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“Sangre en la hierba”
“El orden geométrico”
“Poemas caníbales”

Angola…Brasil….Burkina-Faso…China…Colombia…Somalia…Unión Europea…Estados Unidos…Como vive el mundo. El mundo en el que vivimos.

“Kndo rgrss no m nkontrars. No prgnts x mi. No m busks. Olvidat d mi komo yo t e olvidado ya.” Llevaba dos días enteros perdido y perdiéndome por los peores rincones de esta ciudad intentando olvidar el último mensaje que Maria me había enviado al móvil. Lisboa es una ciudad demasiado decadente y melancólica para saber que la mujer que amas va a dejarte y que ni siquiera sabes el porqué, o quizás si lo sabes pero prefieres mentirte. Cuando ya la madrugada de esta segunda noche amenazaba con reventar los márgenes del día, entré en un bar del Bairro Alto, donde apenas quedaban los borrachos de guardia. Me senté en la mesa más apartada y oscura y pedí una botella de vino. Es curioso, pero el idioma de los borrachos es el mismo en todo los lugares; los mismos gritos y las mismas babas. En la pared de mi izquierda había un pequeño espejo con publicidad de Porto Sandeman al que le faltaba ya parte del azogue. Me miré en él y vi que llevaba la camisa manchada de barro, aunque no conseguía recordar porqué. En un hueco que encontré incrustado en medio de las risotadas de los borrachos, pude escuchar que en algún lugar del bar, una mujer estaba cantando fados. Desde mi mesa no podía ver el minúsculo escenario donde se encontraba. Yo no sabía nada de portugués, pero en aquel instante tuve la certeza absoluta de que ese fado hablaba de María y de mi. Cuando la canción acabó, la única recompensa que obtuvo la mujer fue una copa de cerveza que ella misma se sirvió desde dentro de la barra. Bebió un pequeño sorbo, volvió al escenario y apagó el amplificador de sonido, que era una forma como otra cualquiera de enviarnos a la búsqueda de otro bar donde poder seguir bebiendo. Miró a la mesa donde estaba el grupo y después me miró a mi, con esa mirada que solo pueden tener las personas que no sólo cantan fados, si no que ellas mismas son fado. Se acercó hasta mi mesa y se sentó frente a mi. El hecho de que yo hubiera sido el escogido para tener su compañía hacía que la madrugada, mi madrugada, fuera aun mas desoladora. - O senhor é turista? Do you speak english?
- No hablo inglés. Soy español. Vio mi botella ya casi extinguida y se levantó a por otra.

- Invita la casa – dijo en un correcto castellano, vestido con un fuerte acento portugués.

Debía de rondar los cuarenta años. Vestía unos pantalones y una camisa negra y un pañuelo rojo de seda al cuello. No era muy guapa, pero tenía unos preciosos ojos oscuros y demasiada tristeza almacenada en los labios. Durante un buen rato, ya casi solos, con la única y muda presencia del camarero que se dedicaba a apilar las sillas en un gesto que en esa noche, extraña noche, me parecía tan obsceno, la mujer no dejó de hablar ni un momento, primero en español, pero después, comenzó a mezclar las palabras y las frases en italiano, capisci, o en inglés, bottle, o en francés, amour, en un idioma nuevo, extraño e inquietante. Yo me limitaba a beber y a mirarla. Y cuando no la miraba, continuaba bebiendo. En ningún instante me pregunté si la mujer del fado quería solo conversación, compañía, sexo o todo. Esa noche y todas las noches del mundo, ya nada me importaba nada. Derrumbé la silla cuando me levanté, haciendo un estrépito sucio en el local vacío. Dejé unos billetes encima de la mesa y me dirigía ya a la calle cuando oí detrás de mi: Wait me. Me giré y vi como la mujer se apresuraba a colocarse el abrigo. Dijo algo en portugués al camarero, se agarró de mi brazo, me dedicó una amplia sonrisa que solo sirvió para explicitar aun más su tristeza y me dijo: vamos.

Me dejé pasear en silencio por las callejuelas del Bairro Alto que insinuaban el mar, yo con las manos en los bolsillos del pantalón, ella, agarrada de mi brazo. Ni siquiera la miré cuando la pregunte: ¿Cómo te llamas?, y ella me respondió: María. Continuamos caminando un rato más, aunque yo ahora solo sentía pena por ella, por que notaba que la navaja que llevaba en el bolsillo del pantalón y que apretaba con fuerza, hacia ya tiempo que estaba ardiendo en mi mano.

“El hombre de espuma”
“La noche más triste del mundo”
“La locura intercalada”

Mpb

“La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor los consuela de lo que son.”

