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Mi chica calentó en el horno una pizza de cuatro quesos que habiamos comprado por la mañana en el super. Bebimos cocacola helada. Después nos metimos en la cama, esa isla que nunca nadie debería abandonar, y me estuve enamorando una vez más de la encantadora señorita Golightly.
Esa fue nuestra nochebuena.
Tipos extraños.
Aquellos cines de barrio que tenían nombres tan evocadores como Apolo o Emperador se fueron muriendo en silencio, a cámara lenta, como un trasto viejo e inútil, sin recibir nunca el honor que se merecían. Allí aprendí a amar el cine, una frase tan cursi como sincera. En las dobles o incluso triples sesiones, descubrí que Richard Vidmark podía matar sólo con su risa, que los indios eran siempre los malos, que los marcianos nos conquistarían antes o después, que Cantinflas era un antihéroe, aunque yo ni siquiera lo sospechara, y que mi mano estaba siempre temblorosa cuando quería colonizar la pierna de Loli bajo su falda tableada, falda que ella se elevaba unos centímetros más allá de la frontera paternal en cuanto salía por el portal de su casa.
Sólo el olor incontestable del ozonopino ya servía para comenzar a transportarme a desiertos polvorientos, desangelados planetas rojos o inquietantes ciudades nocturnas llenas de humo y neón. Muchas veces entrábamos al cine (en la infancia, ir al cine no podía ser si no una experiencia colectiva) con la película a la mitad, pero poco nos importaba tener primero la certeza de quién era el asesino y, en el segundo pase, redescubrirle siendo un simple sospechoso con gabardina oscura, pitillo entre los labios y sombrero borsalino.
Recuerdo con nostalgia, ese sentimiento tan cobarde y traidor, cómo negociábamos con la taquillera, que indefectiblemente era una mujer mayor, y con el portero para que nos dejasen ver aquella película autorizada para mayores de 14 años aunque nosotros sólo tuviéramos doce o trece. A veces, dependiendo de su humor, lo conseguíamos, y con un poco de suerte, en la pantalla aparecía fugazmente el pecho desnudo de alguna actriz, lo cual nos serviría para nuestras ensoñaciones nocturnas, más o menos atrevidas.
Aquellos cines ahora sólo existen en mi memoria como un recuerdo amable y dulce. Hace tiempo que dejé de ir. Me gustaba ir sólo, buscando desesperadamente las sesiones donde menos gente hubiera y donde mi misantropía no se sintiera violentada. Los cines ahora se han convertido en inmensos centros comerciales donde, lo de menos, es la película, y donde hordas salvajes invaden las salas provistos de gigantescos cubos de palomitas, enormes vasos de coca-cola y una irritante incontinencia verbal que han conseguido que me recluya en el salón de mi casa.
Este relato agoniza. Cuando lo acabe, me sentaré en el sofá, colocaré en el DVD Cinema Paradiso, y me emocionaré una vez más viendo al gran Philippe Noiret amando el cine en silencio. Y lloraré. Porque me gusta hacerlo. Y porque me gusta el cine.
“Los Reyes son los padres”, le dijeron con desprecio al pequeño huérfano.
El invierno frente al espejo
Es arena en ebullición
Vidas que están en oferta
Sudor, sexo, sal.
El otro día me compré un martillo en una ferretería, y junto a la factura y la vuelta de los 20 euros, me notificaron también una sentencia de 12 años y un día por si se me ocurría abrirle la cabeza a mi suegra con él.
Me gusta la lluvia.
No me gusta la gente que se queja cuando llueve.
No me gustan los paraguas. Ni los niños que llevan paraguas. Ni las madres con paraguas que llevan de la mano a niños con paraguas mientras devoran escaparates atascando la calle.
No me gusta la gente que se refugia en el metro en cuanto caen cuatro gotas.
Me gusta oir a Curtis Mayfield cuando llueve.
Me gusta cómo huele cuando para de llover.
Me gusta la lluvia.
No todo en esta vida puede ser Bruce Springsteen.
Salve Zé Ketti!
Eu sou o samba
a voz do morro sou eu mesmo, sim senhor
quero mostrar ao mundo que tenho valor
eu sou o rei dos terreiros
eu sou o samba, sou natural daqui de Rio de Janeiro
sou eu quem leva a alegría para milhões
de corações brasileiros
Mais um samba, queremos samba
quem está pedindo é a voz do povo do país
viva o samba vamos cantando esta melodia
pro Brasil feliz.
Lugar: Sala del dentista, en Getafe (Madrid)
Día: Jueves, 13 de diciembre.
Hora: 01:30 P.M.
Frase: “Madrid da asco. Se está llenando de emigrantes.” (dentista dixit)
A favor: Que con todos sus cojones me lo dijo a la cara, aun sabiendo que mi chica es extranjera y emigrante.
En contra: todo lo demás (y los precios).
Claro que me temo que la sala del dentista no es el lugar adecuado para que yo pueda hacer proselitismo en contra del racismo y la xenofobia.
I
La última vez que vomité amor fue hace ya tanto tiempo que no sé si son recuerdos o son sólo astillas sucias clavadas en mi memoria.
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Llevaba varios días pensando en escribir una anotación sobre este tema, pero me voy a ahorrar el trabajo después de leer este estupendo artículo de Soledad Gallego-Díaz en la edición de hoy de El País. Ya me estaba entrando cierto complejo de ser, mitad iluso, mitad gilipollas.
No se descarta que sea ambas cosas.
El que se esconde entre los insomnes
o acaso se agota en el silencio;
el rey derrotado de los invisibles
el que no existe: ese soy yo.
Grandes frases marujistas (II)
“Pero el mueble, ¿es blanco, blanco, o color caramelo?”
Dedicado a N.
Morir es tan fácil que asusta
Morir no tiene liturgia
Morir es burocracia de creyentes
Morir es fácil. Lo difícil es vivir.

VEREDICTOS