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Guadarrama
Llevaba ya varias semanas fijándome en él. Hará ya tiempo que habrá olvidado como fue su ochenta cumpleaños, pensé, pero allí estaba, como todos los días, el primero de la fila, como si fuera su más fiel y orgulloso guardián y ésta fuera su tesoro más preciado. Yo me preguntaba qué razones llevarían a ese viejecillo de más de ochenta años a coger el autobús de las seis y veinte de la mañana que le llevaría hasta Madrid. Podía ser que alguna de esas mañanas hubiese tenido que ir hasta la capital para acudir al médico, o algún otro motivo. Pero no, no podía ser: él repetía ese viaje, invariablemente y a esa misma hora todos los días desde hacia semanas, tal vez meses. A pesar de su edad y de un físico hostigado por los años y por la vida, vestía siempre elegantemente, con una chaqueta y un pantalón azul marino, una camisa blanca, corbata en tonos rojos en las que llevaba un alfiler que yo me moría de ganas por saber qué emblema lucía y una boina ladeada que le daba cierto aspecto de ex-combatiente de alguna antigua y absurda guerra. La única incongruencia en su vestuario eran unas zapatillas deportivas verdes, de marca, algo desgastadas, y que le daban un aire conmovedor que oscilaba entre la ternura y la compasión, siempre tan cercanos.Debo reconocer que durante algún tiempo la figura de ese viejecillo me llegó a obsesionar. Cuando el autobús llegaba a Madrid, aparte de que nuestras velocidades se desajustaban, nuestros caminos se separaban. Yo salía del intercambiador para coger otro autobús que me llevase hasta mi trabajo y el encaminaba sus pasos hacia el metro, con lo cual, imaginaba yo, esa no era más que una pausa hacia su destino final.El primer día de mis vacaciones decidí que nada mejor que recrearme en mi obsesión, por lo que allí estaba yo también, junto al viejecillo, esperando el autobús de las seis y veinte, en vez de estar en casa durmiendo hasta que el calor de ese horrible verano me levantase a patadas de la cama.
En los cincuenta minutos que duró el trayecto, muchas veces pensé qué diablos estaba haciendo allí, siguiendo a un pobre viejecito y observándole furtivamente. Él, como primer habitante de la fila y por tanto, dueño y señor de los asientos del autobús, ocupaba siempre el primer asiento de la derecha, junto a la ventana. Yo me senté varias filas por detrás de él, en el lado del conductor. Esta situación geográfica dentro del autobús me daba la capacidad estratégica de poder observarle cómodamente y sin miedo a ser descubierto, aunque poco había que observar. Durante todo el tiempo que duró el viaje se mantuvo atento a la carretera, mirando siempre al frente, y con las manos sobre las rodillas. De vez en cuando desviaba su mirada al salpicadero del autobús y parecía quedarse hipnotizado por la multitud de luces que en él brillaban, pero esto no venía a durar más que unos pocos segundos. En seguida retornaba a su posición asombrosamente hierática. Cuando llegamos a Madrid, yo, llevado por la rutina y por las asquerosas prisas de costumbre, me bajé rápido del autobús, sin darme cuenta de que el abuelo esperaba a que todo el mundo bajase para, con cierto y lógico esfuerzo, poder salir él el último.
Me sentí como el idiota que soy, disimulando, haciendo tiempo rebuscando algo en mis bolsillos para que el viejo consiguiera bajar y, además, adelantarme. Dejé que caminase unos cuantos pasos por delante sabiendo que iba a ser difícil para mi acomodarme a su ritmo. Se paró delante del torno de acceso al metro y tardó una eternidad en sacar la cartera del bolsillo interior de su chaqueta, quitarle la goma elástica que la estrangulaba, buscar el bono de diez viajes e introducirlo en la ranura del torno. Durante el tiempo que se demoró en esa operación yo no hacía más que dar vueltas como un tonto, que más que el papel de espía ridículo que me había atribuido, parecía un carterista, eso si, igual de ridículo que el espía.
Obviaré relatar el tiempo que tardó en cruzar el vestíbulo, las maniobras que tuvo que hacer para evitar ser derribado por esa riada de personas que parecían surgir de cualquier lado y el desafío que supuso colocar el primer pie, no digamos el segundo, para bajar las escaleras mecánicas, una odisea en si misma.
Cuando por fin llegamos al andén, vi que aun faltaban tres minutos para que llegase el próximo metro. Pensé que por fin el destino nos regalaría, al viejito y a mi, tres minutos de tregua antes de enfrentarnos a esa aventura de meternos en el vagón. Estaba algo desconcertado, o quizás debería decir avergonzado, debo reconocerlo, pensando en hasta dónde iba a llegar yo con esta estupidez. ¿Le iba a seguir en el metro? ¿Y si luego cogía otra línea? ¿También le seguiría? ¿En otro autobús? ¿Caminando por la ciudad? Había decidido que mi absurda aventura de treintañero aburrido en vacaciones había llegado a su fin cuando vi que el viejecito, mi viejecito, empezó a caminar por el andén justo cuando a lo lejos se veía la luz aun polifémica del tren. Desdiciéndome de todo lo pensado antes, y demostrando el ser cabalmente contradictorio que siempre he sido, le seguí. Y ya casi al final del andén, donde menos gente había, vi como se puso justo al lado de una mujer, anciana también aunque algo más joven, y le cogió de la mano. No. No. Y se cogieron de la mano. Así estuvieron esos escasos segundos que tardó el metro en llegar. Así estuvieron. Sin mirarse, con la vista al frente los dos, solo agarrados de la mano. Cuando ya la gente que abandonaba el vagón había creado el espacio mínimo para que los que esperaban en el andén comenzasen a entrar, la señora se soltó de la mano, se giró, le besó en la mejilla y, desapareció, engullida por esa boca hambrienta que era la muchedumbre a esas horas.
