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“Historias de lejos”
“La piel del diablo”
“La dictadura de los árboles”

boicot

Ntra por Galicia un frente nuboso que se desplazará a lo largo del día por toda la cornisa cantábrica, dejando lluvias moderadas y ocasionalmente fuert

Me incorporo en la cama con los ojos aun dormidos y busco a tientas por la mesilla el interruptor de la lámpara: … el paquete de tabaco … la caja de orfidal … si. La débil explosión de luz me hiere hasta que logro domarla y que se acostumbre a mi. Me paso la mano por la cara para desprenderme de los restos de los sueños. Al llegar a las mejillas y al mentón, noto el roce de la barba rala, dura, áspera. Decido que hoy tampoco me afeitare. Enciendo un cigarro que me alivia y que me devuelve la tos que anoche deje colgada en el respaldo de la silla encima de la chaqueta.

Calzo mis pies en las zapatillas de paño meticulosamente colocadas bajo mi cama. Me pongo el horroroso batín a cuadros grises y marrones que me regaló mi madre por mi último cumpleaños. Doy un par de caladas mas al cigarro y lo apago. Lo deposito en el cenicero junto a otros siete medios cigarros mas que me recuerdan que tampoco anoche logré librarme de mi maldito insomnio.

Entro en el cuarto de baño. Cierro los ojos mientras orino. Escupo la amargura del día anterior y tiro de la cadena. En la ducha, abro solo el grifo de agua caliente. Durante algún rato, sin apenas moverme, dejo que mis ideas se ahoguen. O se abrasen. Me fijo en una esquina de la bañera donde el oxido ha anidado, criando una pequeña mancha que tiene forma de estrella. Si, tiene forma de estrella, todos los días lo pienso. Estrella. Si. Me envuelvo en una toalla amarilla exageradamente grande. Me miro fugazmente en el espejo, todavía empañado por el vapor del agua. Mejor. Prefiero verme así, tal como soy. Me lavo los dientes.

Carlos ya se ha levantado. Desde esta cama en la que paso la mayor parte del día he aprendido a reconocer cada sonido de esta casa por leve que sea: la bisagra que chirría en el armario de la cocina, el goteo incesante y desesperante de la cisterna, el golpe seco de la puerta del microondas al cerrarla…

Mientras espero que la leche se caliente, enciendo un nuevo cigarro y miro por la ventana. Llueve. Todavía es de noche. El cielo esta rosa. Por las calles pasean las mismas sombras que ayer y mañana. De azúcar, tres. Siento como el café me quema desde la punta de la lengua hasta lo mas profundo del estómago. Es agradable. Apago la luz del baño. Al salir, evito mirarme en un espejo ya sin protección. Apago la luz de la cocina y regreso a mi cuarto a vestirme: traje azul oscuro, camisa blanca, corbata azul marino con rayas finas rojas, zapatos negros de cordones, gabardina. Y paraguas. Saco de la cartera veinte, y veinte, y veinte euros que dejo donde siempre por si L. Tiene que hacer alguna compra. Tengo que pasarme por el cajero.

Antes de irme, entro en la habitación de mi madre. Duerme. Le beso en la frente y salgo en silencio.

Adiós, hijo.

Antes de irse, entra en mi habitación. Finjo que duermo. Me besa en la frente y sale en silencio.

Adiós, mamá.

Afuera ha dejado de llover. Mientras camino por las húmedas calles hacia el metro, pienso en esa jodida enfermedad que esta degenerando, degradando la vida de mi madre. No puedo quitármelo de la cabeza. Sin embargo, cuando llego a la taquilla del metro, uno de diez por favor, me sorprendo pensando en si podré concluir de una puta vez el expediente de Interferrosa. No entiendo como he podido comunicar un pensamiento con otro.

Entro en el mismo vagón de siempre, el último, y me acurruco en la esquina de siempre para poder ver las mismas caras soñolientas y silenciosas de siempre. Como todos los días, me fijo en las mujeres, habituales o no, que viajan en este vagón y las divido en tres grupos: uno: restos de series y descatalogadas, abarrotado por mujeres viejas y feas; dos: mujeres a las que me follaría; tres: mujeres con las que haría el amor.

Cuando en Sol el vagón se vacía algo, puedo examinar con mas detalle a las mujeres del tercer grupo, observando los zapatos que llevan. Los zapatos de una mujer dicen mucho de ella. Si. Mucho. Se que hay gente que creería que estoy loco si supiesen esto, pero es verdad. Después de una exhaustiva revisión, pocas mujeres continúan en ese grupo. La mayoría pasan, afortunada y o desgraciadamente al segundo. Solo de vez en cuando, muy raramente, alguna mirada huidiza, algunas delicadas manos, algún cuello desnudo y, sobre todo, los zapatos, algunos zapatos, merecen acceder al casi siempre desierto grupo cuarto: mujeres con las que compartiría una vida. Próxima estación: Ventura Rodríguez.

Antes de entrar a trabajar, saco dinero del cajero: 80. Compro El País y entro en El Azul. Ni saludo ni pido nada, pero en seguida tengo ante mi una hirviente taza de café con leche y tres porras aceitosas. Sacerdotes de la fe islámica: ulemas. Leo primero los deportes. Devastado, arrasado: asolado. Después, las cartas al director y las editoriales. Elevarse del tono grave al agudo: atiplar. Me busco en necrológicas. Que tira a gris: grisáceo. Finalmente, hago el crucigrama. Dejo el dinero sobre el mostrador y me marcho sin despedirme.

