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Soy un lector compulsivo-discontinuo, capaz de devorarme una docena larga de libros en unas pocas semanas y después pasarme meses enteros sólo con la lectura frugal del diario o de los componentes químicos del gel de ducha. Leo con avaricia, con impaciencia y ansiedad, casi dolorosamente, queriendo dar el segundo paso sin antes haber visitado el primero, como cuando echamos ese primer polvo acelerado donde nuestras manos torpes atropellan sujetadores, carne, deseos. Leo en el autobús, en la cama, en el trabajo, en el metro, leo por supuesto en el cuarto de baño y hasta caminando, como un ciego impostor. En este tiempo de compulsión, pido consejo sobre qué leer, casi lo suplico. Me abstengo por puro y despreciable esnobismo de leer best-sellers. Me recomiendan mis amigos, autores de otras bitácoras, compañeros de trabajo, mi familia… Y yo sigo devorando y compitiendo contra mi.
O si no.
O si no, asalto la biblioteca rescatando libros de los cuales no tengo ninguna referencia, dejándome seducir por la erótica del titulo o el color de las tapas, libros en los cuales yo pongo todo mi fervor para dejarme cautivar por ellos. Quiero que me seduzcan. Esos libros pueden usar mi lectura para lo que deseen. Soy el lector prostituido.
Quizás debo esforzarme en leer con más calma, en saborear cada escena, cada frase, escuchar las palabras en mi cerebro. Sí. quizás deba hacer eso. Pero ya es tarde.
Como siempre.
El invierno frente al espejo
Es arena en ebullición
Vidas que están en oferta
Sudor, sexo, sal.
Estaba yo esta noche paseando por mis habituales galerías de pesadillas cuando de repente, por la izquierda, fue introduciéndose en mi sueño, de forma inopinada, un buen amigo, el cual, en un único y académico plano americano, me reclamaba consejo y opinión sobre su ajetreada vida sentimental. Por un instante tuve el impulso de echarle de allí a empujones para que dejara que me regodease a mis anchas en mis desdichas oníricas pero…., qué coño, un amigo es un amigo, hasta los que invaden los sueños, asi que ahi estaba yo, diciéndole que era bueno que pensase mucho en esto, aunque no debería dejar de tener en cuenta que aquello, pero que por encima de todo nunca, nunca, olvidase de eso.
No recuerdo si es que cortaron para meter anuncios o que, pero ni de la pesadilla, ni del plano americano, ni de mi amigo, supe más en toda la noche, hasta que en el duermevela del autobús que me traía a Madrid me acordé de todo ello.
Pero esta noche, no. Esta noche ya no dejo que me pase lo mismo. Después de rezar el “cuatroesquinitastienemicama cuatroangelitosquemelaguardan” le pediré al distribuidor de sueños a ver si me puede conseguir ese pack de sueños eróticos lésbicos, donde sale aquella rubia de las tetas grandes y que por lo visto está muy bien, que ya uno se está cansando de tanta pesadilla.
Eran casi las cuatro de la madrugada y el reloj ya llevaba un rato devorándole. Se vistió lánguidamente y salió a ocupar las calles. Pisó los adoquines humedos y taciturnos, dobló cada esquina saciada de orines, visitó los nuevos y viejos ataudes de cartón que exhalaban sucio vaho y regresó a casa. Se desvistió con esa misma indolencia primitiva y volvió a meterse a la cama.
Asi era mucho más fácil conciliar el sueño.
Texto inspirado en Alter Ego , de Duarte Manzalvos
Decidí que lo mejor era acabar con ella. Asi, esa noche comencé a caminar por calles huidizas, por esquinas imposibles, por plazuelas autistas y por callejones austeros. Cuando me di la vuelta, ella ya no estaba. Desde aquella noche ya solo se atrevía a salir por la mañana en compañía de los suyos, pero cuando la oscuridad llegaba, mi sombra dejaba de acompañarme y me abandonaba a esa suerte de libertad condicional que tanto deseaba pero que yo tanto temía.
Miré el reloj y eran las 08:42. Salimos de la oficina en silencio y algo aturdidos por lo fácil que había sido todo en esa ocasión, y en la calle, Nara me abrazó fuerte y comenzó a llorar. Por fin tenía su tarjeta de residencia y ya no era mas una “ilegal”, repugnante palabra. No sabía como consolarla y además, no quería consolarla. Eran lágrimas de alegría, quien sabe si tal vez de rabia. La gente a nuestro alrededor, indiscreta y curiosa nos miraba. Le pregunté a Nara: ¿pero porqué lloras ahora?
Con ese pedazo de cartón plastificado con su foto y su huella digital todavía en la mano, me susurro entre sollozos al oído, no se si en español o en portugués: ahora podré ir a ver a mi familia.
Eso es emoción.
Gracias, Nara, por “ahogarme” en el Atlántico y por seguir haciéndolo un poquito cada día.
Te quiero.
