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Mientras se vestía y se ponía aquel jersey azul sin mangas, colocó en el portacd ese disco que sabía que yo tanto odiaba. Comenzó a cantarlo , y mientras lo hacía, yo le miraba-espiaba a través del reflejo suyo en la ventana, de la única forma que se mirar todo en esta vida, cobardemente. En ese instante, ella tenía la misma expresión en el rostro que en aquella fotografía de cuando tenia cuatro años, junto al pequeño elefante de plástico, foto que siempre me habia gustado tanto. Al disco seguí despreciándole, pero a ella le amé como nunca le había amado antes.

No es un e-mail, pero espero que valga

El: Haz lo que te dicte tu corazón.

Ella: Está bien, así lo haré.

Y colorín, colorado, así les fue.

I´ve lost your love - Milt Jackson Quintet

Grabado en junio de 1.954 con el siguiente elenco:

Milt Jackson : vibráfono
Percy Heath: contrabajo
Kenny Clarke: batería
Horace Silver: piano
Henry Boozier: trompeta

I´ve lost your love - Milt Jackson Quintet

A A. Monterroso y a E. Mendoza, de los que he plagiado, sin rubor, este cuento.

Yo juraría que con todo descaro, me hizo un corte de mangas. Igual me equivoco, pero yo creo que si, que me lo hizo, así, con el minutero y la otra aguja que no sé como se llama. Como más vale prevenir que curar, le di tremendo guantazo al despertador lo cual hizo que saliera graciosamente volando, describiendo una elegante parábola y fuera a estrellarse contra la pared de enfrente, blanco gotelé. Lo malo de estos despertadores antiguos es que, coño, funcionan muy bien, así que no tuve más remedio que levantarme y con una de las zapatillas de andar por casa (algún día alguien debería loar como se merece esas cinco palabras: zapatillas de andar por casa), golpearlo como si de una cucaracha relojera se tratase, hasta que dejó de ringringnear, de la primera conjugación.

Todos esos sucesos, que en aras de la puridad de este relato, no duraron mas de 15 segundos, yo los interpreté como una señal. Como una señal de que esa mañana, no debería ir a trabajar. Supongo que alguna otra persona lo hubiera interpretado como que debería comprar otro despertador, o de que el fin del mundo estaba próximo. Es lo bueno que tienen ese tipo de señales, que cada uno las interpreta como quiere. El hecho es que esa mañana no acudí a mi trabajo como conserje en el Ministerio de Industria, y decidí también que, ya puestos, no iría a trabajar nunca más.

Mi condición de individuo y/o trabajador entre anónimo e invisible se verificó cuando recibí la primera llamada del trabajo pasados tres meses de mi ausencia, y no para preguntarme qué me ocurría, si no para avisarme que debía ir a firmar el recibí de mi noveno trienio. Enhorabuena. Aun recuerdo, emocionado, cuando cumplí los 25 años de trabajo en el ministerio y como regalo me encontré encima de mi mesa uno de esos libritos-cheques que dan en el metro y con los que puedo revelar dos carretes por el precio de uno, o pedirme una pizza gigante en vez de una mediana, solo los martes no festivos, de nueve a diez de la noche.

Fue justo ese día cuando empezó a martillearme en la cabeza la idea de que quizás, solo quizás, debería olvidarme del trabajo de conserje, con todas las alegrías y recompensas personales que conlleva, y centrarme en mi verdadera vocación: escribir.

En mi casa tenía decenas de pequeños relatos escritos e incluso alguna vez, me había atrevido a, de incógnito, por supuesto, colgar en el tablón de anuncios del trabajo algún que otro cuento breve que, invariablemente acababa siendo tapado por regalo cachorritos cariñosos preguntar por Puri en la tercera planta.

Todo eso me llevaba a reflexionar, por una parte, sobre el que quizás era el momento de arriesgar y centrarme en mi carrera de escritor y, por otra, en pensar en cuantas veces al año paría la perra de Puri (qué cruel es a veces el destino semántico)

“La autobiografía del último pez inmortal”, que así se llamaba mi, de momento, única novela, inacabada o no, me estaba exigiendo cada vez más. Algunos personajes hasta se atrevían a invadir mis sueños y reclamarme con unos modales algo groseros modificaciones, observaciones, rectificaciones, destrucciones, creaciones, sustituciones y demás ciones. Era por todo esto por lo que corte de mangas, minutero, guantazo, blanco gotelé, zapatillas, cucaracha, señal, no trabajar nunca más.