A las 08:27 ficho y entro en el despacho. Meto el paraguas seco en la papelera y cuelgo la gabardina en un perchero ya visitado por otros: M y R ya han llegado. Buenos días. Hola. Ambos hablan y ríen sobre la última estupidez que han pasado por televisión. Me siento en mi mesa pulcramente ordenada. Abro el expediente de Interferrosa e intento concentrarme en él, pero las letras y los números me huyen por los bordes de la carpeta. Minutos después llega T que, hola, buenos días, se une a la estúpida conversación con M y R. Siguen riendo. Aunque hace ya algún rato que la fuga de números ha sido un completo éxito, dejándome la hoja desierta, no quiero levantar la vista del expediente por que se que me los encontrare mirándome. Se que se ríen de mi. Me da asco trabajar con ellos. Los odio. A R me la follaría. Si.

Ya son las nueves. Carlos ya habrá llegado al despacho. Yo debo entretenerme con mis pensamientos al menos dos horas, hasta que venga Laurita que me ayude a levantarme y que me de algo de conversación, que la necesito, por que Carlitos es tan callado … Ya lleva varios años en esa empresa y no tiene un mal sueldo, no, pero, no se, quizás seria un buen momento para pedir un aumento. Se que es un buen empleado y un buen compañero. Alguna vez me ha hablado de Rosa, una chica que trabaja con él en su mismo departamento y que le gusta. Bueno, el no me lo ha dicho así, claro, pero yo lo se. Es difícil para un hijo esconderle algo a su madre … aunque el piense lo contrario. ¡Si pudiese enamorarse de él, me harían tan feliz! Carlitos siempre ha sido un crío muy tímido, muy “entrovertido” o como se diga, y siempre se ha sentido muy unido a mi. Antes, algún fin de semana salía con aquel amigo de la facultad … cómo era….si, aquel chico alto y delgado con gafas…¡ah, si! Alberto. Antes salía de vez en cuando con Alberto, pero desde que recaí de mi enfermedad, apenas sale de casa para ir al trabajo. De todas formas, el Alberto aquel era también un chico muy extraño. Pero, ¡y los sábados y los domingos, siempre metido aquí, en estas cuatro paredes, aguantando a su pobre madre vieja y enferma, y sin salir a divertirse por ahí! Si se atreviese a pedir ese aumento, tal vez le pudiese convencer para que me llevase a una residencia. ¡Se lo he dicho tantas veces …! Quizá así podría llevar una vida como cualquier chico de su edad, ….pero no, se empeña en que yo nunca iré a una residencia mientras pueda, me encargaré de cuidar a mi madre. Ringring. Suena un teléfono que me desactiva los pensamientos. Me acerco a la mesa de R y le hago un par de preguntas sobre el expediente. Me contesta sin levantar la vista del ordenador. Me atrevo a aguantarme un par de eternos segundos viendo el reflejo de la pantalla en sus ojos azules y calientes. O viendo el reflejo de sus ojos azules en la pantalla. Que mas da. Huele bien. Si. Bien. Vuelvo a mi mesa. Noto su mirada de asco y desprecio como un pinchazo en mi espalda.

Una, dos, tres vueltas y tlinc tlinc de las llaves. Laurita ha llegado. Miro el reloj y son casi las once y cuarto. A gritos me saluda desde el recibidor. Oigo como deja una …¿dos? bolsas de plástico sobre la mesa de la cocina. ¡Hola, Laurita, hija! ¿qué tal todo, cielo? …si, ya se sabe, ¡cuando son tan pequeñitos están tan débiles! …Anda, ayúdame a levantarme para que me siente en el sillón y así puedas hacer la cama y airear un poco la habitación, que esta muy cargada …¿eso? te lo habrá dejado Carlitos por si tienes que comprar algo …Bueno, pues entonces déjalos por ahí ….si, si, ahí…¡pero ven y cuéntame mujer! … ¿eh? …si, si….hace algún tiempo, ¿no?…claro, si es que no coincidís nunca …pues si, igual de guapo que su pobre padre …¡ay! …bueno, parece que hay una chica en su trabajo….si, Rosa, pero, no se, mi Carlos es a veces tan no se, que, hija, a lo mejor ….Si, si se que es muy bueno y cariñoso pero …no, no, claro….ya… ¡mujer, Laurita!, raro a mi no me parece, es un chico sencillo y algo tímido, pero nada mas …no, desde que dejo aquello con Ana, no….si, eso si, por que aquella Ana no le convenía, a mi no me gustaba nada esa chica…si, si…ya lo se…por que aunque me pase todo el santo día acostada en esta cama me entero de cosas, ¿sabes?, y si no, pues me las cuentas tu, ¿verdad, Laura, hija? … no ….treinta y tres ya….si, el mes pasado …¿te acuerdas de aquel batín que te pedí que compraras?, pues era para su cumpleaños …¡si, mucho! ¡siempre anda con el puesto! …¿eh? …si, si, una tortillita y una ensalada esta bien …si, no te preocupes. Clic.

¿Ya? Clic… espera … te hago un hueco en la mesita … así…¡que no, tonta, que no se enfría con el plato este aquí encima! ¿Ves? …si, anda, márchate ya …y llévate aquellas revistas si quieres, que yo ya las he visto …bueno, Laurita, hija, hasta mañana …¡Y que se mejore! ….adiós, bonita, adiós. Clic.