El viejecito siguió con la mirada el vagón donde iba ella hasta que este se sumergió en las tinieblas del túnel. Después, dio media vuelta y comenzó a deshacer el camino hecho. De nuevo la escalera mecánica, un pie, otro pie, de nuevo los empujones de la gente, de nuevo el torno de salida del metro. Yo le seguía, absorto, perplejo, intentando traducir lo que había visto y al mismo tiempo expectante por el nuevo rumbo que tomaríamos ambos, el abuelo y yo.
No serían ni las siete y media pero la estación ya hacía tiempo que había despertado. El viejecito encaminó sus pasos hacia la sucia cafetería y casi de forma milagrosa, logró sentarse en una de esas butacas redondas negras que quedan ancladas al suelo y que tanta rabia da no poder desplazar ni siquiera un poquito. Yo, por mi parte, y gracias a un excelente juego de codos, conseguí colocarme a su lado y pedirme un café con leche. Y mientras daba el primer sorbo a mi abrasador café oí una voz reluciente y tersa que decía: Un tinto. Rioja. Por primera vez oía la voz del abuelo, y, debo reconocer que me sorprendió por que tenía un timbre dulce y suave que no hubiera imaginado. Me giré un poco hacía él, viendo como bebía un poco de la copa de vino, solo un trago, apenas mojando los labios, tal vez algo más. Pagó, se levantó y se dirigió de nuevo, lentamente, hacia el autobús que le llevaría de vuelta a casa. Y mientras yo le concedía algo de tiempo, tomándome mi segundo café con leche aguado, el viejecito se detuvo, se giró, y, mirándome, me guiñó un ojo.
….Y allí me quedé yo, parado como un tonto, rodeado de carajillos, churros y tostadas, viendo como se alejaba de mi la dignidad caminando con zapatillas verdes.
Miré el reloj y eran las 08:42. Salimos de la oficina en silencio y algo aturdidos por lo fácil que había sido todo en esa ocasión, y en la calle, Nara me abrazó fuerte y comenzó a llorar. Por fin tenía su tarjeta de residencia y ya no era mas una “ilegal”, repugnante palabra. No sabía como consolarla y además, no quería consolarla. Eran lágrimas de alegría, quien sabe si tal vez de rabia. La gente a nuestro alrededor, indiscreta y curiosa nos miraba. Le pregunté a Nara: ¿pero porqué lloras ahora?
Con ese pedazo de cartón plastificado con su foto y su huella digital todavía en la mano, me susurro entre sollozos al oído, no se si en español o en portugués: ahora podré ir a ver a mi familia.
Eso es emoción.
Gracias, Nara, por “ahogarme” en el Atlántico y por seguir haciéndolo un poquito cada día.
Te quiero.
“Las astillas del mar”
“La tragedia de un hombre ridículo”
“Sangre de luna”
…por que yo prefiero hablar que escribir, por que escribir no me gusta, y casi no se, la verdad, pero hablar, hablar me gusta mucho. Cuando bajaba a la panadería pues igual solo le compraba una barra a la señora Carmen, pero yo me pasaba allí que se yo el tiempo hablando de nuestras cosas, usted ya sabe, pues chismorreos y eso, y luego pues también me paraba mucho a hablar con esa chiquita que no se si era ecuatoriana o de por ahí, por Sudamérica, que se encargaba de cuidar a la vecina del tercero, que a mi es que me encantaba hablar con esa chiquilla por que tenia una voz muy bonita y me contaba cosas de su país y no se, pues a mi aquello me emocionaba mucho, por que ya, pues últimamente, con mi marido el pobre, pues no hablaba mucho, y con mi hijo tampoco, que solo aparecía para pedirme dinero. Mi marido, mi Diego, el hombre, nunca fue muy hablador, ni cuando éramos novios ni nada, que yo creo que eso era lo que a mi mas me gustó cuando lo conocí, que le daba como un aire de misterio y esas cosas, pero ya, desde que empezó a pegarme pues aun me hablaba menos. Yo entiendo que el marido es el que tiene que llevar los pantalones en casa pues por que tiene que ser así y yo eso lo entiendo, y hasta que alguna vez me pegase, pues también lo entendía, pero no se, últimamente me pegaba por casi todo. Claro que a veces venía muy borracho y lo pagaba conmigo y yo, pues he aguantado muchas palizas pero es que le quería mucho. Mi Diego era un hombre muy bueno, de verdad, yo se que me quería mucho aunque a veces se le fuera la mano. Hace cuatro años hasta salimos de viaje y nos fuimos a Benidorm, que es una preciosidad, no se si usted habrá estado, y allí, en el hotel hasta me saco a bailar una noche pasodobles, que a mi siempre me ha encantado bailar, desde jovencita, y yo, esa noche, pues me puse un traje muy bonito negro que me lo compré para la boda de mi sobrina la Laura, y que no me lo había vuelto a poner, pero esa noche, que yo creo que hasta los extranjeros nos miraban por que bailábamos muy bien, de verdad se lo digo, y, bueno, pues eso, que daba gusto estar allí bailando, mi Diego y yo, como cuando bailábamos en las fiestas de San Roque, en el pueblo, hace ya treinta y tres años, por que estuvimos casados treinta y dos años, que a cualquiera que se le diga no se lo cree, por que, la verdad, ya pocos matrimonios resisten tanto, que a los dos años se están separando pero nosotros, no, nosotros éramos un matrimonio de los de toda la vida, de los de verdad. Pero no se que le pasaría a la vuelta de ese viaje que fue cuando empezó a beber, bueno, beber ya bebía antes, como todos los hombres, eso usted lo sabrá bien, pero, no se, ahora bebía mucho mas. Y un día me asuste mucho, por que me pego y no había bebido, y me llamó puta, con perdón, que me da vergüenza decírselo, que es verdad que solo me lo llamo esa vez, pero mire usted, me dolió mas eso que todas las veces que me pegó, que una vez me golpeo la cabeza contra la pared y me hizo mucha sangre, que tuvimos que ir al hospital en un taxi, y mi Diego iba asustadísimo, me daba pena verle así, que tuvimos que contar una historia en el hospital que me había caído por las escaleras y me dieron diecisiete puntos que recuerdo que me dolían mucho cuando me los ponían, pero luego, mi marido estuvo muy cariñoso conmigo durante mucho tiempo, que fue cuando me regalo la aspiradora que me hizo tanta ilusión y que yo pensaba que este hombre es un cielo, por que yo lo quería mucho, ¿sabe? pero lo quería de verdad, muchísimo, por eso, aquella noche, después de que me viniese borracho a casa y me pegase otra vez, cogí el cuchillo con el que acababa de abrir la sandia y cada vez que se lo clavaba en el corazón le decía, perdóname, perdóname, perdóname, perdóname Diego.

