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Una de las desagradables consecuencias de tener gripe e insomnio simultaneamente es que uno se traga lo que echen en la televisión de madrugada, entre ellas, cosas como esta:

Programa-concurso telefónico. Pregunta, por trescientos euros: paises de Europa que acaben en “-IA”. Primera llamada:

- Hola, ¿cómo te llamas?

- Asunción

- Suerte. Dime un pais europeo que acabe en “-IA”.

- Almería.

Mi sobrino D., que tiene cuatro años, fue la semana pasada por primera vez al cine. Cuando entró, la sala ya estaba a oscuras y en la pantalla proyectaban los primeros trailers. D. se quedó parado, con los ojos bien abiertos, y desde la inteligencia vivaracha de sus cuatro años exclamó: “Es lo más bonito que he visto en mi vida.” Y, claro, yo, que soy un sentimental (un defecto como cualquier otro que intento combatir con mis armas), me acordé de Totó, y de Alfredo, y de la plaza es mía, y del padre Adelfio, y de Elena, y de cuando acabarás, verano maldito, y del pueblo de Giancaldo…

Y me acordé mucho de Cinema Paradiso.

Autobús nº 641.

Trayecto: Madrid - Valdemorillo

Duración aproximada del viaje: 40 minutos

Llamada nº 1:

 Holaaaa, soy Pilar. Oye, que el sábado vamos a hacer uan barbacoaaaa, o sea, tía, ¿venís? Y tú, ¿cómo estás?…jo, tia, te lo juro, ….pues si está haciendo yoga en el campo, mejor, ¿no, tía?

Llamada nº 2:

 Holaaaa, soy Pilar. ¿Qué tal? Mira, tía, que vamos a hacer el sábado una barbacoaaaa, y para que vinierais. ¿Yo, tía? ….Ya sabes que soy una tía con mucha iniciativa, o sea, ….y le propuse unos cambios para el programa y, o sea, se reunieron los directivos de Canal Sur y, o sea, que me los han admitido y tal…vale, tía, fenomenal, ….ya me llamas y chequeamos, ¿ok?

Llamada nº 3: Holaaaa, soy Pilar. Mira, que el sábado vamos a hacer una barbacoaaaa y tal, y ya he avisado a Lidia y a Paula….sí, tia….yo también celestineé con ellos, tía….si, guapa…veniros con traje de baño (*) que tenemos piscinitaaaa. Vale, o sea, tía, ya el sábado me lo cuentas vis a vis, o sea…

…Si mis cuentas no son erroneas, y pueden serlo debido al tremendo dolor de cabeza que me estaba produciendo “holaaaa, soy Pilar”, fueron 11 llamadas. 11.

Tiene que ser muy duro ser pijo.

Últimamente no soporto a los clasistas, a los pijos, a los “wannabe”, (palabreja que me enseñó mi amigo J.A.).

Es lo que tenemos los perdedores, que somos todos unos resentidos.

(*) Palabrita del Niño Jesús que en vez de decir bañador, o bikini, dijo “traje de baño”. Qué hermoso.

Su visita una vez cada dos semanas era exacta rutina. Ocupaban la que llamábamos aula chica que en realidad era la más grande del colegio. Se situaban cada uno en una esquina y fuera de la clase, en el pasillo, bajo la displicente disciplina de un par de profesores, se formaban dos largas colas en las que, solo los que quisiéramos, y siempre queríamos casi todos, podíamos esperar turno para confesarnos y, de paso, escaparnos de la clase de geografía o literatura.

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“El conocido pensador Umberto Della Noia dijo en cierta ocasión, ante una numerosa y calificada audiencia lo siguiente: “La música es tal vez de todas las artes la que implica la mayor constelación de connotaciones plurisignificantes”. Algunos comenzaron a retirarse. Un hombre le preguntó si hablaba de la música en general y una señora si se refería a la música, en tanto categoría mítica, incluso varios le preguntaron si se sentía bien. La música, siguió imperturbable mientras la gente seguía yéndose está cada vez mas presente: música para hacer gimnasia, para trabajar, para comer, algunos han llegado al extremo de poner música de fondo mientras escuchan música. Y ofuscado, dio un golpe sobre el escritorio. En ese momento, un anciano de rostro apacible, que era el único que permanecía en su asiento, con el golpe se despertó, y comenzó a dirigirse hacia la salida, con Della Noia caminando detrás leyéndole los párrafos finales de su disertación.”