Winston Churchill

-¿Qué te pasa?
-No lo sé, Ana
-Pero algo te tiene que pasar, no es normal que estes asi.
-No me pasa nada
-¿Tienes problemas con Álvaro? Últimamente parecéis un poco distanciados.
-No tengo ningún problema con Álvaro y además no estamos distanciados. El también me pregunta qué me pasa
-¿Y qué le dices?
-Qué le voy a decir, lo mismo que a ti, que no lo se.
-¿Y en el trabajo? ¿Te ocurre algo en el trabajo?
-En el trabajo todo va normal.
Mira Marta, algo te tiene que pasar, no es normal que estés así. Creo que soy tu mejor amiga, ¿no? y creo que te vendría bien contármelo, pero si no quieres …. es tu decisión.
-Que no es eso, joder, no es eso. No me pasa nada. No entendéis nada ninguno.

Ana mirará su reloj y verá que tiene que irse. Se le hará tarde, es cierto, pero también querrá irse por que se sentirá incomoda. Apurará su café.

-Marta, tengo que regresar al trabajo, no puedo quedarme mas tiempo. ¿Quieres que te acompañe hasta el metro?
-No, me quedare aquí un rato más.
-Prométeme que me llamarás esta noche.
-Si, luego te llamo.

Ana le dará un beso en la mejilla y saldrá del bar, aliviada, egoísta y preocupada al mismo tiempo.

Marta se quedará sola sentada a la mesa del café. Sacará las gafas de sol de su bolso, se las pondrá, girará la cabeza hacia la ventana y comenzará a llorar.

Una vez mas.

-Hola Marta, ¿que tal estas?

A J. le gustaba apostar, si, a todo: ruleta, cartas y vivía solo. Su excitante vida de jugador profesional se convertía en rutina, dentro, silencio, de su casa, soledad. Hasta que una tarde, feliz, alguien, que mas da quien, que mas da donde, le presentó a N. Reservada, callada, amor, tímida quizás, N. y J. se conocieron, fueron conociéndose, ¿amor?, poco a poco, sin urgencias. Pero según el tiempo, desilusión, pasaba, J. descubrió, tristeza, que N. no era como él. No. Ella odiaba el riesgo, odiaba apostar. Y acercándose a los contornos, temor, mas irracionales de la vida, N. decidió, no, no apostar ni siquiera al amor.

Cuando J. oyó, supo, sintió esto, J. , sonrisa, y pensó ella, si, tiene miedo y pensó, si, apuesto lo mas valioso, vida, que tengo, a que ella, N., ella también terminará apostando.

Y N., pero N. desapareció. J. preguntó, preguntó, que mas da a quién, que mas da dónde. Nunca más supo de ella hasta que una mañana, intenso dolor, frío, cielo congelado, pensando, como buen jugador, perdedor, que era, en la manera, ¿cruel?, en la que se arrancaría, ¿romántica?, la vida que había puesto en juego, recibió una triste, lacónica y azul carta de N. Y supo, ha conocido a D. y había decidido apostar. Si, N. que no conocía el placer del riesgo había, valor, apostado.

J. no quiso seguir leyendo. No le interesaba, cobarde, carta rota, saber si N. había ganado o perdido. Quizás ni ellos, ella y D. Lo supieran aun, N. y él.

J., mientras se servia, alcohol, una copa, y mientras apostaba, lluvia otra vez, que gota seria mas rápida, se alegraba por no tener que suicidarse para pagar esa arriesgada apuesta que hizo, si, N., consigo mismo.

Cuando vació la copa y venció la gota, limpia, de agua que J. no había elegido pensó, triste, triste, y qué hago yo ahora sin ti, N. con esta maldita vida que gané.

La sonrisa de Begoña

Ayer informó Scotland Yard de que el electricista brasileño Jean Charles de Menezes había fallecido por segunda vez en el metro de Londres.

“La mujer de los mil nombres”
“La última noche de Urogallo López”
“La sombra de la verdad”

