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Me desperté, una vez más, a las 03:33. Lo recuerdo bien porque muchas noches me despierto a esa misma hora. Es un número perfecto, un capicúa mentiroso y rotundo, y además, es la mitad horaria de la imposible 06:66, que, de existir, sería una suerte de hora satánica en la que muchos comienzan su infierno diario y privado.
Fui al baño, y mientras estaba sentado en la taza leyendo las cotizaciones de la bolsa en un periódico de hace un par de semanas, oí, a pesar de los tapones de silicona con los que duermo, como en el cuarto de baño de la casa vecina a la mía, casa que se reproduce con una simetría justa y tozuda, alguien estaba tirando de la cadena.
Me dio por pensar que esa otra persona que se encontraba al otro lado de la pared era mi otro yo, mi reflejo impar de las 03:33 de la madrugada. También pensé que las cotizaciones no acababan de recuperarse y que todo aquello parecía el argumento absurdo de uno de esos relatos de ese escritor famoso que sale en la radio y escribe una columna en un periódico. Mientras me sonreía pensando en lo mucho que detesto a ese escritor, y ya con los tapones de silicona en la mano para escuchar mejor los ruidos que mi otro yo hacía, pude reconocer el chorro del grifo corriendo con contundencia y brevedad, después, varios sonidos que no reconocí y que me inquietaron (quizás yo iba a reproducir esos mismos sonidos sin ser consciente de que eran la pareja obligada de esos que ahora escuchaba), y finalmente oí como unos pasos, con toda seguridad de pies descalzos, se alejaban con dirección a su dormitorio, que era un poco también el mío.
Doblé el periódico con desgana y lo dejé sobre el bidé. Después tiré de la cadena y abrí el grifo para lavarme las manos. Sólo para provocar a ese otro que quizás ahora, tumbado sobre la cama, ya comenzaba a acompasar su respiración al ritmo que le demandaba el sueño, dejé que el agua se precipitara en un chorro mortecino, desvaído e irregular. Me miré en el espejo, acercando mucho mi rostro y ladeándolo sólo para comprobar la calidad exangüe de mis ojeras. Pensé entonces en la posibilidad de que el otro yo, mi mitad impar, hubiera regresado subrepticiamente al baño, en un escandaloso silencio y estuviera también mirándose al espejo.
Me asusté.
Me puse de nuevo los tapones en los oídos porque ya no quería escuchar más. Nada. En la cama, me enlacé con fuerza a la cintura de mi mujer, que lanzó una débil protesta inconsciente, pero ese gesto era el único que podía retornarme a mi yo real de las 03:41, hora que aquel reloj de lengua roja me escupía con fiereza a la cara. Al cabo de un rato conseguí relajarme y me coloqué boca arriba, con las manos entrelazadas en el pecho, como un falso muerto insomne, o quizás un falso insomne muerto.
Lo último que recuerdo es que me dormí pensando si aquel otro tipo, ese otro yo, también odiaría tanto a ese escritor famoso.
Ayer por la tarde, paseando por mi pueblo, me crucé por el camino con un niño de unos ocho años que iba de la mano de su madre. Pasábamos los tres por una estrecha calle en la cual hay uno de esos tubos negros de plástico que, desde el último piso de un edificio de tres plantas, acaba su recorrido en un volquete y que es usado por los obreros para arrojar los escombros de la obra.
El niño, muy pensativo, y sin parar de caminar, se quedó mirando con mucha atención el tubo negro, para finalmente, y con todo el semblante grave y serio que un niño de ocho años puede tener, preguntarle a su madre:
- Mamá, y ese tubo…¿es para la gente que quiere suicidarse?
La madre cruzó fugazmente conmigo una mirada, agachó la cabeza, y aceleró el paso.
Fin del post.
No la había oído nunca antes, pero en menos de cinco días la encontré en El gaucho insufrible, un cuento de Roberto Bolaño, en el damero del domingo de El País, y en una bitácora chilena.
Rebenque.
Las palabras son traviesas.
En el fregadero los platos, los vasos, los cubiertos, se amontonan en un caos sucio y perfecto.
Montañas grisáceas de ropa se levantan por rincones absurdos de la casa.
Ha elegido intentarlo de nuevo, pero sólo con las de reverso azul. Sólo.
Oye gotear el grifo del lavabo con ritmo constante. Tortura, debería. Pero a él le reconforta.