Mi abuela Modesta nos llevaba a recoger agua a una fuente que había al final del Parque del Oeste, de la que regresábamos con varios bidones llenos, por que decía que ese agua era el mejor de Madrid.A mi abuela Modesta le gustaban ver las corridas de toros por la televisión, aunque no entendiera mucho y siempre tuviera la sensación de que el toro iba a coger al torero.
Mi abuela Modesta, cuando yo era pequeñito, me daba ánimos cuando mi equipo de fútbol había perdido diciéndome que no me preocupara, que la culpa era del portero que se había dejado meter esos goles tan tontos.
Mi abuela Modesta decía “pinca” en vez de pizza, y aquello me parecía por aquel entonces, muy tierno. Ahora me sigue pareciendo igual de tierno, pero también muy nostálgico, tal vez demasiado.
Cuando mi abuela Modesta decía alguna maldad, se sonreía como un niño pillado en una travesura y al hacerlo, se le cerraban los ojillos, lo que le daba una expresión pícara e infantil.
Mi abuela Modesta nos quiso como solo una abuela puede querer a sus nietos.
Mi abuela Modesta prendía fuego a un plato lleno de alcohol para que no pasásemos frío esas noches de sábado en la que nos lavábamos en un barreño azul.
Mi abuela Modesta, como todas las abuelas, escondía mis travesuras a los ojos de mis padres, y si no era posible esconderla, la minimizaba y se convertía en mi mayor defensora.
Cuando mi abuela Modesta murió, yo sentí dolor y alivio. Dolor por saber que nunca más podría darle un beso en la mano y que ella me besara la cabeza…Alivio por que no era justo que los últimos tiempos de su vida los pasara sentada en una silla, ajena a todo cuanto la rodeaba. Y esperando….esperando…
Con mi abuela Modesta íbamos a pasar los veranos a casa de una hermana suya en El Escorial. Yo era muy pequeño por aquel entonces, los recuerdos son vaguísimos, tal vez distorsionados, pero son lo suficientemente intensos como para saber que fueron los mejores veranos de mi vida.
A mi abuela Modesta, los domingos por la mañana la acompañábamos al parque a recoger piñones, y nos gustaba competir por ver quien llevaba mas a casa. Ella siempre nos dejaba que ganáramos. Después, esos domingos lentos en la cocina de casa, pasábamos las horas abriendo los piñones con un alfiler o con la punta de un clavo.
Mi abuela Modesta no llegó a conocer a Nara, mi chica, mi apoyo, mi otra mitad. Pero se que allá donde esté, sonreirá, tal vez pícaramente y dirá: mi Javi por fin encontró lo que se merecía.
A mi abuela Modesta le encantaba tener pájaros en casa: canarios, periquitos o jilgueros, que eran sus favoritos. Y ella se encargaba de limpiar y adecentar la jaula cada mañana, de darles la comida y la bebida…Demasiado amor el de mi abuela en un cuerpo tan pequeñito.
Mi abuela Modesta, en sus últimos años, pasaba horas para leer el periódico con una lupa. A mi, aquel esfuerzo supremo, me llenaba de orgullo y me emocionaba. Me parecía el gesto de lo que fue: una gran luchadora y una heroína, al menos para mi.
Mi abuela sufría sin decir una palabra por que una de sus hijas estuviera a mas de 2000 kilómetros de distancia, y que solo pudiera verla unos días en verano cada año.
Mi abuela Modesta tenía una risa fresca y nerviosa que nos contagiaba a todos y que parece que aun estoy oyendo esta noche.
Cuando escribo ahora de mi abuela Modesta …
Sobre la larga mesa, dieciocho moscas pasean sin rubor por ella. Caminan, dan pequeños y espasmódicos vuelos, se frotan las patas compulsivamente. Una de ellas está alejada de las demás. Da vueltas, vueltas, vueltas a una botella. Hay silencio en la habitación. Las observo. ¿Y ellas a mi?
Pero mas que el rumor del mar le obsesionaba el silencio de las olas, ese silencio blando y ligero que se instala tercamente entre ellas y que le recordaba que el mar es infinito y trágico, o peor aun, que todo mar es infinito y trágico.
Durante un buen rato, y a pesar de la fina lluvia que caía con armoniosa cadencia, se mantuvo allí, de pie, con la mirada atascada por vagos recuerdos de otros tiempos y sin percatarse de que Alicia le estaba apretando fuerte la mano, muy fuerte, por que ella también sentía el mismo miedo.
Como cariátides de ébano, con todo su extraño mundo trasladado sobre la cabeza, descendían, dignas y tristes, por la ladera, cordón umbilical que unía el terror con la realidad, una realidad que ellas no habían pedido y que las dejarían igual de tristes pero con la dignidad arrancada a jirones, la mirada muerta y el alma arrasada por un deseo seco de venganza.
Escuchó al fondo del pasillo las notas disonantes de un acordeón, acaso plegándose contra su propio olvido, hiriendo un viejo tango, y pensó que era una melancólica forma de empezar a enfrentarse a la vida.
El mar ante el espejo era infinitamente inabarcable, y con él su silencio, ese silencio que sólo existe entre las olas y que sólo algunos oídos privilegiados llegan a percibir. Yo era uno de esos privilegiados.

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