Son ya casi las dos y media y la gente esta recogiendo. R, te invito hoy a comer, ¿quieres? R se levanta, se pone el abrigo y sale con M y T. No, nunca seré capaz de decirle nada. Adiós, adiós, adiós, hasta luego, adiós. Me entretengo un rato dibujando estrellas como las de la bañera para no coincidir con ellos en el ascensor. Al rato, me levanto, me pongo la gabardina y dejo el paraguas. Vuelvo a El Azul. Menú, 9,50. Tomaré sopa de verduras, calamares a la romana y, ya sabes, flan y tinto y casera. Me gusta esta mesa donde suelo sentarme por que diviso todo el local. No es muy grande, sólo once mesas. En una de ellas descubro a dos mujeres que nunca antes había visto por aquí. No deben tener una gran amistad, no han parado de hablar desde que entraron. Tendrán miedo al silencio. Si. Miedo. Si. La elegante ropa que llevan desentona con la humildad del restaurante. De todas formas, nunca serán capaces de escapar del grupo uno.

9,50 y cincuenta de propina. Adiós, don Carlos, hasta mañana. Si, hasta mañana, si. Regreso a la oficina. Ya han vuelto los demás y comentan lo divertido que es ese nuevo restaurante chino. Dios mío. Cuelgo mi gabardina. Los abrigos de R y T parecen y aparecen lasciva, promiscuamente entrelazados. Dios, que asco. Paso el resto de la tarde dibujando estrellas. Cuando completo una hoja, me levanto, le miro las piernas a R y hago una fotocopia . La guardo con las demás.

El sonido del silencio me asusta de repente. Levanto los ojos de mi enésima estrella y me encuentro solo en el despacho. Ni adiós, adiós. Ni hasta mañana, hasta mañana. Hago una ultima copia y apago la fotocopiadora. Guardo la hoja. Cierro el expediente de Interferrosa y lo coloco cuidadosamente en la rebosante bandeja de Asntos. Ptes. Apago mi ordenador. Del cajón de mi mesa saco una bolsa de plástico de Alcampo y me la guardo en el bolsillo izquierdo de la gabardina. Cuando abandono el despacho, las cuadrillas de limpieza ya están preparadas para atacar. Hasta mañana. Si, si, hasta mañana. He olvidado el paraguas pero no vuelvo a buscarlo. Me da pereza y además, no creo que llueva. Voy caminando hasta el centro. Allí cogeré el metro. No quiero llegar tarde a casa. Esta mi madre tanto tiempo sola, pero, bueno, ya son casi las siete, antes de las ocho estará Carlitos de vuelta. Espero que Laurita le haya dejado preparado algo para cenar. ¡Que rollo de televisión! Clic. No se, yo creo que seria mejor para los dos que viviese en una residencia. Al menos, tendría con quien hablar, por que Carlitos nunca esta en casa y cuando viene esta tan cansado el pobre que no le apetece y, además, es así, tan no se …Si, luego en la cena le volveré a decir de lo la residencia, a ver si…Seguro que le convenzo. Clic. ¡Siempre los mismos programas! ¡Que me importaran a mi las desgracias de los demás! Clic. ¡Ay! Clic. Clic. Clic.En media hora he llegado a sol. Ya esta anocheciendo y las personas se empiezan a transformar en sombras, que con la noche se convertirán en fantasmas. Me acerco al sex-shop de la calle Victoria. Merodeo aburrido por los expositores de las cintas de video. En el interior del sex-shop solo veo algún que otro grupo de adolescentes falsamente escandalizados, saturando el local con sus risitas estúpidas. También veo muchos hombres solos. Algunos se mueven con desenvoltura por entre los artículos expuestos. Otros, pudorosos y tímidos, parecen esconderse para no ser reconocidos. ¿Por quien? En la barra del bar de la tienda una mujer toma una coca cola, indiferente a todos y a todo lo que le rodea. Uno de los hombres que se mueven diestramente por este ámbito se acerca y comienza a hablarle. Al rato, salen del local juntos. Ella, mezcla incongruente y desoladora del grupo uno sin redención y del grupo dos, balanceándose sobre las imposibles plataformas de sus botas; él, atrapado en su abrigo por un deseo fugaz de sexo anónimo. Compro una cinta. Pago. Antes de salir, y a pesar de que la cinta esta camuflada en una inmaculada bolsa blanca, la guardo en la bolsa del Alcampo. El último tren pasó hace 3:30, 3:40, 3:50. Ya llega. Subo al último vagón. Hay asientos vacíos pero prefiero quedarme apoyado en una de las paredes del fondo. Estoy cansado. Aburrido. Intento, inspirándome en la puta del sex-shop, en hacer combinaciones imposibles. ¿grupo uno y tres? ¿dos y cuatro? Si. Imposibles. Si. Tres peruanos suben al vagón. Quena, armónica, charango, tambor, ritmo. Les doy un euro. Grasias señor. Dios. Próxima estación … Legazpi, correspondencia con línea….seis

Una, dos, tres vueltas y tlinc tlinc de las llaves. Carlitos ha llegado. Oigo como arroja, ¡Carlos!, el llavero y la cartera sobre la mesa del recibidor y, ¡Carlitos, hijo!, como se despoja de la gabardina guardándola en el armarito de la entrada. ¡Carlos!

Dejo las llaves en la mesa. Me quito la gabardina y me aflojo el nudo de la corbata. Mamá, ya estoy aquí. Me acerco a la habitación de mi madre. Veo los 60 euros encima de la cómoda. Pienso: ¿no habrá venido hoy L? Digo: ¿No ha venido hoy Laura, mamá? Si, hijo, ¿por qué? No, por nada. Mi madre esta viendo uno de esos programas donde la gente impúdicamente muestra sus vomitivas miserias. Pero mamá, ¿cómo puedes ver eso? Ya, hijo, si es que no hay otra cosa. ¡Que rollo de tele! Clic. Esparcidas por encima de la cama, un Hola, un Diez Minutos y una revista de sopa de letras. En la mesita de noche, junto a la bandeja con los restos de la comida, “El Médico” de Noah Gordon. Un separador de cartón señala apenas las primeras paginas del libro.