El sol aún holgazaneaba detrás de las montañas y lanzaba un débil bostezo de luz que los edificios de la ciudad se encargaban de difuminar aun más. Por eso todavía estaban encendidas las farolas junto al mercado central y ya algunos vendedores habían comenzado a colocar las cajas con las frutas y las verduras que intentarían vender esa jornada. Todos los días, cuando llegaba a mi oficina el mercado comenzaba a despertar en un burbujeo de gritos, movimientos y olores, pero no era hasta media mañana cuando estallaba en su apogeo. Yo solía aprovechar mi media hora de desayuno en el trabajo para darme una vuelta por el barrio y, alguna vez lo había hecho, pasar al mercado a comprarme una pieza de fruta. Coincidiendo con la entrada de la primavera, algunos vendedores tenían por costumbre sacar fuera del mercado sus productos y colocarlos en cajas de madera sobre el suelo junto a una romana de esas que ya casi solo se veían en las ferias de antigüedades y que no solo no estaba jubilada si no que aun prestaba un mas que sospechoso uso. Y en uno de esos puestos se colocaba el protagonista de esta historia. Nada le hacia diferente de los demás vendedores: pregonaba su mercancía con los mismos gritos estridentes pero hipnóticos con que lo hacían los otros: perasperasperasperasperasperas llevo las perasperasperas, … qué manzanas tengo, oiga señora, que manzanas, que ni las del paraíso, …tenía las mismas manos enormes que a mi, de pequeño, me fascinaba ver como cogían con fuerza pero con extrema delicadeza a la vez la fruta, tenia su torre de cucuruchos de papel, (en eso era un clásico), dispuesta para un derrumbe que nunca se producía y pronta para colocar la venta hecha….todo como los demás.
Aunque.
Siempre hay un aunque en estas historias. Él leía. Si, ya se, ya se lo que están pensando, pero no, en este caso cuando digo leía lo digo en el sentido más alto y noble de la palabra. El leía exclusivamente libros, y exclusivamente libros de filosofía, de ética, de metafísica. Aprovechaba el saliente que hacia en la parte baja una de las farolas y lo usaba a modo de moderno escabel electrificado para en los momentos en los que apenas había afluencia de clientes y que hacia incluso inútil el griterío y la publicidad del género, sentarse, de forma algo inverosímil, cierto es, y leer. La primera vez que me di cuenta de esto, estaba leyendo “Fundamentación de la metafísica de la costumbre” de Kant. No es lectura fácil, no. O supongo que no debe serlo, por que yo, por supuesto, nunca me había leído ese libro. Ni ese libro ni ningún otro parecido. La segunda vez que le vi leyendo otro libro de filosofía, me di cuenta de que yo había caído presa de una de las cosas que mas odiaba en esta vida, los prejuicios, o, como leí una vez en un eufemismo brillante, casi todos lo son, había cometido un “error conceptual”. Me sorprendía que un frutero, un vendedor semiambulante estuviese leyendo filosofía, y esa sorpresa era vergonzante para mi. Desde aquella vez, y no se si a modo de acto de contrición, ahora casi todas los días me pas(e)aba por el mercado, preferentemente a la hora de la comida que es cuando se encontraba en sus horas mas ligeras. Le vi leyendo a empiristas como Hume, racionalistas como Spinoza, idealistas como Hegel, positivistas como Comte, a Wittgenstein, a Nietzche (me pareció verle sonreír un par de veces mientras leía “La geneología de la moral”), y hasta alguna vez le vi leyendo a Xabier Zubiri, que recuerdo que era el filosofo por el que el profesor de filosofía de mi instituto sentía una fascinación casi enfermiza.

Una de las veces que me encontraba deambulando por entre los puestecitos de la calle, mirando las naranjas de aquí, las zanahorias de allá, solo con la intención de acercarme un poco a él y ver que libro estaba leyendo, me sorprendió su grito que yo sabia era dirigido exclusivamente a mi:

-Oigaperoquesandiasllevohoyperoquesandiafresquitaquetengojoven.

Le miré y aun tuve tiempo de ver como dejaba en el suelo “La trascendencia del ego” de Sartre. Reconozco que no supe como reaccionar, y como él no dejaba de mirarme muy fijamente, sonriéndome con sus dientes de color indefinido, de forma algo aturullada le indique, un poco por signos, un poco con medias palabras que si, que me llevaría una sandia de esas tan fresquitas. Dicho y hecho. En una fracción de segundo él había elegido la sandía mas grande de todo el mercado y, creo yo humildemente, de todo el mundo, la había dado dos secos golpes en los laterales, la había pesado en la romana haciendo increíbles malabarismos que no aplaudí por puro rubor y mientras me decía si quería algo mas, que los plátanos están buenísimos, joven, me preguntaba si había traído bolsa. Intentando salir de mi aturdimiento conseguí con cierto esfuerzo pero con una voluntad muy varonil de la que me sentí levemente orgulloso, juntar las letras N y O y decirle no, para después añadir: no tengo bolsa, aunque creo que antes de habérselo dicho ya la sandia navegaba dentro de una de color morado que ponía Modas Loli Tallas Grandes. Me dijo cuanto le debía, le pagué, y fue ese hermoso acto mercantilista (¡ah, sociedad de consumo, cuanto te quiero!) el que me sacó totalmente de mi aturdimiento y pensé que daría por bien empleada esa absurda compra (no se lo digan a nadie pero no soporto el sabor de la sandía, esa fruta con aspecto de verbo condicional) si conseguía saciar mi curiosidad y preguntarle de donde provenía esa afición, ese amor por la filosofía:

-Mire usté – me dijo con un marcado acento de no diré donde para ser políticamente correcto, aunque solo sea al final de este cuento – yo, leer, leer, lo que se dice leer, pos casi como que no se, lo jujtito para que no me se líen los pedios y to eso, y no me engañen los provedores que son casi tos unos cabrones, pero un cliente me dijo un día en que si yo hacia como que leía, asin, como si fuera un intelestuar, y mas si era filosofía de esa, seguro que siempre vendría algún gilipollas a comprarme argo y asin, pos vendería musho mas to los días. Y que conste que le cuento ejto a usté por que le conozco de vista y se que no es uno de esos.