En las siguientes semanas, le dediqué horas eternas a la novela, con esa sensación siempre tan frustrante de releer y releer lo ya escrito y sentir que era tan, pero tan mejorable. (Nota: cambiar modales algo groseros por modales algo insolentes). Me volví prácticamente un asceta literario. Reduje mis salidas a la calle al máximo, saliendo exclusivamente a comprar cada dos días medio kilo de mortadela con aceitunas, medio kilo de queso de barra, una paquete de pan de molde (panrico) y seis botellas de coca-cola de dos litros, a la que era inconfesablemente adicto, con el poco glamour que eso tiene. Para compensar mi épica de escritor maldito, o de maldito escritor, dejé crecer salvajemente mi barba y comencé a descuidar un tanto mi aspecto físico, el cual, seamos honestos, nunca fue gran cosa.

Una de las veces que regresaba a casa después de mi metódica compra, y de comprobar como las viejecitas por la calle cada vez se apartaban más de mi, de lo cual me sentía legítimamente orgulloso, encontré en mi buzón de correos dos cartas. Una tenía membrete, (hermosa palabra) del Departamento de Recursos Humanos del Ministerio de Industria, y en su interior se decía que blablaincoacion, blablaexpediente, blablafaltainjustificada, blablaempleoysueldo, blablarecursos y otros blablas de los cuales, por falta de interés, no haré mención en este relato.

La otra carta provenía de la Editorial Nova, que era una de las dieciocho editoriales a las cuales les había enviado una granada selección de mis mejores cuentos. En su interior, una única hoja, con la siguiente frase: “¿Era esto necesario?”. Tras unos segundos de reflexión que usé para hacer una hermosa bola de papel con todos los blablas anteriores, interpreté la carta de la editorial como una señal para que siguiera esforzándome, aun más, si cabía, en mi novela. ¿Os hablé ya sobre mi teoría de la interpretación de las señales? ¿Si? Bien. Continuemos.

Un señor muy gordo, con bigote asimétrico y equilibrista, taconeo rítmico en el suelo y gafas que de tan antiguas que eran estaban otra vez de moda y al que reconocí casi de inmediato como mi casero, estaba esperándome en la puerta de mi casa, adusto el gesto, y dispuesto a que la ruptura de mi amada monotonía ese día fuera total.
Dejé en el suelo los quinientos gramos de mortadela con aceitunas, los quinientos gramos de queso de barra, el pan de molde (panrico) y las sobredosis de coca-cola y tras mucho pensar le espeté:

¿Qué?

A lo que de forma no menos inteligente respondió:

Ya ves.

La conversación siguió por esos altos derroteros de creatividad, pero se puede resumir en un: “me debes ya siete meses del alquiler. O me pagas ahora mismo o no entras en casa.” El resumen acabaría con un rotundo y delicadamente explícito “jodido listo”.

Tras un toma y daca que duró varios minutos y que llegó a veces a convertirse en un daca y toma alcanzamos el siguiente acuerdo: yo no le iba a pagar los siete meses de alquiler, entre otras múltiples razones que no le interesan a nadie, porque no tenía ni un duro para pagarle. Como contraprestación a mis argumentos, poderosos, me dejó entrar en mi futura ex-casa, coger lo que quisiera, meterlo en una bolsa de deportes y largarme.

Un poco de ropa, la carpeta donde tenía todos mis relatos, el borrador de mi novela, mi gorra de la Expo 92, veintiocho euros y doce céntimos, el queso, el pan de molde (panrico) y una de las seis botellas de coca-cola. Por razones que se escapan a toda lógica, dejé la mortadela encima de la mesa de la cocina, como si se tratara de una extensión de mi que se quedaba habitando aquella casa, aunque sólo fuera de forma provisional, caduca, mortal. Al casero le dije que ya se pasaría alguien a recoger el resto de cosas, aunque, en verdad, no había ningún alguien para recogerlo y, también en verdad, poco le importaba al casero que ya se encontraba negociando con un grupo de: para mi: peruanos, para él: sudacas, con quena, bombín, antara, zampoña, y arpa.