¿Qué tal hoy en el trabajo? Bien, mama, bien. Has venido un poco mas tarde. ¿Tuviste que quedarte a hacer algo? No, mama, es que acompañe a Rosa a su casa. Miento. ¿Ah, si? A ver si la traes un día por aquí a tomar café para que la conozca. Desea. Mama, solo es una compañera de trabajo. Me miento. Bueno hijo, pero si a ti te cae bien y seguro que es una chica muy maja, pues …Suplica. Mama, por favor. Pero hijo …Me voy a dar una ducha, mama. Escapo. ¡Hijo! Clama, llama. ¡Ay! Clic.

Saco del cajón del armario un chándal verde, una muda limpia. Descuelgo de la percha de detrás de la puerta de mi dormitorio el ridículo batín. Abro la nevera: tres yogures desnatados, cuatro huevos, dos lonchas de jamón de york tapadas por un plástico transparente, una caja de quesitos, una lata de piña en almíbar abierta, una tableta de chocolate empezada, cojo dos onzas, un tuperware con spaghettis que sobraron de ayer, un tetra-brik de leche y otro de zumo, dos latas de cerveza, me acuerdo de la puta del sex-shop, un bitter kas. Cojo una cerveza. L cada vez hace menos en esta casa. Debería ir pensando en cambiar de chica.

Me como el chocolate y me bebo la cerveza en mitad de la cocina, sin pensar en nada. Entro en el baño. Del otro lado del espejo me mira con tristeza un tipo gris y cansado, aburrido, decadente y viejo. ¿Algún día seré así? Mejor no ponerme en su pellejo. Abro solo el grifo del agua caliente. Como finísimos alfileres afilados siento las gotas de agua sobre mi espalda. Miro la estrella en la esquina de la bañera. Creo que ha cambiado de posición. Tendré que tirar todas las fotocopias y empezar mañana de nuevo. Pienso en R.

No se cuanto tiempo paso debajo del agua. Salgo. Protejo mi arrugado cuerpo en un suave chándal de felpa. Me pongo unos calcetines blancos de deporte y las zapatillas de paño. Batín. Cuando vuelvo al dormitorio de mi madre, esta viendo el telediario: en la localidad guipuzcoana de Aretxabaleta, una moción de censura contra el alcalde del PNV ha provocado ¿qué quieres para cenar, mama? Nada, hijo, caliéntame un poco de leche y unas galletas. Deberías comer algo mas. ¿Quieres que te haga una sopa calentita? No, Carlitos, gracias. Prepárame eso, anda, y ayúdame a salir a cenar al comedor. Clic.

Con la muleta que nunca se acostumbrara a usar y apoyada en mi, consigue salir y sentarse en el sillón. Clic. Nuevos enfrentamientos entre comandos paramilitares y voy a calentarte la leche. En un plato pequeño pongo la taza de leche templada rodeada por cinco galletas. En otro mas grande pongo las dos lonchas de jamón y dos quesitos. Me fumo un cigarro en la cocina. Miro por la ventana la calle con vocación de desierto. Esta lloviendo de nuevo. Oigo a mi madre decir qué rollo de tele. No clic. Miro al salón: mi madre escondida, hundida en la profundidad del sillón, solo iluminado por la fluorescencia de la televisión…Dios mío…dios mío.

Coloco todo en una bandeja que deposito en una mesita plegable que tiene mi madre para cuando decide comer en el comedor, que cada vez son menos veces. Enciendo una luz que anémicamente ilumina algo el salón. Me siento en el tresillo, a su lado. ¿Y tu, hijo? ¿no comes nada? No mama, no tengo hambre ahora. Ya comeré algo después, cuando te acuestes. El primer ministro ruso, en lo que se considera un gesto de buena voluntad ha comunicado que ¿sabes, Carlitos?, había pensado que quizás, si te diesen ese aumento de sueldo, seria mejor para los dos por que …. mama, no empecemos con eso otra vez. Pero hijo, así podrías …y yo….tanto tiempo…mama, por favor. Con toda la potencia de un motor diesel y con unas.

Durante algo menos de una hora, encerrados en un aterrador silencio, vemos en la tele un estúpido programa de videos caseros salvajemente crueles, pero que despierta una sonrisa en mi madre. En fin.

Son las once. Hace ya algún rato que mi madre dormita en el sillón, con la cabeza descolgada sobre el pecho. Recojo con cuidado la bandeja. Allí siguen los dos quesitos, el jamón de york y cuatro de las cinco galletas. Despierto suavemente a mi madre y le ayudo a acostarse. Le quito las gafas de las que ni se acuerda que lleva puestas. La ayudo a ponerse el camisón. Entrecierro la puerta del dormitorio y salgo de la habitación.

Hasta mañana, mama.

Lavo los platos que llevan en uno de los senos del fregadero un par de días. La verdad es que L cada vez hace menos en esta casa. Debería ir pensando en cambiar de chica.

A las once y media, la casa es un sepulcro silencioso. Introduzco en el video la cinta que compré en el sex-shop y quito el volumen de la televisión. Sin pulsar el play, la adelanto una media hora. Play. Dos tíos se están corriendo en la cara de una rubia. Pienso en R. Me masturbo.

A los cinco minutos quito la cinta. Me doy una ducha urgente. Abro solo el grifo del agua caliente. En la esquina de la bañera …

Me pongo un calzoncillo limpio. Echo toda la ropa a la lavadora. Abro la nevera. Me como su luz y los spaghettis fríos que sobraron de ayer. Me lavo los dientes. Saco la ropa que me pondré mañana: traje azul marino, camisa blanca, corbata gris oscuro con detalles amarillos, zapatos negros de cordones y gabardina. Me tomo dos pastillas de orfidal con un trago de agua. Enciendo el ultimo cigarro antes del insomnio. Cuidadosamente, cuelgo en la silla la tos que también mañana me pondré.