Ya no vi que me guiñaba un ojo por que me encaminaba de vuelta a la oficina con todo el oprobio, la vergüenza y la humillación a cuestas, y con la gigantesca sandía en la bolsa de Modas Loli, sandía a la que, nunca se lo confesé a nadie, la ultima vez que me atreví a mirarla, le había nacido una cadena con eslabones de hierro rematada en un grillete para mi tobillo que llevaba mi nombre grabado a fuego: gilipollas.

Pregunta

Este calor asesino me despierta a las cuatro de la mañana y hasta puedo oír perfectamente el clic en mi cabeza que me indica que ya no volveré a dormirme en lo que queda de madrugada. Me doy una ducha helada, apenas me seco con la toalla, me visto con un pantalón corto de deporte y salgo al balcón a fumarme un cigarrillo y a esperar la llegada de la alborada. Todos las casas están con las luces apagadas, excepto un piso que queda a la izquierda de mi balcón, algo lejano, que tiene la luz encendida, y me pregunto si acaso no habrá en un balcón de aquella casa otro tipo como yo pensando que allá, a la derecha, algo lejano, también hay una luz encendida. Por la noche se piensan cosas muy raras, pero con la segunda calada yo ya estoy pensando en Marta y en los niños. Nunca entenderé por que a tantos hombres esta situación de “Rodríguez” durante el verano les parece tan morbosa. A mi desde luego me desagrada. No me gusta separarme de Marta. Me gusta alargar el brazo en la cama y sentir su sudor cálido. Me gusta levantarme cinco minutos antes que ella cuando salimos para el trabajo y que ella ya se encuentre el café preparado con sus cuatro galletas que invariablemente, siempre cuatro, toma cada mañana. Me gustan demasiadas cosas de mi vida con ella y con los crios como para entender esa perturbación estúpida que para algunos hombres significa quedarse solos unos días en verano. Aunque no me queda más remedio que reír las bromas insoportables de mis compañeros del bufete, los pobres no saben que, mas que darme envidia, lo que me dan es pena, repugnante pena. Dentro de unas cuantas horas, mientras yo atienda rutinarios casos de divorcio en el despacho, Marta y los niños estarán ya en la playa, tal vez bañándose, no muy lejos de la orilla por la niña, o tal vez estén construyendo “ulbanizaciones” como me dice el peque, con el cubo y la pala de plástico, o tal vez decidan quedarse en la piscina del hotel, o tal vez quizás tal vez. Cuento los días que faltan para poder reunirme con ellos y estar de nuevo todos juntos.

Apuro mi segundo cigarrillo, miro la brasa antes de robarle su ultima calada y arrojo lejos la colilla, haciendo palanca con los dedos gordo y corazón. Me froto rápido las manos y me recoloco el batín que llevo sobre el pijama. Entro en el dormitorio, cierro el balcón y me meto de nuevo en la cama. Miro el reloj digital de la mesilla, para dar la salida a este nuevo intento de dormir. Son las 05:34. Y mientras me arrebujo entre las sabanas y las mantas, decido que mañana hará también demasiado frío como para salir a buscar trabajo y también como para salir a buscar a Marta. Pienso que si no aparece ninguna Marta, también me gustan los nombres de Marina o de Elena, aunque eso si, lo que tengo mas claro es que los hijos serán dos, niño y niña, se ponga Marta como se ponga, eso es innegociable, aunque ya decidiré con ella más adelante que nombre les ponemos.

Érase una vez que se era una gasolinera, pero no era una gasolinera normal. Era una gasolinera mágica por que la bruja Filomena, que era fea y buena, se había levantado un sábado por la mañana de buen humor y con su varita láser la había hecho un encantamiento. Ahora, por los tres surtidores de gasolina salía coca-cola, granizado de limón y leche fría. Dentro, en la tienda, el lubricante era de regaliz, los periódicos y las revistas eran milhojas de nata y crema y el resto, todo, todo, todo, era de gominola con sabor a fresa y a chocolate.

La gasolinera que había hechizado la bruja Filomena era muy sabrosa y muy dulce pero había un problema. Era invisible. La bruja Filomena, además de ser fea y buena, también era un poco distraída, y cuando hizo el encantamiento en vez de decir Maliguasca Maliguasquita, dijo Maliguasca Maliguascón y seguro que todos sabéis que diciendo Maliguasca Maliguascón las cosas se vuelven invisibles.

