Ayer por la tarde, paseando por mi pueblo, me crucé por el camino con un niño de unos ocho años que iba de la mano de su madre. Pasábamos los tres por una estrecha calle en la cual hay uno de esos tubos negros de plástico que, desde el último piso de un edificio de tres plantas, acaba su recorrido en un volquete y que es usado por los obreros para arrojar los escombros de la obra.

El niño, muy pensativo, y sin parar de caminar, se quedó mirando con mucha atención el tubo negro, para finalmente, y con todo el semblante grave y serio que un niño de ocho años puede tener, preguntarle a su madre:

- Mamá, y ese tubo…¿es para la gente que quiere suicidarse?

La madre cruzó fugazmente conmigo una mirada, agachó la cabeza, y aceleró el paso.

Fin del post.