El cenicero sobre el pecho, la brasa del pitillo como única luz. Cruzo el brazo por detrás de la cabeza y mirando hacia el techo que no veo, me adormezco pensando en mi madre, en L, en Interferrosa, en R, en el estúpido tipo que cada día me mira desde el espejo, en.

Sgo de nevadas en cotas superiores a los mil metros en toda la parte nororiental de la península y en el sist

Mierda.

“Quemando burbujas”
“Elogio de la traición”
“Noches de plástico”

Cuando mis hermanos y yo eramos pequeños, íbamos a pasar el verano a San Lorenzo de El Escorial, de donde era parte de mi familia. Mis recuerdos de alli son muy vagos, y seguramente confundidos por la siempre traicionera nostalgia, pero aun soy capaz de recordar la casa donde vivía mi tia abuela Encarna, la imagen de la bondad con su sempiterno moño cano, casa hace años derribada. En esa casa había un cuarto donde nunca nos dejaron entrar, y que provocaba en mi esa mezcla tan sugerente de miedo y atracción. Recuerdo también un columpio que estaba formado por dos ruedas y que hoy estaria a buen seguro prohibido por la seguridad de los niños, pero en el que hace años, mi hermano, sin el quererlo, ya vino a demostrar a todos que el torpe de la familia no era otro si no yo. Recuerdo jugar a la pelota en la lonja del Monasterio…o ver a mi tio Cele portando uno de esos entrañables Gigantes de las fiestas de los pueblos. Claro que yo lo único que veía desde mis cinco o seis años era un ser gigantesco, rigido, con una torva expresión en la cara y que se dirigía hacia mi para saludarme. Pocas veces he debido llorar mas en mi vida, con lo que al ya conocido adjetivo de torpe, venía a unirse el de miedoso, adjetivo que desde entonces luzco con orgullo en mi imaginario blasón. Pero lo que mas recuerdo desde la lejania de la memoría eran las campanadas que sonaban durante todo el dia y la noche en alguna iglesia, y el olor, eso olor a humedad, comida e ingenua felicidad que reconoceria sin ninguna duda y que incluso podria falsificar en mis sentidos , ahora mismo, delante de mi PC…Pero ya dije antes que la nostalgia es traicionera.
Y dolorosa

 retazos

No entiendo como te puede gustar ese trabajo – me decía siempre Carlos. Por mas que me esforzaba, no conseguía hacer entender a mis amigos que ese trabajo ni me gustaba ni me disgustaba, era solamente eso: un trabajo más. Creo que ellos estaban deseando encontrar en mi alguna explicación morbosa o escabrosa, pero yo no podía dársela. Mi trabajo en la morgue en aquella ciudad andaluza de cuyo nombre, cual moderno Quijote, yo tampoco quiero acordarme, era un trabajo meramente burocrático, adjetivo que siempre lleva como fiel compañero a rutinario. Básicamente consistía en informatizar las cartillas de protocolo de entrada y de necropsia., esta última con apartados tan divertidos y excitantes como “putrefacción” en la que había de indicarse el tipo y el grado de aquella, “fauna cadavérica”, donde se describía el tipo, la magnitud y la localización de la fauna así como el tamaño de las larvas si estas existieran, o el peso del hígado, del páncreas, del bazo o del riñón, el izquierdo y el derecho, para ser políticamente correctos. Siempre me sorprendió la cantidad de información que damos cuando ya no somos. En la parte final del protocolo, había un epígrafe llamado: “Observaciones” que a mi me parecía el mas sabroso (aunque quizás este adjetivo no sea el mas adecuado para el tema que nos ocupa) y que daría para escribir otro relato que confirmaría, una vez mas, que la realidad supera a cualquier ficción. Solo una vez, al poco de comenzar a trabajar allí, me invitaron a, desde un cuarto anejo a la sala de necropsias, contemplar a través de una pequeña ventana, cual era el procedimiento que se seguía. Pero cuando en aquella mesita vi esa impresionante colección de tijeras, pinzas y cuchillos de todas las formas y tamaños y, sobre todo, cuando vi como el auxiliar del forense blandía una enorme y brillante sierra metálica, entre otros objetos que desconozco siquiera su nombre, supe que era mejor una retirada a tiempo.

Pero dejando esto al margen, que no son mas que sabros……que curiosas anécdotas, mi trabajo era parecido al que se pudiera hacer en cualquier oficina con un ordenador y una impresora. Quizás, una de las diferencias, era que una semana al mes, tenia que hacer una guardia nocturna que a mi, particularmente, me encantaba y que iba desde las 20:00 de la noche hasta las 06:45 del día siguiente. Casi no había trabajo y había noches enteras que por allí no aparecía nadie. Miento. Alguna que otra noche vino Pilar a verme, a la cual le daba mucho morbo que en aquel lugar hiciéramos un uso alternativo al de dormir del camastro que teníamos en una sala de descanso, junto a un microondas y una pequeña televisión en blanco y negro que debía de llevar años ahí pero que aun prestaba su servicio. Fuera de las visitas de las que por aquel entonces era mi novia, pasaba la mayor parte de la noche solo, lo que para mi era un lujo a la hora de estudiar la oposición que había comenzado a prepararme.