Así que por algún lugar existía una gasolinera llena de golosinas pero nadie sabía donde estaba ni podía verla. Podíamos preguntarle a la bruja Filomena si sabía un encantamiento para hacer visible lo invisible pero ya sabéis que esta bruja era muy despistada y se había ido de vacaciones a la playa en su turboescoba habiéndose olvidado el teléfono móvil dentro del puchero donde hacía las pociones mágicas, por lo que no se la podía encontrar.

Pero lo que nadie sabía es que había otra persona que sabía el encantamiento para hacer aparecer la gasolinera. Y esa persona era….yo. Si, yo sabía ese encantamiento por que un día paseando por el bosque me encontré con un viejecito que había sido novio de la bruja Filomena hacía ya muchos, muchos años y, sin que ella se enterase, había ido leyendo los libros que tenía en su casa y había aprendido mucha magia. Por ejemplo sabía hacer que las gallinas ladrasen como los perros, guau guau, aunque a veces se equivocaba y hacía que los cerdos maullasen como los gatitos, miau miau, lo cual era muy divertido y el se reía mucho, aunque los cerditos le miraban como si estuviera loco, pero nadie que se ríe puede estar loco.

Ese viejecito, como era ya muy muy viejecito me contó una tarde cuales eran las palabras mágicas que yo tenía que decir para hacer visible lo invisible aunque, como no le había dado tiempo a leerse todos los libros de su novia la bruja Filomena, solo sabía convertir lo invisible en visible durante un minuto. El viejecito me contó ese secreto, pero me dijo que yo solo debía usarlo cuando encontrase a un niño que fuera muy especial.

-¿Cómo sabré que es especial, abuelo? le pregunté
-No te preocupes: cuando esté ante ti lo reconocerás

Después de decirme eso, desapareció por un caminito del bosque y ya no volví a verlo nunca más, así que solo yo en el mundo sabia la magia para hacer aparecer de nuevo la gasolinera de gominola.

Durante mucho tiempo me fui encontrando con muchos niños. Casi todos eran niños buenos y obedientes, pero ninguno era especial, hasta que una mañana de agosto, cuando salía de casa, vi a un niño parado enfrente de una pastelería y mirando con deseo los dulces que había detrás del escaparate. Cuando se dio cuenta de mi presencia, me miró y se sonrió.

-¿Cómo te llamas?
-Denís - me respondió

En ese instante supe que había encontrado a ese niño especial del que me había hablado el viejecito. Denís tendría unos cinco años, no era muy alto y era delgadito. Tenía el pelo rubio, rematado por un gracioso remolino que le daba cierto aire de pillo y unos enormes ojazos oscuros que me miraban con curiosidad y ternura.

-¿Te gusta el regaliz?
Si, mucho
-¿Y las gominolas?
Mmmmmm…las gominolas me gustan aun mas.

Le ofrecí mi mano y el se cogió de ella confiado, sin miedo. Juntos paseamos hasta el bosque y allí pronuncié las palabras mágicas que hicieron aparecer de nuevo la gasolinera de gominola: !pumapumí pumipumá, haz que aparezca la gasolinera ya!

Y antes los ojos enormes e incrédulos de Denís apareció, brillante como nunca, la gasolinera. Le dije que durante un minuto podía beber y comer de ella todo lo que quisiera, pero Denís se limitó a beber un poquito de coca-cola, comerse un bote de regaliz, darles dos mordiscos a una esquina de gasolinera, esa donde la gominola era de fresa y guardarse dos trocitos más en los bolsillos de su pantalón corto.

-Denís, aun puedes comer durante un rato mas todo lo que quieras- le dije, un tanto extrañado de que no quisiera continuar.

-Si, lo se. Pero quiero que quede gominota y cocacola para que puedan comerla también otros niños.

Senté a Denís en mis rodillas, le di un beso en la frente y le conté todo lo que me había contado el viejecito del bosque hace ya tanto tiempo con la seguridad de que era a él a quien tenía que confiarle el secreto. Después le acompañé al pueblo, le dejé en la puerta de su casa y me volví hacia el bosque, de donde ya no regresaría nunca mas.

Ahora, Denís, tu eres el único que sabes el secreto para hacer visible lo invisible. Únicamente cuando conozcas a una persona especial para ti, se lo podrás contar. Y si alguna vez se te olvidan las palabras mágicas, no importa: solo tienes que cerrar los ojos, pensar en lo que quieres que aparezca y dejar que entre en tu imaginación. Así siempre tendrás todo lo que desees.

Y así acaba este cuento de la gasolinera de gominola, de la bruja Filomena, del viejecito del bosque y de Denís, el niño más especial del mundo.

Quiero aprovechar estas líneas para confesarme:
Pido perdón por no tener entradas para ningún concierto de U2 en España.
Pido perdón por no haberme preocupado por intentar conseguirla.
Pido perdón por no tener ningún disco suyo, ni siquiera del top manta.
Pido perdón por no interesarme nada por la música que hacen y mucho menos por las noticias que le conciernen.

