Para mí era un héroe. Verle acompasar su delgado cuerpo al traqueteo de los vagones del metro sin que se agarrase a ninguna barra para mantener el equilibrio hacia que le admirase aun más. Yo lo intentaba también, mientras él ensayaba una falsa despreocupación y me vigilaba de reojo desde detrás de sus gafas de pasta negra. A veces me llevaba a su trabajo. Aquellas visitas eran el mejor regalo que podía hacerme. Primero me llevaba a ver los talleres, inmensos hangares de techos altísimos, llenos de grandes máquinas oscuras y grasientas que producían un enorme y rítmico zumbido al que rápidamente me acostumbraba, como un latido externo, y al que acababa echando de menos cuando salíamos de allí. Después, a través de un pasillo nervioso y luminoso, lleno de legajos y archivadores, alcanzábamos las oficinas, donde él tenía su trabajo. Yo me sentía orgulloso de ir de la mano de mi padre hasta su mesa, mientras sus compañeros nos saludaban, y en esos instantes, no tengo la menor duda de que era el niño más feliz del mundo. Alguno de ellos, de sus compañeros, siempre acababa regalándome algo de material de su trabajo: un cuaderno, o un bolígrafo, o unas bolas de acero brillantes de diferentes tamaños traídas de los talleres y que me fascinaban. Eran canicas de lujo con las que al día siguiente podría ser la envidia de mis compañeros de clase. Recuerdo que yo nunca quería usar esos cuadernos que me regalaban. Sentía que si lo hacía, acabaría erosionando poco a poco la ilusión y la emoción de aquel día hasta convertirlas en leve arenisca. En mi habitación llegué a tener varios de esos cuadernos sin usar.
A la hora de la comida, íbamos a una pequeña taberna donde él a veces almorzaba. Pedía pisto con huevos fritos. Era como una tradición, como un pacto tácito y secreto conmigo. Siempre pisto con huevos fritos. Sentarme a comer en la mesa de aquel modesto bar, junto a mi padre, y que éste me sirviera unas pocas gotas de vino que se acababan disipando entre la gaseosa, convirtiendola en un líquido ligeramente rosáceo, era, para mí, pasar sin transición de la niñez a una adolescencia formal y responsable. Y esa sensación me gustaba, y me inquietaba, como si esas bolas de acero que vagabundeaban en el fondo de mi bolsillo fueran un contrasentido infantil con el nuevo estatus que alcanzaba durante aquellas comidas y que, felizmente olvidaba en cuanto regresábamos a casa.
Algún domingo nos llevaba a mí y a mi hermano a pescar a algún pueblo cerca de Madrid. En realidad, sólo pescaban ellos. Yo no sabía, o no quería hacerlo, ya no lo recuerdo. Mi padre colocaba la caña sobre la flecha hundida en el terreno, ajustaba un pequeño cascabel en la parte superior, se tumbaba en el suelo y colocándose la visera sobre los ojos, se quedaba dormido. Muchas veces regresábamos a casa sin ningún pez en la chistera, pero a él no parecía preocuparle. Y si a él no le preocupaba, a mí tampoco. Yo me divertía viendo el movimiento zigzagueante de las lombrices que mi padre compraba vivas, en una armería del barrio, para usarlas como cebo.
Otro de los momentos que me gustaba compartir con él era cuando jugábamos al dominó en casa. Sólo él o yo, o involucrando a mis hermanas en el juego. El dominó, que era un regalo que alguien le había traído de Venezuela, estaba formado por unas elegantes fichas amarillas de marfil que se guardaban en una pequeña y coqueta funda de terciopelo azul oscuro, con la palabra “dominó” bordada en hilo dorado. Su mano fina y de alargados dedos siempre amarillentos por la nicotina de los cigarrillos que fumaba sin cesar, cogía las siete fichas de un solo movimiento, y las colocaba en pie, con un golpe seco sobre la madera de la mesa A mí me parecía algo mágico e inexplicable que mi padre siempre supiera cual era la última ficha que se iba a colocar al final de una partida. Yo me divertía haciendo giros, contragiros y quiebros en la disposición que las fichas iban dibujando sobre la mesa. Me divertía mucho más eso que el juego en si. Aun asi, mi padre se dejaba ganar muchas veces y fingía enfadarse porque yo cada vez jugaba mejor que él.