Recuerdo que una de las noches en que tuve que hacer guardia, el ligero zumbido de las cámaras frigoríficas era más intenso que otras veces, o al menos, así me lo parecía. En cualquier caso, era lo suficientemente molesto para que no me dejara concentrarme en el estudio, aunque también el hecho de que Pilar estuviera saliendo ahora con mi amigo Carlos tampoco me ayudaba mucho. Decidí tumbarme en la cama y encender la pequeña televisión en blanco y negro. Como la televisión era tan antigua, el zapeo había que hacerlo de forma manual, apretando unos pequeñísimos botones que estaban escamoteados debajo de una tapa negra de plástico, con lo cual, uno debía estar muy fino en la elección de lo que quería ver, por que una vez echado en la cama, la pereza impediría cualquier rectificación posterior. Aunque reconozco que no soy muy futbolero (aprovecho estas líneas para pedir humilde perdón por ello), decidí quedarme viendo un partido de fútbol por que las otras tres opciones que aquella tele era capaz de sintonizar eran aun peores: un debate sobre la situación sociopolítica de Europa, una película, de las malas, de Alfredo Landa, y en el recién estrenado canal autonómico daban un programa sobre la copla, genero, que en particular, y sin que nadie se ofenda, detesto profundamente. Así pues que elegí el partido, bajé el volumen y me tumbe en la cama, pensando que el sueño para echar una cabezadita me llegaría rápido. Recuerdo que jugaba el Madrid contra el Milán. El partido ya estaba empezado, y el resultado era 1-1, cuando en una jugada de ataque, un defensor italiano derribó a Butragueño en el área.

… Creedme que no miento; creedme que es verdad, y creedme que es la primera vez que cuento esto a alguien, pero justo en el momento en el que Butragueño caía, de la sala donde se encontraban las cámaras frigoríficas mortuorias se oyó claramente una voz nítida y muy poderosa gritando: ¡¡¡¡PENALTI!!!!, palabra que quedó como suspendida en el aire durante unos instantes, difuminándose lentamente, como un rastro de niebla. Me quedé en absoluto silencio y totalmente inmóvil, mas rígido que alguno de esos cuerpos que, por segunda vez, y esta vez aun con mas potencia volvió a decir: ¡¡¡¡PENALTI, COÑO!!!! Rápidamente me levanté, cambié el canal al programa de coplas, subí a tope el volumen de la televisión y entre zarzamoras, ojos negros que echan fuego y capullitos florecidos, me tapé la cabeza con la almohada y comencé a llorar.

Durante un mes y medio estuve de baja por “agotamiento físico”, pero pasado ese tiempo, y hasta que encontrase otro trabajo, volví a la morgue. Al menos, tras muchos ruegos y excusas un tanto peregrinas, conseguí que me eximiesen de hacer turnos nocturnos, con la consiguiente merma en mi ya exiguo salario. Pero, eso si, ahora tomaba mis precauciones: Cuando los servicios forenses venían con un occiso
(para que luego digan que no hay poesía en la muerte), y me entregaban el protocolo de entrada, yo siempre les preguntaba: Oye, ¿tu sabes si a este le gustaba el fútbol?

Estando hoy en la consulta del médico, mientras hojeaba distraído una revista con el elegante nombre de L´Exquisite, entre anuncios de Lamborghinis, carísimos relojes y demás golosinas para ricos, nuevos ricos o soñadores, encontré un artículo sobre Nápoles. Dicho artículo, que no leí, venia ilustrado por unas maravillosas fotos de la ciudad italiana, y en uno de los pie de foto, venia escrito lo siguiente (me tome la molestia de copiarlo):Asi se nos muestra Nápoles, sin mas preámbulos, obscenamente sincera desde el primer instante, indisciplinada, rebelde y morbosamente primitiva, racial.”

Y pensé que para decir que Nápoles es una ciudad peligrosa, habían encontrado una deliciosa formula. Y es que, ¿que sería de nosotros si no pudiéramos habitar en el Reino del Eufemismo?

Texto inspirado en Alter Ego , de Duarte Manzalvos

Decidí que lo mejor era acabar con ella. Asi, esa noche comencé a caminar por calles huidizas, por esquinas imposibles, por plazuelas autistas y por callejones austeros. Cuando me di la vuelta, ella ya no estaba. Desde aquella noche ya solo se atrevía a salir por la mañana en compañía de los suyos, pero cuando la oscuridad llegaba, mi sombra dejaba de acompañarme y me abandonaba a esa suerte de libertad condicional que tanto deseaba pero que yo tanto temía.

“El guardián ciego”
“Vivos y en extrañas circunstancias”
“Primavera autista”

Pensé mucho en como sería la introducción que iba a hacer en este post, pero finalmente he decidido no hacer ninguna. Voy a limitarme a traducir un e-mail que ha recibido mi chica, escrito con triste ironía por una prima suya y que cada uno saque las conclusiones que crea conveniente: “…Para quien aun no lo sabe, ya he ido a Londres….y ya he vuelto. No me dieron el visado de entrada …Regresé del aeropuerto sin poder dar ni siquiera una vuelta por la ciudad.
Fue horrible.
Aunque no fui maltratada tísicamente, fui torturada psicológicamente. Pase casi veinte horas detenida en una sala de inmigración en el aeropuerto, con agentes de seguridad en la puerta, sin acceso a mi equipaje ni a mi documentación. Me dieron pocas explicaciones …las pocas veces en que tuve traductor. Fui interrogada dos veces …Dormí en los bancos de la sala donde estuve …y solo me negaron el visado después de 8 horas de espera …Fui, a partir de ese momento, literalmente escoltada por policías durante todo el tiempo, todavía sin acceso a mis documentos…policías ingleses me llevaron dentro del avión y entregaron mi billete y el pasaporte al comandante …Hice conexión en Roma, donde también fui recibida por la policía. Salí del avión acompañada por la policía italiana, (elegante, ¿no?)…también se quedaron con mi pasaporte y mi billete, pero al menos me dejaron circular por el aeropuerto, donde permanecí desde las 14:00 hasta las 21:30 … Fui nuevamente escoltada hasta el avión …El policía espero hasta que el avión despegó, pero me devolvió el pasaporte y otros documentos.
Me negaron el visado por detectar indicios de que iba a quedarme en Londres cuando terminase el curso e incluso me dijeron que no tenia condiciones económicas suficientes para mantenerme en la capital británica.