Texto extraido del número “Quien conociera a María, amaría a María”, de Les Luthiers.

Lo peor de las vacaciones en el trabajo es que los compañeros regresan.

Y te las cuentan.

Por sus santos cojones/ovarios que te las cuentan. 

Antes o después tenía que suceder en este atípico y delicioso verano con detalles otoñales. Hoy, en el autobús de las seis de la mañana, el conductor ha encendido la calefacción.

Cobardes.

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Viñeta extraida de Macanudo Liniers del dibujante argentino Ricardo Liniers.

Me resistí, juro que me resistí. Lo intenté, razoné, grité, me impuse, alzando mi poderosa pero inútil voz, renegué de todo y de todos, balbuceé, blasfemé, me humillé, juré y abjuré, prometí, redoblé la promesa, pero al final, vida cruel, claudiqué. Aquella noche de viernes, iríamos al circo. Si Elena me hubiese dicho que tenía compradas las entradas desde hacia semana y media yo me hubiese ahorrado muchos vanos disgustos y una larga lista de pretéritos perfectos simples. Justamente, esa noche de viernes y no otra, que ya había trazado con meticulosidad un sofisticado plan cultural doméstico que consistía en sentarme en el sillón y leer algún pequeño tratado de filosofía o, en su defecto, algún libro de Pérez Reverte.

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La felicidad a veces sólo tiene el precio de un cartón de tabaco.

De repente tuve la imperiosa necesidad de levantarme, acercarme a la cama donde dormía, y abrazarme a ella.

Y eso hice.

Klee era un idiota, Dalí un bufón histriónico y Mondrian, Pollock o Rothko simplemente unos embaucadores. Él odiaba todas las tendencias y corrientes pictóricas que se habían desarrollado durante el siglo veinte y que consideraba una suerte de feroz involución artística. Siempre había admirado a clásicos como Vermeer y su dominio asombroso de la luz o los claroscuros fascinantes de Caravaggio, sobre todo en ese San Gerónimo deslumbrante y casi milagroso, que era su cuadro preferido. Pero esas críticas, tan viscerales como sinceras, no las expresaba más allá de un circulo muy estrecho de amistades; trabajaba como copista en el Rijksmuseum y entendía que era más practico, cómodo e inteligente mantener públicamente unas opiniones mucho más moderadas.

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Rosa Regás, o como ser una fascista de izquierdas.

Este fin de semana han instalado un mercadillo medieval en mi pueblo. Alegría y alborozo. Una de las novedades con respecto a anteriores ediciones, aparte de que este año el señor alcalde decidió cortar al tráfico la calle-carretera principal, lo cual, como no-conductor que soy, celebré con algo de Schedenfreude peatonal), era un trapecio colgado de un soporte y que estaba a, aproximadamente, tres metros del suelo.

Pasamos por delante de dicho trapecio varias veces, pero sólo la última pudimos contemplar parte de la atracción, en la que un acróbata-payaso hacia una serie de contorsiones y malabarismos ante un público de unos cien niños.

Hubo un momento de la actuación en la que supe con seguridad que habia atrapado una pieza para esta humilde bitacora. Y fue cuando, con el alma encogida, oí el griterio ensordecedor de esos cien niños chillándole al trapecista:

“Cáete, cáete, cáete”

Diablillos.

Llego a casa del trabajo justo cuando en televisión comienza el telediario de la tarde en Tele5. La  noticia con la que abren, (noticia que, confieso, sigo con interés) es sobre la última polémica surgida en el circo de la Formula 1.