Hacía un sol radiante cuando salí de nuevo, por segunda vez esa mañana, a la calle. Supongo que era el mismo sol radiante que hacía cuando salí a comprar, pero esta vez me jodía más porque creaba una áspera disonancia con la situación. Me acordé de la perra de Puri pensando en que tal vez un cachorro le vendría bien a mi nuevo aspecto callejero-vagabundo-bohemio-desahuciado; elíjase lo/los que proceda/n.

Comencé a caminar sin rumbo fijo, que es lo que siempre había leído en los libros que se hacía cuando alguien comenzaba a caminar sin rumbo fijo. Parado ante un semáforo esperando que éste se pusiera verde, y con ninguna persona a menos de metro y medio de mi (no sabía que la pobreza creaba este tipo de extraños sucedáneos del poder), comencé a tantearme el dinero que llevaba en el bolsillo: cinco, diez, quince, veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho, diez, once y doce: veintiocho euros doce céntimos. Sería suficiente.

Dudé entre el azul-bebé, el rojo-tomate, o el gris-perla, pero al final me decidí por comprar la cartulina de color blanco-blanco. También compré uno de esos rotuladores gordotes de Edding que huelen tan bien a alcohol o a yoquesequé, que dan ganas de comérselo, (sensaciones: nostalgia de la mortadela; sensanciones extrañas: pero no de las aceitunas de la mortadela), de color negro-azabache, sin saber muy bien aún si el azabache es un mineral, una fruta exótica o una especie de toro bravo.

Cuando salí de la papelería el sol ya no era radiante. Nada era radiante. Y nada era divertido. Estaba solo, en la calle, sin casa, sin trabajo, con una bolsa de deporte con dos pares de calzoncillos y una coca-cola entre otras varias bagatelas. ¿Para qué servían ahora mis relatos, mis cuentos, mi imaginación, mi novela para siempre inacabada? ¿De que servían mis metáforas, mis anáforas, mis elipsis, mis hipérboles o mis esforzados eufemismos? Pero ahora, justo en esos momentos, en mis manos tenía los instrumentos necesarios. Me senté en el suelo de la esquina más ilustre del barrio, saqué el rotulador, doblé la cartulina por la mitad para que se sostuviera en triangular equilibrio, coloqué la gorra en invertida posición delante de mi y entonces si, entonces escribí lo que desde ya hubo de convertirse en mi Gran Obra Maestra:

“sienpRe e de qeRido de seR escRitoR i loe hintentado de beRda me alludem me con unaz monedas i loe himtentado selos juRo.

dios hosven diga ha todos.”

La chica, sin separar de su pecho la carpeta con todos los beckhams del mundo, se desenganchó del oido un auricular blanco de su iPod, y mientras hacía ademán de levantarse, me preguntó: ¿Quiere usted sentarse?

Con la mitad de una media sonrisa le dije que no. Después, devoré con rabia estaciones, pensando en todos los veranos.

Soldadito Español

“El presidente del Gobierno asistió al funeral del soldado español abatido en Afganistán, pero Jorge Arnaldo Hernández, la víctima, ni era soldado ni era español, por mucho que en sus papeles pudiera rezar eventualmente otra cosa. El joven Jorge Arnaldo era peruano, y por la humildad de su empleo, soldado raso en el ejército profesional español, se desprende de que su condición era la de inmigrante. Sin embargo, sería un disparate decir, insinuar siquiera, que fue víctima de un accidente laboral de esos que en nuestro país se ceban con los inmigrantes precisamente, aunque mas disparatado si cabe seria afirmar que el muchacho murió por la patria. ¿Por qué patria? ¿Por la de origen, que le negó la supervivencia y el chico hubo de marchar al exilio económico? ¿Por la adoptiva, que no le ofreció otra cosa que el albur de la muerte en un secarral remoto?

O dicho de otro modo: ¿Qué demonios hace nuestro ejercito, nutrido por españoles, por dominicanos, por ecuatorianos o por peruanos, pero por gente humilde en cualquier caso, en aquel montón de ruinas y miseria que Bush eligió como campo de prácticas y maniobras para sus ulteriores campañas imperiales? ¿Qué hace allí? ¿Reconstruir? ¿Qué? ¿Cómo? El pueblo afgano sigue paupérrimo, las casas destrozadas, los caminos impracticables, las mujeres con el burka velándoles la dignidad y la presencia, el gran mercado de la droga funcionando y las cárceles repletas. ¿Qué hacemos allí? ¿Compensar con ello nuestra salida de Irak? Acaso en las guerras seguirán muriendo siempre los mismos, los pobres, pero que no seamos nosotros, gente de paz, quienes les enviemos a la muerte.”