Praia de Intermares (Joao Pessoa - Paraiba - Brasil)
Futebol? Futebol não se aprende na escola
No país do futebol o sol nasce para todos mas só brilha para poucos e brilhou pela janela do barraco da favela onde morava esse garoto chamado Brazuca
Que não tinha nem comida na panela mas fazia embaixada na canela e deixava a galera maluca
Era novo e já diziam que era o novo Pelé
Que fazia o que queria com uma bola no pé
Que cobrava falta bem melhor que o Zico e o Maradona e que driblava bem melhor que o Mané, pois é
E o Brazuca cresceu, despertando o interesse em empresários e a inveja nos otários
Inclusive em seu irmão que tem um poster do Romário no armário
Mas joga bola mal pra caralho
O nome dele é Zé Batalha
E desde pequeno ele trabalha pra ganhar uma migalha que alimenta sua mãe e o seu irmão mais novo
Nenhum dos dois estudou porque não existe educação pro povo no país do futebol
Futebol não se aprende na escola
É por isso que Brazuca é bom de bola
No país do futebol quase tudo vai mal
Mas Brazuca é bom de bola, já virou profissional
Campeão estadual, campeão brasileiro
Foi jogar na seleção, conheceu o mundo inteiro
E o mundo inteiro conheceu Brazuca com a dez
Comandando na meiúca como quem joga sinuca com os pés
Com calma, com classe, sem errar um passe
O que fez com que seu passe também se valorizasse
E hoje ele é o craque mais bem pago da Europa
Capitão da seleção, tá lá na Copa
Enquanto o seu irmão, Zé Batalha, e todo o seu povão, a gentalha da favela de onde veio, só trabalha
Suando a camisa, jogado pra escanteio
Tentando construir uma jogada mais bonita do que a grama que carrega na marmita
Contundido de tanto apanhar
Confundido com bandido
Impedido
Pode parar!!
Sem reclamar pra não levar cartão vermelho
Zé Batalha sob a mira da metralha de joelhos
Tentando se explicar com um revólver na nuca:
Eu sou trabalhador, sou irmão do Brazuca!
Ele reza, prende a respiração
E lá na Copa, pênalti a favor da seleção
Bola no lugar, Brazuca vai bater
Dedo no gatilho, Zé Batalha vai morrer
Juiz apitou… Tudo como tinha que ser:
Tá lá mais um gol e o Brasil é campeão
Tá lá mais um corpo estendido no chão
(…)
O país ficou feliz depois daquele gol
Todo mundo satisfeito, todo mundo se abraçou
Muita gente até chorou com a comemoração
Orgulho de viver nesse país campeão
E na favela, no dia seguinte, ninguém trabalha
É o dia de enterrar o que sobrou do Zé Batalha
Mas não tem ninguém pra carregar o corpo
Nem pra fazer uma oração pelo morto
Tá todo mundo com a bandeira na mão esperando a seleção no aeroporto
É campeão da hipocrisia, da violência, da humilhação
É campeão da ignorância, do desespero, desnutrição
É campeão da covardia e da miséria, corrupção
É campeão do abandono, da fome e da prostituição
Brazuca (Gabriel o Pensador / André Gomes / Ciro Cruz)
¿Fútbol? El fútbol no se aprende en el colegio.
En el país del fútbol el sol nace para todos
pero solo brilla para unos pocos
y brillo por la ventana de la chabola de la “favela”
donde vivía ese chico llamado Brazuca
que no tenia ni que comer
pero dejaba a la gente loca
haciendo malabarismos con el balón.
Era joven y ya decían que era el nuevo Pelé
que hacia lo que quería con una pelota en los pies
que tiraba las faltas mejor que Zico y Maradona
y que regateaba mucho mejor que Garrincha.
Brazuca creció, despertando el interés en los empresarios
y la envida de los idiotas
incluso de su hermano, que tiene un póster de Romario en el armario
pero que juega fatal
El nombre de él es Ze Batalha
y desde pequeño trabaja para ganar una miseria
que sirve para alimentar a su madre y a su hermano mas pequeño
Ninguno de los dos estudio por que no existe educación
en el país del fútbol.
