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Sinceramente, poco tiempo me parece.
“Manuel”, de Ed Motta. Extraido del DVD “Ed Motta em DVD”, Trama, 2004.
“O mundo é fabuloso, ser humano é que não é legal”
Para JADD
La tercera Ley de Newton. Joder. Ni siquiera sabía que hubiera dos anteriores. ¿La habríamos estudiado este año? Newton era al que le tiraban manzanas a la cabeza. No, espera…ese era Albéniz. Newton fue quien inventó la gravedad, que las cosas flotasen y el submarino. Si, recuerdo haberlo leído en un muyinteresante.
La indiferencia es una forma cotidiana de respeto.
Suena nervioso el despertador. La respiración pausada y templada de ella. Mis pies desnudos apoyándose en el suelo. Miles de hilos de agua en pausa sobre mi cabeza. La aspereza del mechero y lo casi imperceptible de la primera calada. Los cereales despeñándose sobre el bol azul de cerámica. La cucharilla raspando el fondo y golpeando a su retirada tres veces. Ni una más ni una menos. El silencio sofocante de las calles vírgenes a las cinco y media de la mañana. Los gatos descubriendo tesoros en los cubos de basura. El bramido lejano y apagado de algún coche madrugador. O noctámbulo. Las llaves de casa jugando traviesas con las monedas. Los buenos días musitados en la parada del autobús. Las revoluciones aburridas y cotidianas del motor. Las prisas inquietas transmitidas a los cláxones.
Las puertas del metro abriéndose, cerrándose, abriéndose. El catálogo desordenado de voces en el bar. Su tabaco, gracias. El ascensor elevándose en susurros y pregonando en metal cada nuevo piso. La sintonía de Windows cuando enciendo el ordenador. El ringrinear constante de los teléfonos. La impresora fusilando indiferentes copias y copias. Risas. Un estribillo escondido en un silbido. El barullo denso y volátil en las aceras. El aullido inquieto de una sirena invisible. El estruendo anhelado de una tragaperras. El semáforo amable guiando a ciegos. Los martillos neumáticos torturando el pavimento. Un avión pasa.
El cuchillo afilado percutiendo sobre una tabla de madera. La efervescencia de algo en la sartén. El frigorífico intermitente en su sollozo. Los platos, en batalla con los cubiertos, lavados en la cocina. Mi voz. La de ella. Una televisión anónima profanando las ventanas. Un mueble arrastrado en el piso de arriba. En algún lado bajan una persiana. La plancha respirando fuerte sobre las mangas de una camisa. La trompeta de Chet Baker en los auriculares. La cisterna ahogándose tras la puerta. Mis dedos tecleando estas palabras en el ordenador. Las hojas de un periódico doblándose sin rubor en el sigilo. El beso. El amor. La noche.
Suena nervioso el despertador. La respiración pausada y templada de ella.
Para quien sabe escuchar, la vida tan sólo es música.
Una rutina. Cada domingo, mientras mi madre se quedaba en casa recogiendo los restos amargos de la semana, mi padre nos llevaba a mí y a mi hermano al apeadero a ver pasar los trenes. El trayecto era largo. Primero tomábamos un autobús que rasgaba en diagonal toda la ciudad y del que nos bajábamos en el final de la línea, justo en medio de la nada. Después, recorríamos entera una serpenteante calle en cuesta donde nunca se había parado a descansar la sombra. Al final de la calle, como un absurdo, estaba el apeadero.
Una cantina. Cuatro mesas de hierro con publicidad de mirinda y un puñado de sillas moribundas devoradas por el orín. Allí nos sentábamos mi hermano y yo, compartiendo una única coca-cola que el camarero, un tipo callado y taciturno como sólo pueden ser los camareros, nos servía en dos vasos de cristal ya rallados de tanto lavarlos, con una asombrosa y milimétrica simetría que me fascinaba y que apenas alcanzaba a ver desde las fronteras que marcaban mi altura y la barra del bar.
Un paisaje. Árboles esqueléticos y anémicos desorganizados en difusas hileras. Un traqueteante mercancías arrastrando contenedores llenos de misterios y que jamás tenía el mismo número de vagones para mí o para mi hermano. Un talgo gris que nunca pasaba a las doce y media, agitado por una eléctrica franja roja y que siempre me pareció una suerte de gran chabola horizontal de uralita. Un perro melancólico, distraído y holgazán colocado allí por algún necio guionista de futuros recuerdos.
Un chantaje. Mi padre bebiéndose dos copas de ginebra exiliado en una esquina del bar mientras yo colocaba una moneda de cinco pesetas en los raíles y miraba a mi hermano mayor, que, golpeando con obsesión la punta de sus zapatos en la tierra, me susurraba que no le podía contar nada a mamá. Contar qué.
Una realidad. Las vías resisten imperturbables e insolentes, acompañadas por quizás el mismo oscuro balasto, viajando paralelas a una autopista. El apeadero, la cantina, el camarero, los árboles exhaustos, ya nada de eso existe. Bloques de casas con ínfulas pretenciosas, un jardín plastificado y apócrifo y un gran centro comercial lo han devorado todo.
Un odio. El odio que desde que crecí y comencé a entender qué no le debía contar a mi madre, le tuve siempre a los andenes, a las catenarias, a los trenes, odio que desde entonces he compartido siempre con la puta nostalgia que con sus violentos vaivenes te acaba arrinconando en una vía muerta de la vida.
No, no somos ene, a, de, i, e.
Estos periodistas deportivos siempre con ese gracejo tan suyo. Qué chiquillos.
Seamos claros: yo sí creo en maldiciones, malesdeojos, conjuros, sortilegios y demás supercherías. Y creo en todo eso porque tengo pruebas de que existen. Exactamente desde aquel verano, rondaría yo los diez años, en el que mi tío Cele, después de una violenta discusión con el Matias por un problema de lindes en los terrenos, en vez de arrearle un garrotazo, como mandaba la tradición, le maldijo en el bar diciéndole: “Asin te parta un rayo, malnasio.” A los cuatro días, y en medio de una lacónica pero intensa tormenta de verano, el Matias moría achicharradito por un rayo en medio de una hermosa cosecha de coliflores, que, coño, más parecía la sombra de martinluterkin de tan negro como se quedó. La verdad es que todos en la familia e incluso en el pueblo nos quedamos un poco acojonados al comprender que la maldición de mi tío se había cumplido, aunque, así, entre nosotros, a los pocos días ya nadie echaba de menos al Matias, que en verdad, era un auténtico cabronazo.
El Vaticano estudia el accidente del piloto Ernesto Viso por si es factible la beatiticación de Hugo Chávez.


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