Extrañeza.
Es el grifo de agua caliente.
Sobre el terreno virgen, impoluto, de la enorme mesa de abedul. Recomienza.
Los ojos: cansados. El pulso: firme. El espíritu: agitado. Los adjetivos: de segunda mano.
Dos cartas, por su lado estrecho, una uve invertida sobre la mesa. Al lado, otras dos. Y dos más. Dos.
Sólo las de reverso azul. Ya lo dije.
Azul oscuro.
Sobre esa primera hilera, una sucesión discontinua de horizontalidades.
Y encima, más uves invertidas.
La construcción se derrumba.
Una vez más.
El teléfono suena.
A veces. Pocas. Muy pocas.
Un minuto son sesenta segundos. Y sesenta minutos son una hora.
Creo que es asi.
Más cartas. Lo intenta, lo intenta, lo intenta. Bebe agua de una botella. De plástico.
Por un instante piensa si debe probar con las de reverso rojo.
La idea es tan abominable que le produce escalofríos.
Mañana.
Ilimitado.
El calendario comienza a oler a descomposición.
Pero.
Esta vez, sí.
La montaña de cartas crece.
Regular, ordenada, concreta.
Cuatro niveles. Pasa el tiempo y cinco y seis.
Sí.
Le agota pensar en por qué ocho es el elegido.
O miedo. O algo.
Tantos números.
Acaba.
Se retira hacia atrás, con movimientos demorados, pausados.
Se sienta en una silla.
Está tapizada con una tela áspera. Color beige claro.
Enciende un cigarrillo con una larguísima calada que será única.
Durante unos instantes, contempla la construcción.
Estremecimiento.
Es frágil. Lo es.
Las cartas.
Pero sorprendentemente estable.
La mano desmayada sobre el respaldo de la silla.
La ceniza del cigarro construyendo una efímera cicatriz blancuzca.
Y humeante.
Se levanta.
Pero se levanta.
Y secándose las lágrimas: gruesas, abundantes, con el puño: sucio, de su camisa: clara, derriba de un manotazo todas la cartas, las arroja al suelo y se dirige, sin parar de llorar hacia uno de los cajones del armario a buscar otra nueva baraja.
Con el reverso rojo.
Esta vez.
Necesariamente rojo.
Para Carla:
Elton Medeiros - Avenida Fechada
Extraido de su LP ”Elton Medeiros” de 1973, editado por el sello Odeón.
Hoy en mi trabajo hay convocado un paro/concentración de media hora por parte de algunos de mis compañeros, los cuales llevan ya bastantes meses reivindicando una serie de mejoras laborales. Estos compañeros están representados por un sindicato de clase que luce el grandilocuente nombre de GESTHA (a mi de hecho, este nombre me da miedo. Pero es que a mí me da miedo casi todo).
En los carteles que hay colocados por todo el edificio, aparte de toda la información técnica de la concentración (lugar, hora, etc.) aparece en letras bien grandes el lema de la convocatoria:
EL CONFLITO CONTINÚA
Ese “conflito” me recuerda al “conceto” de Manuel Manquiña en Airbag, y desde aquí me atrevo a sugerir al sindicato que rehaga el texto, y acepte este nuevo lema:
EL CONFLITO CONTINÚA
Y VAN A HABER HONDONADAS DE HOSTIAS
Yo: Elton Medeiros - Avenida Fechada.
Cuando una maruja, en el trabajo, se pasa más de media hora con una llamada de teléfono, poniéndome la cabeza como un bombo, todo sea dicho de paso, y para finalizar esa conversación dice “oye, te dejo, que tengo cosas que hacer”, y esas “cosas que hacer” es acabar esa llamada y comenzar ooooooootra larguísima conversación telefónica…. En ese caso, os pregunto, oh, dilectos lectores: ¿estaría justificado el lanzamiento (elíptico y tragicúrvico) de grapadora a la cabeza de susodicha maruja? Y si la respuesta es afirmativa, ¿recibiría yo algún tipo de subvención pública? ¿podría considerárseme como un prócer y benefactor de la Humanidad? ¿Alcanzaría mi noble gesto para ser glosado en ulteriores libros de texto?