El fútbol no se aprende en el colegio
por eso Brazuca es tan bueno jugando.
(…)
En el país del fútbol casi todo va mal
pero Brazuca es bueno jugando, y ya es profesional
Campeón regional, campeón nacional
Jugo en la selección, ya conoce el mundo entero
y el mundo entero conoció a Brazuca con el numero 10
dirigiendo el medio del campo como quien juega al billar con los pies
Con calma, con clase, sin fallar un pase
lo que hizo que su fichaje también se revalorizase
Y hoy es el “crack” mejor pagado de Europa
Capitán de la selección, esta ahora en el Mundial
mientras su hermano, Ze Batalha, y toda la gente de la favela
de donde vino, solo hace que trabajar, sudando la camisa, marginados
intentando construir una jugada mas bonita
que la comida que lleva en la tartera.
Jodido por tanto sufrimiento
confundido con un delincuente
En fuera de juego
Sin protestar para no ganarse la tarjeta roja
Ze Batalha esta bajo el punto de mira de la pistola, de rodillas
intentando explicarse con un revolver en la nuca:
¡Soy un trabajador! ¡Soy el hermano de Brazuca!
Reza, contiene la respiración
Y allá, en el Mundial, penalti a favor de la selección.
Se coloca el bacón; Brazuca va a chutar
Dedo en el gatillo; Ze Batalha va a morir
El arbitro pito…todo como tiene que ser:
ya esta: gol y Brasil es campeón
ya esta: un cuerpo mas tirado en el suelo
(…)
El país enloqueció después de aquel gol
todo el mundo satisfecho, todo el mundo se abrazo
mucha gente hasta lloro en la celebración
orgulloso de vivir en ese país campeón
Y en la favela, al día siguiente, nadie trabaja
Es el día de enterrar lo que sobró de Ze Batalha
pero no hay nadie para cargar el cadáver
ni para hacer una oración por el muerto
por que esta todo el mundo con la bandera en la mano
esperando a la selección en el aeropuerto
Campeones: de la hipocresía, de la violencia, de la humillación
Campeones: de la ignorancia, de la desesperanza, de la desnutrición
Campeones: de la cobardía y de la miseria, de la corrupción
Campeones: del abandono, del hambre y de la prostitución
Avelino Vega es un héroe. Leo en El País (22/07/05) que Avelino Vega anduvo durante mas de 10 horas por la zona andina de Argentina con su hija de tres años a cuestas para que le atendieran en el centro de salud más cercano por una desnutrición. Hoy, Avelino Vega es un héroe. Posiblemente haya salido en algún canal de televisión en su país siendo entrevistado y es hasta posible que algún político ávido de votos y notoriedad, se haya fotografiado con él, teniendo cuidado de no acercarse mucho: ya se sabe cómo son los pobres de desagradables. Avelino Vega tiene 12 hijos. A lo mejor, cuando su momento de gloria haya pasado, o cuando tú estés leyendo esto, Avelino tenga que volver a caminar 10 horas para ir de nuevo al médico. Quizás Avelino tenga ya 13 hijos, o los que la Santa Madre Iglesia le ordene tener: crecer y multiplicaos, dice el Libro Primero de Moisés en el Génesis.
Avelino Vega es un hombre afortunado: Hoy es un héroe.
Mañana, no.
Me presentaré. Me llamo Alberto, tengo 37 años y trabajo como funcionario en el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación: en los tres a la vez, en el Departamento de Importación. En nuestro pequeño despacho, que tiene unas magnificas vistas al patio de luces del edificio, trabajamos en mesas enfrentadas, un servidor de ustedes y Susanita. Susanita…..una gran mujer….lástima que sea imbécil. 53 años, unos 75 kilos, algunos más cuando se desparrama en su silla, sólo me habla con palabras sueltas: grapadora…clips….”retulador”….A veces, mientras lee el “Diez Minutos”, el “Semana” y otras cronologías rosas en internet, por que, claro, como dice a sus amigas, ella es muy “solfisticada”, y ya solo lee en “internés”, le dan arrebatos de incontenible locuacidad y me suelta parrafadas como “firma tu eso que yo no puedo”. En realidad, todo este su comportamiento es de agradecer, por que dejando al margen grapadoras, clips, impresoras, “retuladores”, firmas, y esa enervante manía que tiene de acompañar en voz alta la actualidad de los ecos de sociedad pseudo rosáceos, aparte de todo eso, digo, me deja en paz y con tiempo suficiente para meterme en el messenger y chatear con Eva. Eva es argentina, de Santiago del Estero, aunque ahora vive en Buenos Aires. Es abogada y tiene 31 años. Yo le mentí diciéndole que tengo 32, pero ya habrá tiempo para derretir esa pequeña mentira. Llevamos hablando unos seis meses más o menos. Coincidí con ella la primera vez en una sala de chat argentina, “Che, vos, ¿nos lo hasemos?, (recuerdo que estaba escrito así…con s), sala de la cual omitiré por pudor y por obvio el contenido que tenía. Comenzamos a coincidir y la añadí al poco tiempo a mi messenger. Aprovechamos la diferencia horaria para hay que ver, éste ya se ha vuelto a separar otra vez.