Y una vez confesado mi humilde perdón, quedo aquí ciberexpuesto para escarnio, flagelo y mortificación publica y para la más sincera expiación de mis pecados.

Hace un par de días, mi amigo José Ángel me dijo que mi bitácora, era, efectivamente, absurda.

No pude por menos que agradecerle el piropo.

Al verano deberían llevárselo preso, por delincuente.

“El Racista Daltónico”
“La autobiografía del último pez inmortal”
“El invierno ausente”

Tormenta no Pelourinho

Pelourinho, Salvador de Bahia - Brasil 1.990

Antiguamente, con la mano de obra esclava, los “pelourinhos” eran columnas fijadas al suelo en areas publicas para castigar a los criminales y delincuentes. Siendo Salvador de Bahia la primera capital de la America portuguesa, la ciudad tenia una gran cantidad de mano de obra esclava y tuvo varios “pelourinhos”. Instalados en lugares como el Terreiro de Jesus o las plazas Tomas de Souza y Castro Alves, el “pelourinho” acabo dando nombre al conjunto historico y arquitectonico que forma parte del centro historico de la ciudad. La construccion de iglesias, y de “solares” y “sobrados”, diferentes tipos de viviendas en el siglo XVIII reflejaban la estratificacion social de la ciudad. En el siglo XIX, el Pelourinho pasó por un gran periodo de abandono y destruccion. Finalmente declarado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el Pelourinho resurgió con toda su belleza arquitectonica. Cerca de ochocientas casonas coloniales fueron recuperadas. Hoy lo que se ve es el nuevo y multicolor Pelourinho, donde la efervescencia cultural es la tonica habitual en sus calles.

Texto traducido de BRASIL VIAGEM

Me gusta caminar bajo la lluvia pero solo si es martes. Me gusta inventarme palabras como sineresa o aralina .Me gustan los camaleones. De pequeño tuve uno que se llamaba “Perro” pero lo maté asfixiándolo dentro de una bolsa de plástico roja, me gusta el color rojo, por que cuando le miraba se reía de mi, pero aun así, me gustaba, era bonito, verde y escamoso. Si hubiera sido rojo le hubiera perdonado. Creo que por alguna caja en casa debe estar aun su cadáver. Me gusta ver películas porno por que me parecen tiernas y me hacen llorar, y me gusta mirarme en el espejo cuando lloro. Me gusta imaginar que soy Mentira y que solo existo en los cuentos. Me gusta recortar fotos del periódico y perderlas por entre los libros para reencontrarlas años después. Me gusta la gente que abandona sus vicios, fumar, beber, follar, vivir, por que esos vicios quedan libres para que los pueda ocupar otra persona. Me gusta cuando ella me dice que estoy loco, loco, siempre me lo dice dos veces, y después me besa en la boca y me desnuda. Me gusta mucho el sonido que hacen mis nudillos cuando los hago crujir. Me gusta mucho escribir, con lápiz, que esté muy afilado, pero me gusta mucho mas aún destruir lo que he escrito. Me, gusta colocar, comas y. Puntos y dos puntos: donde quiero: y que, nadie. Pueda decirme; nada por. Ello. Me gusta ausentarme cuando duermo y violar los sueños de los otros. Pero lo que mas me gusta es mearme en los pantalones del pijama y así joderles una vez más.

Esta tarde he visto una pintada que decía: “comete tus errores”

Durante un buen rato he estado pensado si quien la ha escrito quería decir “cómete” o “comete”, de los verbos comer y cometer respectivamente. Sea como sea, es una estupenda recomendación.

viva brasil

Gracias a Henry Garcia, de “Pescado Rabioso”. Un saludo a Argentina.
Podeis ver esta tira y más en su blog: pescado rabioso

“Los perros autistas”
“La noche hecha jirones”
“El Abetquo”

Con la de anoche eran ya 19 años, 8 meses y 25 días los que llevaba sin dormir. Y los mismos años, los mismos meses y los mismos días fingiendo y haciéndole creer a su mujer que dormía. Nadie sabía que él era insomne. En su momento seguro que tuvo una buena razón para engañar a todos y mentirles sin decirles que no podía dormir, pero si esa razón alguna vez existió, ahora ya no la recordaba y no le preocupaba no recordarla. Se encontraba relativamente cómodo así y pensó que no merecía la pena a estas alturas decir la verdad. Lo que si recuerda con una claridad asombrosa, qué cosas tiene la memoria, es del día en el que, llegada la noche, no consiguió dormir nada por primera vez. Habían estado cenando en casa de sus suegros, que en paz descansen los pobres, y su suegra, doña Jesusa, había preparado una fuente descomunal de manitas de cerdo caramelizadas, haciendo mención expresa de que las había hecho por él, Antoñito, hijo, que yo se que te encantan y yo a mi yerno, lo que él quiera, faltaría mas. El no recordaba haberle dicho nunca a doña Jesusa que le gustase ese plato. Es mas, él odiaba el cerdo y, esa fuente, con esas manitas que parecían decirle burlonamente hola le produjo una gran impresión, aunque impresión nada comparable a los retortijones que durante toda esa noche le causaron el estreno del que luego seria su fiel compañero durante tanto tiempo: el insomnio.