A mi padre le gustaba la vida dulce y tranquila. Le gustaba enfadar a mi madre cuando le susurraba palabras al oído imitando un perfecto acento argentino que creo que desde entonces comencé a amar. Le gustaba escribir, frases, ideas, reflexiones en viejos cuadernos, con la caligrafía más hermosa que yo he visto jamás. Le gustaban muchas cosas que ya ni siquiera recuerdo.
A mi padre hace ya tanto tiempo que le echo de menos.
A mi padre, in memoriam.
Precioso, Javi, de veras.
Un abrazo!
Por: TEILLU el 17 Febrero 2008
a las 2:46 pm
Cada vez con más frecuencia me acuerdo de los buenos momentos vividos junto a él…. cada vez menos recuerdo sus defectos….
Gracias, Javi.
Por: Funcionaria el 17 Febrero 2008
a las 3:12 pm
Me gusta que un hombre descubra la ternura que almacena. Hablamos demasiado sobre lo que no nos enriquece, olvidando lo importante.
Bien por ti.
Por: humo el 17 Febrero 2008
a las 3:15 pm
Me gustaría poder escribir alguna vez así, ser tan bucólica, sobre todo si pienso en mi infancia, en mi familia y sus costumbres.
Es precioso de verdad.
Por: Chiquilla creciendo... el 17 Febrero 2008
a las 6:33 pm
Sí, Javi, nosotros que amamos nuestros padres, los recordamos siempre. A veces, cuando estoy sola y un poco triste por algo, me acontece oirlo o mirarlo con el canto externo del ojo. Cuando viro la cara el se fue. Sé que no soy loca ni tengo visiones. Es que lo extraño mucho. Si yo fuera religiosa, de esas que creen en una vida post morten podria quizás me alegrar que un dia voy a verlo nuevamente. Pero no lo soy. Esta vida que tengo me parece unica. Es buena, no tengo quejas. Pero con mi papa cerquita de mi seria mejor.
Un abrazo y gracias por la visita!
( donde aprendiste a escribir brasileño? Lo hacés muy bien)
Por: maray el 17 Febrero 2008
a las 11:23 pm
Hace 25 años que lo extraño, aunque desde que mi madre se fue, se que está acompañado.
Por: sondemar el 18 Febrero 2008
a las 8:58 am
Por: Nausicaa el 18 Febrero 2008
a las 11:02 am
Gracias javi, palpitaciones y recuerdos han ido juntos en unos minutos.
Gracias otra vez por esos minutos
Por: funcionaria 2 el 18 Febrero 2008
a las 6:01 pm
Ups, se me ha puesto la piel de gallina y los ojos bobos. Pero veo que no soy la única que echa en falta su padre. A veces lamento no recordar más cosas de él, yo apenas tenía once años. He pasado muuuuchos años sin querer nombrarlo. Y ahora que ya puedo hacerlo, me faltan recuerdos… En fín. Precioso, Javi. Siempre un placer leerte.
Por: Nuna el 18 Febrero 2008
a las 6:58 pm
un pequeño movimiento de piso…
Por: Soledad el 18 Febrero 2008
a las 8:23 pm
Las canicas de ácero, todo un lujo. Lo sé. Las gotas de vino manchando la gaseosa, toda una experiencia. Conocida. Y de la pesca…qué decir. Tengo la inmensa fortuna de tener a mis padres vivos, pero.. un hermano mío murió en abril, a causa de una caída pescando. Se rompio la rótula y se complicaron las cosas. Así que también sé algo de ausencias. Un beso.
Por: Edurne el 19 Febrero 2008
a las 4:08 pm
Yo diría que este texto justifica la paternidad. Y otras efervescencias.
Por: duarte el 20 Febrero 2008
a las 1:29 pm
Nostálgico.
Pero sin pena.
No se. Me hace un nudo en la garganta, pero no quisiera pensar en lo que haré cuando mi padre me falte.
Un abrazo transoceánico.
Por: Sohno el 22 Febrero 2008
a las 2:07 am