Espero que el odio tenga prestaciones telepáticas, por que no me digné siquiera a lanzarle a Susanita ni una demoledora mirada reprobadora de soslayo. Aprovechamos la diferencia horaria para hablar. Cuando aquí son las 12, allí son las 7, y aprovechamos ese poco tiempo del que ella dispone antes de salir hacia su despacho para hablar un poco. Al principio nuestras conversaciones eran algo insustanciales, frívolas. Qué tal se vive por Argentina…yo estuve allá hace dos años en un viaje de negocios en Paris y fui a visitar a mis primos que viven en Madrid… de qué barrio sos vos… En seguida intercambiamos fotos. Yo le envié una de cuando estuve en Benalmadena, que había una feria nautica y pude subirme a un impresionante yate donde me hice la foto. Ahora que lo pienso esa es otra pequeña mentira que debo aclarar. Ella me envió dos, una en la que aparece en su despacho: una habitación amplia y luminosa, con un elegante sillón de cuero negro detrás de una mesa de madera, y una estantería metálica con unos cuantos libros. Es rubia, parece alta, con buen cuerpo, la piel clara y los labios pintados en un sutil tono rojo. Está medio sentada en una esquina de la mesa, sonriendo a la cámara. Yo diría objetivamente que es una mujer guapa, y subjetivamente diría que está muy buena. En esa foto lleva un traje de chaqueta con falda por encima de la rodilla, zapatos negros con algo de tacón, y una blusa roja como de seda, o eso me pareció a mi, ligeramente escotada. La otra foto que me envió fue en la playa, una foto, en fin, que a mi me aprecio algo atrevida, por que qué guapas iban las infantas en el bautizo.
Ahora si, ahora miro a Susanita con todo el atrevimiento del que soy capaz, que entre nosotros, no es mucho, pero no se da por aludida. Me levanto y voy a por un café a la maquina, cuando paso por su lado miro con disimulo su pantalla y ahí están, felices y dichosos, toda la familia Real en el bautizo de no se que futuro rey o reina dinástico. Me tomo el café junto a la maquina, echando un pitillo y charlando con otros compañeros de esas pequeñas cosas mundanas que hacen que nuestro mundo sea más feliz: Este Madrid no se qué coño está fichando….El sábado pasado, si no me tomé doce cubatas no me tomé ninguno …Yo, este fin de semana me voy al pueblo, a ver si le tuneo la silla de ruedas a la suegra que se ha puesto muy pesada con eso…
Regreso a mi mesa y al pasar por la mesa de Susanita, la novia del Rivera esta “liá” con el “transesual” aquel del concurso de los cantantes pienso que por que de las 1.483 personas que trabajamos en este megaministerio, me ha ido a tocar precisamente la que no se pone enferma nunca. Deberían hacerle un busto y ponerlo a la entrada del ministerio con una leyenda que dijera “A la Susanita, inasequible al desaliento”.
Todas estas divagaciones se me olvidan cuando al sentarme en mi mesa, veo parpadeante en mi PC que tengo un mensaje de Eva:
- Como estás, gallego, sielo.
Creo que omití antes que nuestra relación en estos seis meses había evolucionado desde esas conversaciones un tanto insustanciales a….como lo diría….charlas un poco mas….”intensas”. Espero que ustedes, potenciales lectores, me permitan la licencia de no ser muy explicito al respecto.
- Ola Eva…komo stas, amor¿
(Algún día algún psiquiatra desatascándome el cerebro me explicara porqué coño le decía Amor cuando nunca en mi vida había usado esa palabra con ninguna chica.)
- Bien, sielo, resién salgo de darme una duchita antes de ir a laburar. Esperá que agarro la bombacha, la pollera y la remera y en un segundo estoy con vos
- No, espera, pk no te kedas mejor así, como saliste de la ducha?
- Ah, Albertito, te levantaste hoy caliente?
-
Mira, el de la Carolina, el “Janober”, ¡si yo creía que se había muerto borracho!
- Bueno…m imagino k stas solo con el albornoz y m gusta imaginart así Eva
- Si, sielo, estoy solo con la bata, querés que me le quite para vos?
- Si, kitatela
- Estás solito hoy en tu despacho cariño¿
- Si, estoy solito, komo kasi siempre.
- Ya me he quitado la bata para ti, sielo. Como tenés hoy la poronguita? Está juguetona? Está parada? Porqué no te la sacás?
- La tengo ahora muy morcillona
- Perdón?
- La tengo muy dura
Creo que a partir de aquí, no es necesario que siga (d)escribiendo la escena. Después de que acabase el “juego”, o mejor dicho “su juego” por que yo nunca podía hacer nada, y no por falta de ganas, mientras ella ….ella pasaba unos largos minutos en los que apenas me escribía nada en el messenger, siempre ocurría que la conversación se iba girando hacia un punto melancólico y triste que yo, cobarde, nunca sabia como atajar. Me decía que estaba harta de estar allí, en Argentina, que la vida cada día era mas dura, que había pensado en venir a Madrid a conocerme. A mi, cuando le leía eso, cuando veía sus letras rojas escritas en el fondo azul claro del messenger, se me amontonaban los sentimientos y las ideas y no sabía nunca como reaccionar, qué decirle, cayendo siempre en fáciles y baratos consuelos inútiles que ella me agradecía mas por cortesía que por otra cosa. Por un lado, yo estaba bien como estaba ahora. Quiero decir, esa relación por el ordenador a distancia me satisfacía, no quería más. Pero por otro lado, la posibilidad de que nos conociéramos, de que nos conociéramos en el sentido físico y hasta en el bíblico también, porqué no, me producía un vértigo agradable. Los lamentos de Eva continuaban precipitándose en cascada por el monitor de mi PC:
- Siempre fui muy desafortunada en amores
Según mis ojos rodaban por las últimas letras de la última palabra, mis oídos comenzaron a oír de la voz de Susanita:
Anda, lo que dice la princesa de Mónaco: siempre fui muy desafortunada en amores.