Resumiendo: Salí de Recife a las 08:05, llegué a Sao Paulo a las 11:30 (8-sept). Salí de Sao Paulo (8-sept) a las 15:05, llegué a Milán a las 06:45 (9-sept). Salí de Milán a las 10:30, llegué a Londres a las 12:30 (9-Sept). Salí de Londres a las 09:40 (10-sept), llegué a Roma a las 14:00 (10-sept). Llegué a Sao Paulo a las 05:00 (11-sept)

Conclusión: Gasté un dineral para conocer tres aeropuertos: Milán, un aeropuerto horrible, desestructurado, una visión del infierno. Londres: sólo conocí la pequeña sala de inmigración donde tuve la desgracia de saber lo que es estar detenida. Roma: personas mas educadas y una semilibertad para moverme.

(…) Y, bien, allí, ciertamente, no era mi lugar…Londres se pierde a una ciudadana de bien.”

Asturias

La fuente está seca coma muda coma silenciosa coma esperando que llegue el con hache intercalada deshielo se abre paréntesis principios de mayo se cierra paréntesis coma para que el agua brote de nuevo coma veloz y transparente coma desde las montañas de con letra mayúscula Orzán coma y,unos segundos, solo unos segundos, dejo de leer, alzo la vista y oigo, en un vacío postizo, sus aplicados silencios, los bostezos de la madera de los viejos pupitres, todo reciclado en un rumor único, coma el olor a retama coma a con hache intercalada albahaca y coma blanco de neón, amarillo madrugador, veintisiete rostros, ingenuos, infantiles, con la inocencia plena en sus miradas, en sus muecas, en sus risas, o mejor, veintiséis caras así y ella, Eva, que junto al petirrojo coma oímos cantar en los albores de cada nuevo amanecer coma porque ella, Eva, ella es diferente, otra, distinta, yo a Eva la amo, o mejor aun, la deseo coma la espigada espadaña de la desangelada iglesia coma las cigüeñas coma majestuosas y elegantes coma tiñendo de blanco y negro las con esa boca fresca, pequeña, de blanquísimos dientes, y cuando escribe, saca la puntita de su rosada lengua que imagino navegando en la mía, en mi boca, en mi lengua, mezclándose con mi saliva coma el tañido poderoso de la campana nos despierta cada día coma su pubis, apuntes de vello rubio, suave, esperándome, provocándome, incitándome, coma de la cosecha punto y aparte.Con mayúscula Cuando el verano comienza a declinar coma cuando los atardeceres se vuelven mas leves y sanguinolentos coma y cuando sus breves pechos, apenas perfilados, dibujados, pero insinuándose bajo su camiseta blanca, y que ya comienzan a erguirse coma y que yo quiero tocar, chupar, morder, lamer, acariciar con mis ávidas manos, entonces las hojas empiezan a transformarse coma y el verde intenso y monótono deja paso a una con equis explosión de tonos ocres que saturan nuestros ojos coma nuestros que sienta mi sexo, duro y violento en su pequeña e inocente boca, y lo embadurne con su espesa saliva, que me sienta recorriendo todo su trémulo cuerpo, conociendo cada pliegue, cada cavidad de su hermosa y delicada blancura dos puntos cedros coma chopos coma sauces coma vuelvo a alzar la vista y me encuentro con su mirada, tan tierna, tan débil, acaso neutra, ¿sumisa? que hace que sienta mas asco por mi pero coma para que nazca el nuevo también mas deseo año punto y final.

El timbre afilado y agudo que retumba en el centro mismo del aula me hiere, me lleva hiriendo tanto tiempo, y es el final de mi erección y el comienzo del griterío de carpetas, estuches, sillas, mochilas y adiós don Alberto me dice Eva, sonriéndome, ajena a mi deseo, mientras yo solo pienso en adiós Eva, abordar y conquistar cada centímetro de su cuerpecillo frágil, con ese olor, sentir que me pierdo, que resucito en ella, en sus suaves muslos, en sus misterios mas abisales, quizás hacerla un poco de daño, solo un poco y pellizcar sus turbadores pezones oscuros, cumbres mágicas de aquellas conmovedoras cimas, hasta mañana, y derramar mi amargo deseo en su cara, en su boca, en su cabello, en sus mejillas, en sus pechos. Morir.

El: esta cenando con ella: su mujer, en la cocina de su casa. Sus hijas hace ya un rato que se acostaron. Con la televisión como testigo locuaz e inútil, hablan con pesada rutina y sin ninguna pasión de como les fue el día. El: cada día mas cansado de luchar con aquellos niños. Ella: harta de y de. El: y este maldito calor que te vuelve loco. Ella: el viernes tengo que llevar a Julia al dentista. El: Eva, Eva, Eva, Eva. Ella: luego ponen una buena película. El: quizás podría pedir un traslado y abandonar aquella asfixiante, con equis, piensa, ciudad. Ella: otra vez, pregunta, otra mudanza mas, se pregunta, otra casa, otra ciudad, otro colegio, otro ambiente para las niñas, le pregunta. Esto no puede ser Alberto, no puede ser. El: Ella: El: voy a subir al trastero a buscar un libro y después me voy a acostar, estoy muy cansado.