Para mí era un héroe. Verle acompasar su delgado cuerpo al traqueteo de los vagones del metro sin que se agarrase a ninguna barra para mantener el equilibrio hacia que le admirase aun más. Yo lo intentaba también, mientras él ensayaba una falsa despreocupación y me vigilaba de reojo desde detrás de sus gafas de pasta negra. A veces me llevaba a su trabajo. Aquellas visitas eran el mejor regalo que podía hacerme. Primero me llevaba a ver los talleres, inmensos hangares de techos altísimos, llenos de grandes máquinas oscuras y grasientas que producían un enorme y rítmico zumbido al que rápidamente me acostumbraba, como un latido externo, y al que acababa echando de menos cuando salíamos de allí. Después, a través de un pasillo nervioso y luminoso, lleno de legajos y archivadores, alcanzábamos las oficinas, donde él tenía su trabajo. Yo me sentía orgulloso de ir de la mano de mi padre hasta su mesa, mientras sus compañeros nos saludaban, y en esos instantes, no tengo la menor duda de que era el niño más feliz del mundo. Alguno de ellos, de sus compañeros, siempre acababa regalándome algo de material de su trabajo: un cuaderno, o un bolígrafo, o unas bolas de acero brillantes de diferentes tamaños traídas de los talleres y que me fascinaban. Eran canicas de lujo con las que al día siguiente podría ser la envidia de mis compañeros de clase. Recuerdo que yo nunca quería usar esos cuadernos que me regalaban. Sentía que si lo hacía, acabaría erosionando poco a poco la ilusión y la emoción de aquel día hasta convertirlas en leve arenisca. En mi habitación llegué a tener varios de esos cuadernos sin usar.
A la hora de la comida, íbamos a una pequeña taberna donde él a veces almorzaba. Pedía pisto con huevos fritos. Era como una tradición, como un pacto tácito y secreto conmigo. Siempre pisto con huevos fritos. Sentarme a comer en la mesa de aquel modesto bar, junto a mi padre, y que éste me sirviera unas pocas gotas de vino que se acababan disipando entre la gaseosa, convirtiendola en un líquido ligeramente rosáceo, era, para mí, pasar sin transición de la niñez a una adolescencia formal y responsable. Y esa sensación me gustaba, y me inquietaba, como si esas bolas de acero que vagabundeaban en el fondo de mi bolsillo fueran un contrasentido infantil con el nuevo estatus que alcanzaba durante aquellas comidas y que, felizmente olvidaba en cuanto regresábamos a casa.
Algún domingo nos llevaba a mí y a mi hermano a pescar a algún pueblo cerca de Madrid. En realidad, sólo pescaban ellos. Yo no sabía, o no quería hacerlo, ya no lo recuerdo. Mi padre colocaba la caña sobre la flecha hundida en el terreno, ajustaba un pequeño cascabel en la parte superior, se tumbaba en el suelo y colocándose la visera sobre los ojos, se quedaba dormido. Muchas veces regresábamos a casa sin ningún pez en la chistera, pero a él no parecía preocuparle. Y si a él no le preocupaba, a mí tampoco. Yo me divertía viendo el movimiento zigzagueante de las lombrices que mi padre compraba vivas, en una armería del barrio, para usarlas como cebo.
Otro de los momentos que me gustaba compartir con él era cuando jugábamos al dominó en casa. Sólo él o yo, o involucrando a mis hermanas en el juego. El dominó, que era un regalo que alguien le había traído de Venezuela, estaba formado por unas elegantes fichas amarillas de marfil que se guardaban en una pequeña y coqueta funda de terciopelo azul oscuro, con la palabra “dominó” bordada en hilo dorado. Su mano fina y de alargados dedos siempre amarillentos por la nicotina de los cigarrillos que fumaba sin cesar, cogía las siete fichas de un solo movimiento, y las colocaba en pie, con un golpe seco sobre la madera de la mesa A mí me parecía algo mágico e inexplicable que mi padre siempre supiera cual era la última ficha que se iba a colocar al final de una partida. Yo me divertía haciendo giros, contragiros y quiebros en la disposición que las fichas iban dibujando sobre la mesa. Me divertía mucho más eso que el juego en si. Aun asi, mi padre se dejaba ganar muchas veces y fingía enfadarse porque yo cada vez jugaba mejor que él.
A mi padre le gustaba la vida dulce y tranquila. Le gustaba enfadar a mi madre cuando le susurraba palabras al oído imitando un perfecto acento argentino que creo que desde entonces comencé a amar. Le gustaba escribir, frases, ideas, reflexiones en viejos cuadernos, con la caligrafía más hermosa que yo he visto jamás. Le gustaban muchas cosas que ya ni siquiera recuerdo.