Por primera vez en horas, días, semanas, meses, nuestras miradas se encontraron y se mantuvieron fijas durante un instante. Después, ella salió precipitadamente del despacho y al día siguiente me dijo la secretaria que Susanita no vendría por que le habían dado una baja por depresión.
Pase la mañana del día siguiente solo en el despacho, incrédulo ante lo que había ocurrido, pensando que esas cosas solo ocurren en los pelis malas o en las novelas baratas. Pero lo peor de todo, era que deseé como nunca había deseado antes que Eva-Susanita entrase en el messenger para poder hablar con ella y decirle que le echaba mucho de menos.
Para Morgaana, cumpliendo, tarde, lo prometido.

I
Mil.
Tus mil y mil más.
Paso.
Las veo.
II
Se detuvo en el puente, escuchando llegar sus propios pasos, y estuvo mirando correr el río durante un tiempo. Hacía frío esa madrugada y se subió instintivamente el cuello de la americana, sabiendo que apenas le protegería. Las luces blandas que lanzaban las farolas le concedieron la compañía de cuatro sombras, pero él nunca se había sentido mas solo. Metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño revolver negro que lanzaba fugaces destellos brillantes en su coqueteo con las farolas. Lo cogió con su mano derecha, solo era zurdo para repartir las cartas, y se apuntó en la sien. Coloco el dedo en el gatillo y cerró los ojos. No sabe cuanto tiempo estuvo así, tal vez solo fueran décimas de segundo, pero a él le pareció un momento eterno.
No.
Abrió la boca y metió el cañón del arma dentro de ella. Notaba el tacto frío del metal en los dientes. Le daba asco, pero aun así, rodeo con la punta de la lengua el ánima de la pistola. Se sorprendió de hallar sus manos tan serenas, sin rastro de temblor.
III
La noche era larga.
“El contador de relampagos”
“Amargas noches de alquiler”
“Acaso mayo”
Su tristeza era imperceptible, como los restos de una sombra ausente.
Yo no podía encontrarla en su mirada, brillante e ingenua, o en sus delicados gestos femeninos, ni siquiera era capaz de encontrarla en sus palabras, tal vez escondida detrás de algún esquivo adjetivo esdrújulo, o finalizando una frase llena de puntos suspensivos que me volvían loco de deseo.
No, su tristeza yo la sentía en su risa. Era una risa breve, suave, frágil,
algo infantil. Adoraba su risa. Amaba su risa. La primera vez que la oí supe que iba a enamorarme de aquella mujer. Quizás lo que me sedujo fue la extraña sensación que tuve al encontrarme ante una tristeza tan profunda encerrada en algo tan bello.El día que le dije que tenía la risa mas encantadoramente triste del mundo, me miró muy profundamente y se rió, como intentando convencerme de lo absurdo de mi pensamiento. Pero era inútil. La tristeza, la honda y desoladora tristeza le brillaba en aquellos labios que yo tantas veces besé.
Nos amamos durante mucho tiempo, y muchas veces me perdí dolorosamente en su risa, pero no logré averiguar de que oscuro lugar de su corazón provenía aquella tristeza tan amarga que parasitaba su risa hasta que una noche, después de hacer el amor con una pasión de suicidas enloquecidos, me dijo que ya no me amaba.
No hablé, no dije nada, no lloré, no supliqué, como si ya desde hace
mucho tiempo, desde antes incluso de conocerla, supiese que esto iba a
ocurrir. Recogí las pocas pertenencias que tenía en esa casa y las guardé en una pequeña maleta. El inquebrantable silencio que empezaba a ahogarnos hacía más desesperante la despedida. Pero cuando me acerqué a la cama, a ella, todavía espléndida en su desnudez, para darle un beso, un ultimo y estúpido beso de película en blanco y negro, y para decirle: yo siempre te amaré (en parte para mitigar mi dolor, pero sobre todo porque era la única verdad que era capaz de encontrar en mi ridícula vida), vi sus ojos embotados en lágrimas y supe, desde ese instante y con una certeza aterradora, que a partir de ahora y para siempre, no solo la tristeza le residiría agarrada envilecidamente en su risa, sino también en sus ojos. La angustiante tristeza de saber que el amor, el maldito amor, había vuelto a huir de su vida.
“As coisas têm
Peso, massa, volume
Tamanho, tempo
Forma, cor
Posiçao
Textura, duraçao
Densidade
Cheiro
Valor
Consistência
Profundidade, contorno
Temperatura, funçao
Aparência
Preço, destino, idade
Sentido
As coisas nao têm paz
As coisas.”
Las cosas tienen
Peso, masa, volumen
Tamaño, tiempo
Forma, color
Posición
Textura, duración
Densidad
Olor
Valor
Consistencia
Profundidad, contorno
Temperatura, función
Apariencia
Precio, destino, edad
Sentido
Las cosas no tienen paz
Las cosas.”
As Coisas - Arnaldo Antunes
Mi abuela Modesta nos llevaba a recoger agua a una fuente que había al final del Parque del Oeste, de la que regresábamos con varios bidones llenos, por que decía que ese agua era el mejor de Madrid.A mi abuela Modesta le gustaban ver las corridas de toros por la televisión, aunque no entendiera mucho y siempre tuviera la sensación de que el toro iba a coger al torero.
Mi abuela Modesta, cuando yo era pequeñito, me daba ánimos cuando mi equipo de fútbol había perdido diciéndome que no me preocupara, que la culpa era del portero que se había dejado meter esos goles tan tontos.