Después de aproximadamente cinco minutos, donde se nos aporta toda suerte de opiniones, declaraciones, análisis videos y hasta conexion en directo con Inglaterra, (en la que se hace especial enfasis en diferenciar la prensa sensacionalista de la  prensa “seria”, aparece de nuevo en pantalla el presentador del telediario y, muy sobrio él, dice, casi literalmente, lo siguiente:

“Y ahora vamos con otra noticia que también preocupa a los españoles: el terrorismo.”

Miro a mi chica. Mi chica me mira a mi. En resumen: nos miramos y exclamamos: ¿Eso lo ha dicho de verdad o sólo han sido imaginaciones?

Aun estamos con la duda.

Gracias. 

Pensaba escribir algo parecido uno de estos días pero ya, para qué, si Elvira Lindo lo ha hecho y, por supuesto, mucho mejor que yo.

I

La caja era metálica, rectangular, de un color blanco muy brillante, apenas disimulado por unos pequeños detalles geométricos verdes. El interior estaba forrado por una lámina de color dorado de la que, según la posición en que la diese la luz, se desprendían unos tibios y tímidos reflejos. En la parte de abajo, en negro, destacaba un logotipo redondo y un puñado de palabras en alemán que me confirmaban que, aunque yo no lo recordase, esa caja había albergado en su día algún regalo que mis tíos nos traían cada verano cuando regresaban a España a pasar las vacaciones. Esa caja era el almacén de trabajo de mi madre. Allí guardaba, en un apasionado caos que sólo ella dominaba, alfileres, acericos, imperdibles, corchetes, jaboncillos azules y rosas, dedales, bobinas de hilo, canillas para la máquina de coser, agujas y botones de todas las formas y tamaños imaginables. Siempre que podía, le robaba a esa caja algún trozo de tiza para marcar sobre los ladrillos rojos del suelo de la cocina, los límites del campo de fútbol donde se celebrarían los más épicos partidos de chapas, chapas que descansaban perfectamente organizadas por equipos en pequeñas cajas de cartón que mi madre pedía para mí en la mercería. Pero era a los pies de la vieja Singer donde mi hermana Marta y yo transformábamos aquella caja metálica en un verdadero cofre del tesoro. Mientras mi madre acompasaba nuestras risas con la cadencia perfecta del pedal de la máquina de coser, nosotros jugábamos a los bonis, o perfilábamos en el suelo dragones de brillantes ojos que escupían fuego. Los botones dorados huidos de algún traje de comunión convertían la mirada del dragón en la más amenazadora del mundo.

II

Dejé a mi hijo correteando por los jardines de la residencia mientras yo acompañaba a mi madre a su habitación. La visita rutinaria de cada dos domingos me hacía comprobar con hastío cómo quince días pueden convertirse en un peso casi inasumible. Le ayudé a sentarse en el sillón del cuarto y encendí el pequeño televisor que había sobre la cómoda, intentando de alguna forma abortar aquel silencio tan espeso. De repente, ella me dijo:

     - Alberto, hijo, mira a ver si me puedes acercar la caja.

Sonreí con indulgencia, pensando en esos pequeños vacíos de memoria que tienen los viejos y que les conceden un punto mayor aún de ternura de la que ya tienen por sí.

     - Mamá, ya sabes que la caja no está aquí. Cuando vengas a casa, me lo recuerdas y yo te la doy, ¿vale? – le dije, mientras le colocaba un cojín detrás de la cabeza.

     - Es verdad, hijo. Perdona.

Me senté junto a ella a los pies de la cama, zapeando nervioso en los canales de televisión, disfrazando con torpeza esa sensación incómoda y agria que siempre me producían aquellas visitas. Al poco, miré con disimulo la hora en el reloj y ajustándome mecánicamente el nudo de la corbata, me puse en pie y dije:

     - Bueno, mamá, me voy a ir ya, que tú necesitas descansar un poco.

Le besé en la frente al tiempo que le mesaba sus blancos cabellos y mientras me miraba en el espejo de la pared, acomodándome el cuello de la chaqueta, me estremecí cuando le oí decir:

     - Adiós, y cuando salga, si no le importa, dígale a mi hijo que a ver si me puede acercar la caja.


 

 

Para Nani