Rafael Torres – El Iceberg – 18 de julio 2.006

En uno de los muchos sueños que he tenido esta noche, algunos de ellos con una gran calidad cinematográfica, permítaseme la inmodestia, aparecía el ciudadano Jose María Aznar (si se desea puede escribirse Josemaría Aznar), tomando un refresco de cola del cual no diré la marca: si coca-cola quiere publicitarse en mis sueños, que pague. El citado ciudadano Josemaría representaba el papel de “Papapipí” (si, si…ya lo sé, ya lo sé: Travis, Vito o Rick suenan mucho mejor. En mi descargo diré que no he debido ser yo el guionista).

Ignoro qué podía significar en mi sueño la enigmática presencia del susodicho, pero lo que si se es que asi no hay forma de llevar con algo de dignidad este verano.

Nota: Observese que, a pesar de los 34 grados que había esta madrugada a la sombra nocturna, yo, que soy de natural magnánimo, he decidido usar el adjetivo “enigmático”, con todo el halo de misterio que conlleva, en vez del adjetivo “nauseabundo” que es el que en rigor, me apeteceria usar.

Nota 2: Este post esta basado en hechos reales.

La mujer de un compañero de trabajo es enfermera, pero él le va diciendo a todo el mundo que es médico.

Desde que me enteré, he decidido hacer lo mismo: Mi chica trabaja como reponedora en un super, pero a todos les digo que es auxiliar de caja.

Faltaría más.

Después de muchos esfuerzos, de mucha lucha y de muchos sinsabores, por fin lo había conseguido, había alcanzado su sueño. Cuando todos los niños en clase soñaban con ser astronautas, futbolistas, bomberos o megajueces de la Audiencia Nacional, él no. Él soñaba con ser compositor. Pero no para componer sesudas sinfonías, plúmbeos conciertos o amargas óperas, no. El solo quería componer música para concursos de televisión.

Vicente, que viene de Madrid, tiene 32 años, es licenciado en ciencias exactas mas o menos y entre sus aficiones están las de leer, viajar y coleccionar majaderuelossssss, tatarantatatantannnnnn: presentación había conseguido su primer trabajo en aquel concurso que emitían por algunos canales locales y que se llamaba “El más tonto, gana” y que, a pesar de su nombre, había acumulado un bote en las últimas semanas con la nada despreciable cantidad de 625 eurossss pampampannnnnn: premio. El hecho de ser un personaje más de televisión, aunque fuera de forma tangencial, le había dado a Vicente cierta notoriedad en el barrio donde vivía y así, había comprobado que en algunos bares de la periferia, la segunda caña se la dejaban a mitad de precio. Este simple hecho le hacía pensar a Vicente que la cima de su reconocimiento provincial, nacional e incluso internacional, cada vez estaba más cerca.

Esa noche de viernes, la productora que se encargaba de su concurso y de otros programas tales como “Vida cochina”, “Cocinando con latas” o “CSI: Matalascañas”, había organizado una fiesta de despedida para los becarios (uno) y le habían invitado a ella. En realidad, hubiera preferido quedarse en casa, componiendo en su viejo Casio PT-1 una sintonía para un nuevo reallity show sobre pompas fúnebres que estaba en proyecto, pero después pensó que se tomaría esa fiesta como un acto social en el cual podría entablar importantes contactos profesionales y en el que, con algo de suerte, se encontraría con Pedro J., Ruppert Murdoch o Emilio Aragón.

Cuando llegó esa noche al pub donde se celebraba la fiesta, ninguno de esos totems (…¿tótemes? ¿tótenes?) de la comunicación estaba presente, (aun: la noche era joven), y solo vio a cuatro o cinco redactores, al becario, totalmente borracho ya a las diez de la noche, ….y en una esquina de la sala, bebiendo un daiquiri sola, a Luisa, de nombre artístico Jasmine.