Al día siguiente, y para no disgustar a su mujer, no le dijo nada sobre la noche “horribilis” que había pasado por culpa de esas manitas, - hay que ver como cocina mi madre y lo que te quiere, que no te mereces una suegra así. El día transcurrió apacible, los dolores habían desaparecido por completo y aguardaba con ansia y una pizca de emoción, la llegada de la noche para meterse en la cama y recuperar lo que no había dormido el día anterior. Cuando acabo de leer “Acusación Falsa”, la última novela de Lafuente Estefanía que había conseguido en el kiosko del señor Gordillo, guardó meticulosamente las gafas en su funda de piel sintética, las metió en el cajón de la mesilla, dijo a su mujer “buenas noches”, más como cotidiana superstición que como despedida, apagó la luz y cerró los ojos. Pero algo fallaba, algo no era como siempre. Él, que dejando al margen el incidente de las manitas de cerdo, se dormía plácida y rápidamente, esa noche tampoco pudo dormirse y la paso como pudo, con curiosidad y extrañeza pero con un punto de intranquilidad algo desasosegante.

Con la llegada del alba, todos los insomnes lo saben, las cosas se ven diferentes, y hasta me atrevería a decir mas: las cosas se ven. Cuando ese segundo día se zambulló en su habitual rutina diaria, casi ni tuvo tiempo para darse cuenta de que ya eran dos las noches que no había podido dormir, pero incluso, cuando en un momento de descanso pensó en ello, se rió para sus adentros de sus temores nocturnos y se dijo que eso le debía pasar a muchísima gente y nadie le daba mas importancia, así que él tampoco iba a dársela.

Claro que con lo que Antonio no contaba era con que habría una tercera noche….y una cuarta….y una quinta…y una sexta….y una primera visita al médico….y una séptima….y otra visita al médico … y una décimo primera …. y unos análisis….y una décimo cuarta…y unas pruebas…y una vigésimo primera….y los resultados de los análisis son todos satisfactorios, don Antonio, eso se arregla tomando valeriana.

Tengo un amigo que tiene un vecino que tiene un cuñado que conoce a uno de su empresa que tiene un hermano que dice que tiene insomnio.. Y los que somos….perdón, los que son insomnes profesionales saben que esa primera etapa es la peor de todas. Antonio tomó valeriana, tacitas, vasos, litros de valeriana, de flor de la pasión, de mentastro, de nebeda. Antonio contó ovejitas por unidades, decenas, centenas y millares. Contó gatos, perros, callejeros y de raza, ardillas, renos, delanteros centro, gallinas, grillos, dinosaurios, ñus, piquituertos, delegados de gobierno, saltamontes, cuñadas, tejones y hasta walabis, que no sabia que coño de animal era ese. Nada dio resultado.

La primera fase no es solo la peor de todas por el mero hecho físico de no conseguir dormir, si no por que uno no sabe cómo lidiar con esas horas larguísimas con vocación de eternas que parecen elevarse al cubo, no sabe qué hacer con todos esos miedos que durante el día casi ni conocemos, pero que en la profunda noche se transforman en la versión para insomnes de las más atroces pesadillas que no podemos tener. Además, en algún momento nos damos cuenta de que podremos tener deseos, anhelos, aspiraciones, proyectos, pero que nunca, nunca mas, podremos soñar.

A Antonio le costó muchos meses superar esta primera fase. Seguía contando toda clase de animales, y hasta ya se estaba animando a hacer pequeños juegos con números y con letras, albardilla, como buscar palabras que comenzasen por “a”, acabasen por “a” y tuviesen diez letras, arrebolada, aunque estos juegos no los hacia ya con la ilusión de dormirse, antigualla, si no como una forma tranquila de dejar navegar la noche. Aritmética.