Mi abuela Modesta decía “pinca” en vez de pizza, y aquello me parecía por aquel entonces, muy tierno. Ahora me sigue pareciendo igual de tierno, pero también muy nostálgico, tal vez demasiado.
Cuando mi abuela Modesta decía alguna maldad, se sonreía como un niño pillado en una travesura y al hacerlo, se le cerraban los ojillos, lo que le daba una expresión pícara e infantil.
Mi abuela Modesta nos quiso como solo una abuela puede querer a sus nietos.
Mi abuela Modesta prendía fuego a un plato lleno de alcohol para que no pasásemos frío esas noches de sábado en la que nos lavábamos en un barreño azul.
Mi abuela Modesta, como todas las abuelas, escondía mis travesuras a los ojos de mis padres, y si no era posible esconderla, la minimizaba y se convertía en mi mayor defensora.
Cuando mi abuela Modesta murió, yo sentí dolor y alivio. Dolor por saber que nunca más podría darle un beso en la mano y que ella me besara la cabeza…Alivio por que no era justo que los últimos tiempos de su vida los pasara sentada en una silla, ajena a todo cuanto la rodeaba. Y esperando….esperando…
Con mi abuela Modesta íbamos a pasar los veranos a casa de una hermana suya en El Escorial. Yo era muy pequeño por aquel entonces, los recuerdos son vaguísimos, tal vez distorsionados, pero son lo suficientemente intensos como para saber que fueron los mejores veranos de mi vida.
A mi abuela Modesta, los domingos por la mañana la acompañábamos al parque a recoger piñones, y nos gustaba competir por ver quien llevaba mas a casa. Ella siempre nos dejaba que ganáramos. Después, esos domingos lentos en la cocina de casa, pasábamos las horas abriendo los piñones con un alfiler o con la punta de un clavo.
Mi abuela Modesta no llegó a conocer a Nara, mi chica, mi apoyo, mi otra mitad. Pero se que allá donde esté, sonreirá, tal vez pícaramente y dirá: mi Javi por fin encontró lo que se merecía.
A mi abuela Modesta le encantaba tener pájaros en casa: canarios, periquitos o jilgueros, que eran sus favoritos. Y ella se encargaba de limpiar y adecentar la jaula cada mañana, de darles la comida y la bebida…Demasiado amor el de mi abuela en un cuerpo tan pequeñito.
Mi abuela Modesta, en sus últimos años, pasaba horas para leer el periódico con una lupa. A mi, aquel esfuerzo supremo, me llenaba de orgullo y me emocionaba. Me parecía el gesto de lo que fue: una gran luchadora y una heroína, al menos para mi.
Mi abuela sufría sin decir una palabra por que una de sus hijas estuviera a mas de 2000 kilómetros de distancia, y que solo pudiera verla unos días en verano cada año.
Mi abuela Modesta tenía una risa fresca y nerviosa que nos contagiaba a todos y que parece que aun estoy oyendo esta noche.
Cuando escribo ahora de mi abuela Modesta …

Allariz (Ourense)
“Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y esta comiendo de su bandeja. De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no esta acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreír amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndolas con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, el se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.
Dedico esta historia deliciosa, que además es autentica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun bienintencionadamente, les observan con condescendencia y paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o corremos el riesgo de hacer el mismo ridículo de la pobre alemana, que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él si inmensamente educado, la dejaba comer de su bandeja y tal vez pensaba: pero que chiflados están los europeos.”
Rosa Montero - El País - 17/05/2005
Hemitartrato de zolpidem
Celulosa microcristalina
Hidroxipropil metilcelulosa
Carboximetil almidón sódico
Estearato magnésico
Dióxido de titanio
Polioxietilengliclo
Stilnox
Ayer descubrí por casualidad que alguien me había plagiado los cuentos que tengo en un blog en el que escribo desde hace un par de años, y que los había usado para publicarlos en un libro. Un libro suyo, por supuesto. Un libro de ese “alguien”. Mientras paseaba distraído por la FNAC esperando a mi chica para ir a ver la última de Woody Allen en los cine Renoir, me encontré con un pequeño libro, con la portada en tonos cremas, y que llevaba por título el mismo de uno de mis relatos: “Lluvia sobre París”. En realidad el título entero del libro era “Lluvia Sobre París y Otros Relatos de Usar y Tirar”. Me pareció ingenioso, por que no reconocerlo, la ironía del título y me produjo cierta gracia saber que había un cuento del cual compartíamos título. El libro estaba editado por una pequeña editorial que yo ni siquiera conocía. En la contraportada aparecía la foto de un joven de unos 25 años, delgado, con gafas, con un repelente fondo azul detrás de él. El texto integro que acompañaba a tan horrible foto era el siguiente: “Licenciado en Ciencias de la Comunicación en 2001 por la Universidad de Sevilla, Antonio Oropesa reúne en este libro un compendio de sus mejores relatos, entre el que se encuentra “Lluvia sobre París”, con el que ganó el Premio Ciudad de Huelva en 2002. Una de las mas prometedoras figuras dentro de lo que se ha venido a llamar Nuevo Hiperrealismo Andaluz, Antonio Oropesa colabora como columnista en varios medios locales así como en distintos fanzines. “
Hay que reconocer que si la brillantez del texto de presentación del autor se correspondía con la brillantez de sus cuentos, no se le podía augurar un gran futuro en la profesión de escritor.
Vi llegar a mi chica por el pasillo de los discos de jazz, cargada con una nueva remesa de Bakers y Webster y ese disco que llevábamos años buscando de Elmo Hope, y mientras con un gesto de la cabeza la decía: “hola”, mis manos, desobedientes, decidieron por su cuenta y riesgo abrir el libro. Bajé la vista y comencé a leer.