A mi padre hace ya tanto tiempo que le echo de menos.
A mi padre, in memoriam.
Dice hoy Manuel Rivas, en su columna de El País:
“(…) Las lenguas, tan eróticas ellas, tan dadas a la concupiscencia, bisexuales, desando bocas, pertenecen a la órbita de Venus, pero suelen caer al servicio de Marte.”
Es la frase más demoledora, lírica, poética y esclarecedora que he leido en mucho tiempo en relación al vomitivo uso que todos los partidos políticos, repito, todos, hacen de las diferentes lenguas del Estado español.
Hay algunas bitácoras que visito regularmente de forma clandestina, como un cazador furtivo, en sigiloso y perpetuo anonimato. Y lo hago no por la inteligencia de sus textos, o por su afilada ironía, o por su capacidad para hacerme reflexionar. Como si fuera una suerte de extraña parafilia literaria, lo que me atrae de ellas es su paupérrima síntaxis, sus escandalosas faltas de ortografía, su absoluta falta de interes, su vertiginosa vacuidad.
Pero aun asi, sigo visitándolas.
Estoy enfermo.
El metro no es para enamorados.
Sólo para entendidos.
Burkina Faso. Sigüenza. Djavan.
“Si algo tiene la posibilidad de salir mal, saldrá mal, pero hoy eso no sucederá… “, pensó sonriendo unos segundos antes de ser arrollado por un camión de la basura brillante y colosal en la esquina de Gran Vía y Plaza de España.
Aún tenía aquella misma sonrisa mientras lo incineraban.
Ayer por la noche fui con mi chica (extranjera ella, la muy cobarde) a cenar a casa de unos amigos brasileños. Brasileños e ilegales. Es decir, potenciales delincuentes y usurpadores de camas de hospital.
Y los muy degenerados, en vez de ofrecernos una españolísima paella regada con buen vino tinto (de Toro, si es posible) nos sirvieron una feijoada con caipirinha.
Y para rematar tamaña aberración, en el portacd solo sonaban sambinhas, bossanovas y frevos en vez de ardientes coplas o arrebatados pasodobles.
Jodidos extranjeros.
Como se entere el bueno de Mariano…
Four - Elizabeth Shepherd Trio
Extraido del album Start to Move.
Elenco:
Elizabeth Shepherd - Voz y piano
Scott Kemp - Contrabajo
Colin Kingsmore - Batería
Soy un lector compulsivo-discontinuo, capaz de devorarme una docena larga de libros en unas pocas semanas y después pasarme meses enteros sólo con la lectura frugal del diario o de los componentes químicos del gel de ducha. Leo con avaricia, con impaciencia y ansiedad, casi dolorosamente, queriendo dar el segundo paso sin antes haber visitado el primero, como cuando echamos ese primer polvo acelerado donde nuestras manos torpes atropellan sujetadores, carne, deseos. Leo en el autobús, en la cama, en el trabajo, en el metro, leo por supuesto en el cuarto de baño y hasta caminando, como un ciego impostor. En este tiempo de compulsión, pido consejo sobre qué leer, casi lo suplico. Me abstengo por puro y despreciable esnobismo de leer best-sellers. Me recomiendan mis amigos, autores de otras bitácoras, compañeros de trabajo, mi familia… Y yo sigo devorando y compitiendo contra mi.
O si no.
O si no, asalto la biblioteca rescatando libros de los cuales no tengo ninguna referencia, dejándome seducir por la erótica del titulo o el color de las tapas, libros en los cuales yo pongo todo mi fervor para dejarme cautivar por ellos. Quiero que me seduzcan. Esos libros pueden usar mi lectura para lo que deseen. Soy el lector prostituido.
Quizás debo esforzarme en leer con más calma, en saborear cada escena, cada frase, escuchar las palabras en mi cerebro. Sí. quizás deba hacer eso. Pero ya es tarde.
Como siempre.
Llueve.
Hace frío.
El periódico me mancha de tinta los dedos.
La mermelada es de melocotón.
Y llueve.
Viva Brasil
Viva seu Adoniran
Viva deusa Elis
La felicidad, a veces, es tumbarte en la cama, acomodar tu cabeza en el brazo de tu chica, y esperar a que te entre sueño.


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