Jasmine, que viene de Salamanca, tiene 33 años, esta soltera, y le gusta comer chicle de fresa, ver telenovelas mejicanas y cambiar los muebles de lugarrrrrrr tatarantatatantannnnnn: presentación, era la presentadora del programa nocturno “Cómo te lo montas tú, ¿eh? ¿eh?” en el que durante cuatro horas se hacia un repaso divertido y juvenil a las cotizaciones de las bolsas internacionales. Jasmine era una mujer inteligente, atractiva, emprendedora y sensible. Sin embargo, a Vicente le parecía que Jasmine estaba muy buena, y desde la primera vez que le vio hablando del índice nikkei, lo cual era algo que, por alguna oculta y extraña razón, le excitaba mucho, decidió que aquella era la mujer de sus sueños, o cuando menos, que se la quería llevar a la cama.

A pesar de la pequeña decepción que le supuso la no aparición de Pedro J. durante toda la noche, debía admitir que el asunto con Jasmine-Luisa, gracias a la inestimable colaboración de los daiquiris, le estaba saliendo bastante bien. Los viernes Jasmine no hacía el programa en directo en la madrugada, si no que en su lugar se emitía un resumen de los días anteriores, intercalado con simpáticos videos musicales de estrellas de la canción como Bustamante o la Coral Polifónica de la Hermandad de la Virgen Reparadora del Séptimo Día.

Con el decimotercer….(¿treceavo? ¿décimotreceavo?)…con el 13 daiquiri, ganado a su favor en el tie-break 7-6, le dijo a Luisa que la fiesta estaba decayendo algo y que desde que el becario se había caído al suelo, eso estaba algo aburrido. Le propuso que cogieran su coche, un estupendo Ford Fiesta verde metalizado, con elevalunas eléctrico, airbag de serie, llantas de aleación, radio-cd extraíble, una potencia de 80 caballos y climatizadorrrrr pampampannnnnn: premio y se acercaran a su apartamento, un maravilloso apartamento en cuarta línea de playa, con pistas de tenis, piscina, club social y totalmente amuebladoooo pampampannnnnn: premio.

Su experiencia de conquistador no era aun lo suficientemente grande como para que no le sorprendiera cuando ella dijo un “si” : muakmuak: pulsador con sabor a ron. Salieron del pub, se subieron en el coche y en apenas cinco minutos, en los cuales aprovechó para echar no menos de una docena de mirada furtivas a las piernas de Luisa, ya estaban besándose como animales en el dormitorio del apartamento. Quién iba a imaginar que alguien que usa palabras como “dow jones”, “bursátil” o “taxis” (en singular) podía manejar la lengua de aquella forma que me atrevería a calificar como sobrecogedora.

….Lo que pasó después no creo que a nadie le interese, aunque sólo diré que mientras ella dormía profundamente girada hacia el armario empotrado, con un rictus de decepción en su rostro, Vicente, con la cabeza sobre la mano, no hacía más que pensar en qué diablos le había pasado para guoguoguoguooooooooo: eliminado.

Los muertos en atentados en el primer mundo son todos de calidad suprema.

El otro día, la antaño presentadora de telediarios en Tele 5, y en la actualidad, moderadora de batiburrillos, algarabias y desmanes futbolítiscos en Cuatro, Angels Barceló, decía, con pícara sonrisa, cómo si de una travesura se tratara, que si, que bueno, que a lo mejor, que quizás durante estos días que había durado el mundia de fútbol habían hecho algunos comentarios donde les había podido un tanto la pasión.

Por un lado pensé, triste yo, por qué la información deportiva se tiene que mover entre el exceso y la frivolidad. Y por otro lado pensé que era una pena que, en vez de que les hubiera podido la pasión, no les hubiera podido la objetividad.

Aunque quizás, pedirle eso a un periodista en España sea demasiado.

Patrias

El Roto - El País, 4 de julio de 2006

Debo prometerle que lo intentaré. Sí. Que lo intentaré una vez más. El hecho de que fuera a la cocina y de que me estuviera bebiendo esa copa de ginebra de esa botella cada vez más aguada y que hacía el milagro de no menguar nunca, era en sí una prueba de mi amor por ella. Pero después, siempre después, cuando comenzaba a no sentir los efectos de ese trago aguado, me ponía la chaqueta y me iba a la calle, a buscar bares cada vez más alejados para tomarme un par de pares de copas que me sirvieran para regresar a casa y para pensar que debía dejarlo. Por mi, pero por ella, por mí, porque la amaba. Buscaba siempre el extremo más solitario de la barra, en parte porque me gustaba beber solo y en parte porque había visto en las películas que los alcohólicos de mierda como yo, beben así. Mientras la copa viajaba del mostrador a mi boca, aun tenía el coraje, el falso coraje de los cobardes, de tener los ojos abiertos. Cuando la primera gota de ginebra mojaba mis labios, entonces no, entonces cerraba los ojos y disfrutaba mis debilidades y mi temblor de manos.