Antonio ya nunca abandonó esa manía de jugar con las letras, ni siquiera cuando no estaba en la cama, pero poco a poco fue alejándose de esa primera y dolorosa fase para adentrarse en una segunda en la que comenzaba a aceptar que, tal vez, nunca mas, volviese a dormir en su vida. Este hecho le llevaba a hacerse reflexiones sobre la vida pero, especialmente, sobre la muerte, reflexiones demasiado serias y profundas como para contarlas en este relato, de pretensiones tan ligeras. Durante una temporada se acostumbró a escuchar esos programas nocturnos de radio, que el llamaba con mas ternura que otra cosa “programas de suicidas” y que se mecían entre el subrealismo más absurdo y el hiperrealismo más apabullante. También descubrió que la noche era un reino en el que podían aprenderse muchas cosas. Se hizo un gran melómano y se atrevía a componer bellas sinfonías con el goteo incesante del grifo, el intermitente motor de la nevera y el tictac de su despertador, que a pesar de su inútil cometido, había seguido despertándole cada mañana a las siete. También se había hecho un experto en lo que el llamaba “respirología”. Podía diagnosticar, sin ningún margen de error, de que humor se levantaría su mujer solo por el ritmo y por el leve sonido de su respiración cuando dormía, lo cual le servia para disfrutar mas de los días de buen humor de su mujer, y protegerse en esos días llenos de furia y de disputas conyugales, que, desgraciadamente, eran los mas.

La tercera fase…En realidad la tercera fase la descubrió una noche cualquiera. No había pasado del segundo tiroteo en “La Leyenda de Old Peacock” cuando se quedó dormido. Si. Se durmió. No me lo exijan: no puedo dar más explicaciones por que no existen explicaciones que dar. La novela le resbaló de las manos al pecho y después, cuando se acomodo en la cama para mejor dormir, cayó al suelo. Esa noche no buscó palabras de diez letras que comenzaran por a y acabaran en a, autárquica, no compuso más sinfonías, no oyó la respiración de su mujer. Solo durmió. Y soñó. Siempre se ha dicho que soñar en blanco y negro es de personas pesimistas y que soñar en color es de optimistas. El soñó en tonos azules. Soñó que era pequeño y que estaba sentado junto con su padre en la estación, contando ambos los vagones de mercancías cargados de carbón azul que aquel tren llevaba. Nunca coincidían en el número, pero su padre, que en el sueño era un señor con mucho poder y que tenia magia en las manos, hacia que el tren retrocediese de nuevo para recomenzar a contar los vagones, y para que, una vez más, no les coincidiese nunca el numero. Él se reía mucho mientras veía como su padre se disponía a hacer retroceder el tren una y otra vez, una y otra vez….Durmió placidamente y de un tirón, pero se despertó sobresaltado, como si hubiese sido visto incurriendo en alguna falta. Las gafas aun se le sostenían en milagroso equilibrio sobre el puente de la nariz, aunque algo torcidas. Desconcertado, miró el reloj: las doce menos veinte de la mañana. Haciendo un esfuerzo que en ese instante le pareció sobrehumano logró recordar que era domingo. Lo que no conseguía recordar era si él, de forma intuitiva había apagado el despertador o si había sido su mujer la que lo había hecho. Se giró hacia su izquierda y vio que ella ya no estaba en la cama, lo cual, siendo la hora que ya era, no le sorprendió. Lo que si le extrañó fue escuchar un desconcertante silencio cuando lo habitual era oír cacharrear a su mujer en la cocina, preparando ya el tradicional potaje de los domingos. Se sentó en la cama y al buscar con los pies las zapatillas de paño, éstos se chocaron con la novela del oeste que había intentado leer anoche. Ver el librito así, en el suelo, abierto por cualquier pagina, le causó una enorme tristeza que no sabía explicar. Lo recogió y lo puso sobre la mesilla. Se quitó las gafas. Se levantó y se puso el batín.

Cuando llegó a la cocina, y confirmada ya totalmente la ausencia de su mujer, se encontró sobre la mesa un café con leche ya frío, dos magdalenas en un pequeño plato, el ABC con su suplemento y una hoja de cuaderno, de esas antiguas que tenían dos rayas, arrancada violentamente y donde estaba escrito:

“Antonio te dejo lla no te soporto mas tus manias nia ti niha tus ronquidos i en la holla tienes el potage.”

Esta bien, lo contaré todo: Lloró, lloró mucho. Lloró muchísimo, lloró incluso mientras se comía las magdalenas, sabrosa metáfora a la cual un escritor sagaz le hubiera sabido sacar un gran partido. Es verdad que mientras se comía el potaje, alternaba el gimoteo con la lectura de la columna de Anson. Y cierto es también que a la noche, mientras veía los resúmenes de los partidos, ya no lloraba y hasta se tomó una copita de jerez que le sentó pero que muy bien.

Esa noche durmió a pierna suelta. Y la siguiente noche, también. Y la otra. Y la otra. Anita, su mujer, jamás regresó y él nunca hizo nada por saber que fue de ella. Desde aquel día jamás volvió a tener insomnio, e incluso una noche, en lo que él consideró su gran prueba de fuego, se deleitó con unas espléndidas manitas de cerdo caramelizada que aprendió a hacer y que desde entonces sustituyeron al dominical y sobrio potaje ya para siempre jamás amen.