y serena, que tenía incrustada en la mía.

Le golpeé con una rabia y un odio que yo no había sentido nunca y que me estremeció. Cayó al suelo y allí seguí golpeándole: en la espalda, en las piernas, en los brazos… Como si de un feto gigantesco se tratara, él encogía sus piernas y se cubría la cabeza con las manos, pero no oírle gritar ni quejarse una sola vez lo único que conseguía era aumentar mi ira y hacer que le pegara con más fuerza. Al cabo de un rato, un compañero me agarró por el brazo y me dijo que volvíamos a posición uno. Mientras retrocedía, vi como entre varias personas ayudaban a levantarse al chico, que sangraba por la nariz, y a llevárselo lejos de allí. Durante toda la noche se produjeron pequeños enfrentamientos aislados, pero con aquella única y expeditiva carga habíamos conseguido disolver esa manifestación. De madrugada, en el furgón, ya de vuelta a la base, el subinspector nos felicitó por el trabajo hecho.

Cuando por la mañana regresé a casa, encontré a mi hijo desayunando en la cocina, a punto de irse a la facultad. Me dio un beso fugaz y me preguntó rutinariamente qué tal el trabajo. Bien, como siempre, le dije. Se marchó, y al poco tiempo, cuando mi mujer se fue a trabajar (ella nunca me preguntaba por el trabajo) me quedé solo en casa. Encendí la radio, me cambié de ropa y me puse el pijama. Entré en el cuarto de baño y mientras me lavaba los dientes antes de irme a la cama, me miré en el espejo y me puse a llorar.