Se levanta, rodea la mesa, se agacha y besa a su mujer, secuestrada definitivamente por la televisión, junto a los labios, muy ligeramente, no te acuerdes muy tarde, piensa, dice. Lleva su plato al fregadero de la cocina, mira por la ventana, se acerca a la habitación de sus hijas, abre la puerta con cuidado, entra, esquiva, recoge un dinosaurio de peluche, arropa, besa a Ana, besa, arropa a Julia, que murmulla algo, las mira, las quiere tanto, tanto, sale sin hacer ruido, vuelve a la cocina, oye la televisión de fondo, bebe agua, abre el frigorífico, mira, cierra el frigorífico, sube al trastero, cruje el tercer escalón, también el ultimo, abre la puerta, enciende la luz, tose, enciende un cigarro, cierra la puerta, enciende la radio, busca, no encuentra en esa caja, sigue buscando, apaga, le molesta, la radio, abre un cajón, encuentra, mira hacia arriba, arrima una banqueta, lanza la cuerda, cruza la viga, deja la cuerda, se acerca a una mesa, apaga el cigarro, vuelve, y feliz, con una felicidad tan plena, sin fisuras, tan rotunda que le da miedo y que le arrasa los ojos de lagrimas, pensando en el tierno cuerpo desnudo de Eva que nunca mas volverá a imaginar, se asegura de que el nudo corredizo esta bien hecho, se acuerda de su padre, sonríe, después no.

Se sube a la banqueta.

Para Nani

“Existirmos…a que será que se destina?”“Cajuina” - Caetano Veloso

Existir es un in-finitivo. Una hermosa y contradictoria paradoja semántica

“La mirada de Alí”
“La ciudad inacabada”
“El rapto de la lujuria”

Mi mujer me ha abandonado por que dice que estoy loco, aunque bien es cierto que el día que salió por la puerta de casa con dos tremendos maletones que yo mismo le ayudé a hacer, por que somos una pareja muy moderna y muy civilizada, me dijo tres cosas: me insistió de nuevo en que estaba loco, eso ya lo sabíamos, me dijo que le cambiara la arena al cajón del gato, y me dijo que me quería mucho. Yo me quedé de pie en el umbral de la puerta, casi con ganas de decirle adiós con la manita y pensado en el mucho daño que ha hecho el cine en nuestras vidas. En realidad, nada de lo que sucedió me cogió por sorpresa. Hacía ya tiempo que decía que no podía soportar mis locuras, pero es que ella llamaba locura a cualquier cosa. Decía que no soportaba más que todos los días, cuando me despertaba, me pusiese de pie en la cama y gritase ¡Australia!¡Australia!¡Australia!, que no aguantaba más que cuando yo leía un libro, solo lo hiciese por sus páginas pares, y por más que le explicaba que así el argumento ganaba en profundidad y en intensidad, ella no lo entendía, cómo tampoco entendía que fuera incapaz de subirme a un taxi si éste no tenía un ocho como último número de su matrícula. Un día, no se si movida por la curiosidad o por la desolación, me preguntó que porqué tenía que ser el número ocho. Yo, debo reconocerlo, me preocupé un poco cuando me hizo esa pregunta por que la respuesta me parecía tan obvia que era una osadía hacerla, pero aun así, le respondí: “¿Es que acaso puede ser otro número? Así pues, todos estos pequeños rituales e invocaciones a la buena suerte que yo realizaba, a mi mujer le parecían locuras insufribles e insoportables, por lo que una de esas mañanas en las que recién levantado, me subí a la cama y grité, es posible que con mas euforia de lo habitual, ¡Australia¡ ¡Australia! ¡Australia!, mi mujer dijo “ya no puedo más” y comenzó a hacer las maletas. Como dije en el inicio del relato, yo mismo le ayudé a hacerlas, y, cómo era habitual en ella, en una colocó toda la ropa blanca, y en la otra colocó la ropa de color. Me dijo que ya volvería otro día a llevarse los zapatos, su colección de vasos de yogur y al gato. Cerró y abrió la maleta once veces, como hacía siempre, me dio los seis besos de rigor en la mejilla, primero cuatro en la izquierda y luego dos en la derecha, el último dando un pequeño saltito, y salió a la calle.

Cuando no llevaba ni un minuto celebrando mi soledad, y confirmando que, efectivamente, mis invocaciones a la suerte habían vuelto a surtir efecto, sonó el telefonillo del portal. Lo descolgué y era ella, que no acababa de irse nunca y que me recordaba de nuevo que limpiase la arena del cajón del gato y que no le pusiera mucho arroz en su dieta que ya sabia que le sentaba fatal. Le dije si, cariño, descuida, cariño y yo también te quiero mucho, cariño, pero he de reconocer que estuve tentado de ser un poco malo y de decirle que nunca en casa habíamos tenido gato.

Alguna de las muchas ventajas que tiene usar el transporte público es que oyes de forma involuntaria conversaciones o, como en este caso, frases, tan inclasificables como esta que he oído hoy.
EXPEDIENTE: 001-A
HORA: 06.45 A.M.
LOCALIZACION: Algún punto indeterminado de la A-6
INDIVIDUO: Mujer, 37 años (asi al menos lo proclama a voces en el autobús)
OBS: Léase con marcado acento macarra y/o madrileño
INFORME: “Yo a Vitoria he ido mucho. Total, esta aquí, al lado de Guadarrama. Hay mucha marcha en Vitoria. Yo estuve en una discoteca donde había mucho pastilleo. Tenían hasta una sala para que la gente se metiese rayas y te dejaban y todo. Cualquier cosa para que no te hagas terrorista.”

Un mal da