Cuando regresé, ella aún estaba en el salón, viendo alguna película en blanco y negro en la televisión. Hola, cariño, le dije mentalmente, por que las letras se empeñaban en atascarse en ese espacio absurdo entre la garganta y el paladar, y se negaban a salir ordenadas. Fui hasta la cocina. Intentando controlar el temblor, abrí, abrí, y abrí, el microondas, el horno, la nevera, buscando algo de cena que ella me hubiera dejado. No había nada, pero era igual. Hacía medio segundo que había decidido que me daba igual y que no tenia hambre.

Me senté en el sofá a acompañarle un rato. No por que me apeteciera, si no por que le amaba. Pasé un rato con los ojos cerrados, juntado fuerzas que yo sé que no existían para poder pronunciar de una forma algo ininteligible: ¿Qué tal, cariño? Ella se quedó mirando los anuncios de colchones, de aparatos de aire acondicionados y de una agencia de viajes que te llevaba a la Republica Dominicana, lo cual le pareció una ironía demasiado cruel para esa noche.

No quitó la vista de la tele cuando dijo:

No puedo más.
No puedo más Carlos.

Me levante como pude, derrumbé varias piezas de ese ajedrez paralítico de metacrilato que había sobre la pequeña mesa del salón. Me acerqué a la cocina casi sintiéndome orgulloso de mi patético tambaleo, agarré la falsa botella de ginebra que mi mujer había estando aguando desde no sé cuando y la estrellé contra la pared del fregadero. Me detuve un rato oyendo los cristales gimiendo por la cocina. Salí de casa sin ponerme la chaqueta y me acerqué hasta la tienda de los chinos que no cerraban hasta tarde y allí me compré dos botellas de ginebra.

Subí a casa. Abrí la puerta en un esfuerzo que me resultó excesivo y me fui directamente a la cocina. El suelo estaba pegajoso y algunos cristales aún insistían en gimotear. Daba asco oírles.

Me senté en una silla, y cogí una copa limpia de boca ancha. Con la primera copa me di cuenta de que, a pesar de todo, la amaba mucho. Con la segunda copa me di cuenta de que estaba equivocado, de que en realidad ella me odiaba y quizás, solo quizás, yo también le odiaba a ella. Con la tercera copa ya solo pensaba en beberme la cuarta.

Alberto me confesó que él y Mónica llevaban ya varios días saliendo juntos.

Luego me enteré que era mentira: ella salía primero y él como media hora más tarde.

No sé. En mis cada vez más habituales sesiones de insomnio, una de las cosas que suelo hacer, además de morderme las uñas y de vigilar que no entren polillas en la habitación, es visitar blogs. No sé. Estamos todos muy malitos. Hace tiempo entré en una bitácora cuyas aficiones eran la literatura, el cine, los comics y la autodestrucción. Literal. Supongo que si es fiel a si misma, esa bitácora ya no existirá, o tal vez será su dueño el que no exista.

Tengo una amiga búlgara que tiene publicados en su país un par de libros de poesía. Poco a poco, los va traduciendo al español. Hace algún tiempo me dejó leerlos:

-Oye, Elena … Nunca fui un gran lector de poesía…Me gustan, pero …¿no son algo oscuros?

-Si, Javi, lo sé. Yo sólo escribo cuando me encuentro mal, cuando estoy triste. Cuando estoy bien, lo que me apetece no es escribir, si no salir a tomar cañas con los amigos.

No sé. Está amiga es muy inteligente, igual tiene razón. A mi todo el mundo me parece que tiene razón. Son las consecuencias de que me guste el gris y de, como dice mi amigo J.A., ser un insustancial.

Todo esto es para recomendar un blog que por casualidad encontré el otro día: El mono se eleva. El humor se le desborda a este mono por cada esquina de la página, aunque esto del humor es aún más complicado que lo de la literatura. A algunos nos gustan Les Luthiers, a otros, Los Morancos. Las perversiones siempre son ignotas y apasionantes.

Y es que ya lo dijo el poeta: no sé.