En el fregadero los platos, los vasos, los cubiertos, se amontonan en un caos sucio y perfecto.
Montañas grisáceas de ropa se levantan por rincones absurdos de la casa.
Ha elegido intentarlo de nuevo, pero sólo con las de reverso azul. Sólo.
Oye gotear el grifo del lavabo con ritmo constante. Tortura, debería. Pero a él le reconforta.
Extrañeza.
Es el grifo de agua caliente.
Sobre el terreno virgen, impoluto, de la enorme mesa de abedul. Recomienza.
Los ojos: cansados. El pulso: firme. El espíritu: agitado. Los adjetivos: de segunda mano.
Dos cartas, por su lado estrecho, una uve invertida sobre la mesa. Al lado, otras dos. Y dos más. Dos.
Sólo las de reverso azul. Ya lo dije.
Azul oscuro.
Sobre esa primera hilera, una sucesión discontinua de horizontalidades.
Y encima, más uves invertidas.
La construcción se derrumba.
Una vez más.
El teléfono suena.
A veces. Pocas. Muy pocas.
Un minuto son sesenta segundos. Y sesenta minutos son una hora.
Creo que es asi.
Más cartas. Lo intenta, lo intenta, lo intenta. Bebe agua de una botella. De plástico.
Por un instante piensa si debe probar con las de reverso rojo.
La idea es tan abominable que le produce escalofríos.
Mañana.
Ilimitado.
El calendario comienza a oler a descomposición.
Pero.
Esta vez, sí.
La montaña de cartas crece.
Regular, ordenada, concreta.
Cuatro niveles. Pasa el tiempo y cinco y seis.
Sí.
Le agota pensar en por qué ocho es el elegido.
O miedo. O algo.
Tantos números.
Acaba.
Se retira hacia atrás, con movimientos demorados, pausados.
Se sienta en una silla.
Está tapizada con una tela áspera. Color beige claro.
Enciende un cigarrillo con una larguísima calada que será única.
Durante unos instantes, contempla la construcción.
Estremecimiento.
Es frágil. Lo es.
Las cartas.
Pero sorprendentemente estable.
La mano desmayada sobre el respaldo de la silla.
La ceniza del cigarro construyendo una efímera cicatriz blancuzca.
Y humeante.
Se levanta.
Pero se levanta.
Y secándose las lágrimas: gruesas, abundantes, con el puño: sucio, de su camisa: clara, derriba de un manotazo todas la cartas, las arroja al suelo y se dirige, sin parar de llorar hacia uno de los cajones del armario a buscar otra nueva baraja.
Con el reverso rojo.
Esta vez.
Necesariamente rojo.
Angustiosamente bello, Javi.
Me gusta el estilo, breve, directo, “lógico”…
Por: Autarquia Valdecillo el 23 Febrero 2008
a las 10:16 am
Me has transportado a la infancia, la de torres de cartas que habré hecho. En contra de toda lógica, cuanto más usadas y acombadas estuvieran mejor se sujetaban. Si se caían solas dábamos un puñetazo de fastidio sobre el mantel de hule, y si conseguíamos levantar cuatro alturas, con las cuarenta cartas, las tirábamos de un puñetazo sobre el mantel de hule, que tenía un momunento de cada provincia española.
Tu escrito tiene una emoción y un ritmo insuperable.
Por: Edurne el 23 Febrero 2008
a las 4:09 pm
BIENVENIDO
Por: soledad el 23 Febrero 2008
a las 9:46 pm
La tentación de derribar lo que construyes siempre es muy fuerte.
Castillos de arena. Caminos con fichas de dominó.
Un estilo de vida….
Las posibilidades son infinitas ¿No?
Por: sohno el 24 Febrero 2008
a las 8:31 pm
Un extraño poema a la desolación. Una radiografía cruel de un alma rota. Frases cortas e impecables. Imágenes que se graban perfectas en la mente.
Es muy bueno.
Por: Alicia el 25 Febrero 2008
a las 8:58 am
Sabe? Eu gostava de fazer castelos como se fossem maquetes de casas. Paredes retas, com portas e janelas. Só que eu chamava de castelo e sempre criava um romance entre a rainha de espadas e o valete de ouros, os mais bonitos do baralho. Pelo menos do baralho que eu usava. ..
Por: maray el 25 Febrero 2008
a las 3:44 pm
Es facil derrumbarse ante lo bello, es necesario continuar con la construccion.
Wow, un relato genial
Por: Nausicaa el 26 Febrero 2008
a las 6:33 pm