Cerré el libro de golpe justo cuando noté los labios de Ana besándome y preguntándome: ¿Te pasa algo? Yo en ese momento me sentí como si ella me hubiera encontrando tirándome a todo el sector femenino del departamento de libros de bolsillo de la FNAC. Pero claro, la mentí, coloqué la mejor de mis apócrifas sonrisas y le dije: ¿Qué va a pasar?, nada. Ella decidió que la mentira era lo suficientemente ligera como para seguir indagando. Se puso a buscar en la sección de fotografía un libro de Chema Madoz que llevaba años queriendo regalarme, lo que yo aproveché para escabullirme, volver a abrir el libro y comprobar, en una turbadora vorágine de sentimientos: ira, asco, vanidad, indignación, sorpresa, orgullo, … que lo que había en esas páginas eran todos mis cuentos, sin excepción, sin ni una sola corrección, tal como los engendré.
Ana me hacía gestos de que no había encontrado el libro que buscaba y de que ya era hora de irnos si no queríamos llegar tarde al cine. Sin saber porqué, cogí dos libros más, al azar, de las estanterías, sin ni siquiera fijarme cuales eran, solo para poder esconder mi / su libro entre ellos y evitar alguna pregunta curiosamente indiscreta de Ana.
La película de Allen debió ser excelente, como casi siempre, a juzgar por los retazos de comentarios que era lo único que yo alcanzaba a escuchar a Ana de regreso a casa, pero yo no pude disfrutarla. Durante toda la película, me ocupé de manosear el pequeño libro de las tapas color crema con la minuciosidad de un ciego , tal vez suponiendo que del contacto entre el libro y mis manos surgiría alguna oculta revelación que me hiciera entender el porqué todos mis cuentos habían llegado hasta allí.
Cuando llegamos a casa, y mientras Ana se ocupaba de ordenar en la estantería de forma alfabética, como hacía siempre, los discos recién adquiridos, y mientras ponía como banda sonora de esa noche, extraña noche, el piano de Elmo Hope, yo me apresuré a guardar en el cajón de la mesilla de noche el libro que era mío pero que no era mío.
Mantuve el tipo como pude durante la cena, controlando mis deseos que de nos fuéramos a la cama y Ana se durmiera pronto. Mientras nos lavábamos los dientes me volvió a preguntar si me pasaba algo, qué había estado muy extraño durante toda la tarde. Volví a mentirla, volvió a no creerse mi respuesta y volvió a no preguntarme más, lo que le agradecí íntimamente.
Mientras fingía leer El País, oí la respiración pausada y rítmica de Ana, señal de que se había dormido con el libro abierto y la luz encendida. No se porqué, esa era una de las imágenes de Ana que mas me cautivaban y que mas sensuales me parecían. Me levanté, le quité el libro que dormitaba encima de su pecho, y apagué la luz de su lado. Todo esto lo hacía con una tranquilidad asombrosa, por que sabia que una vez Ana se dormía, ya podían aparecer de nuevo en el dormitorio la sección femenina de libros de bolsillo de la FNAC que ella no se despertaría.
Aparté por un momento mis delirios eróticos corales para mejor ocasión, abrí el cajón de mi mesilla y rescate mi / su libro. Por curiosidad, no se si malsana o no, me fijé en los títulos de las otros dos libros que había comprado para completar este ignominioso y vergonzoso sándwich literario: “Solo para ti, directo a tu corazón”, de un tal Máximo de León, uruguayo, y, “Como cocinar Sushi para principiantes”, de Marian Reyes, la cual, muy japonesa, no parecía.
Cogí “Lluvia Sobre París y Otros Relatos de Usar y Tirar” y me dirigí a mi “thinking area” particular, vulgar eufemismo del cuarto de baño, cerré la puerta por dentro, me senté sobre la tapa de la taza del inodoro y comencé a hojear de nuevo el libro. Por cualquier página que abriese allí estaban mis cuentos: Por supuesto “Lluvia sobre Paris”, “Frío”, “La Fuente está seca”… Cerré el libro y fijando mi vista en un punto indefinido de la pared, me detuve a intentar averiguar que era lo que en esos momentos sentía, y descubrí con sorpresa que lo que sentía era alivio, orgullo y vanidad. Mis cuentos estaban allí, plasmados en un libro. Alguien los había leído y había decidido que al menos merecían la oportunidad de formar un modesto libro y de tentar a la suerte de que muchos otros lectores pudieran leerlo. Qué la gloria, si llegaba a haberla, fuese para Antonio Oropesa y no para mi, me parecía en esos momentos algo baladí, secundario, casi infantil. Sonreí, vi en uno de los espejos del baño mi sonrisa y eso me tranquilizó. El libro no tendría mas de veinte cuentos, así que me dispuse a pasar una larga y singular noche leyendo esos relatos que fueron míos pero que ya no lo eran, así que aun albergaba la esperanza de que me emocionaran, me sorprendieran, me hicieran reflexionar, de que los cuentos entraran de nuevo en mi así como un día ellos salieron de mi.
Busque la posición mas cómoda para iniciar la lectura, cambié la luz directa del techo del baño por la mas indirecta y delicada que emanaba de uno de los espejos, y comencé a leer el libro por su primer relato, titulado “La sorpresa” y que decía así: “Ayer descubrí por casualidad que alguien me había plagiado los cuentos que tengo en un blog en el que escribo desde hace un par de años, y que los había usado para publicarlos en un libro. Un libro suyo, por supuesto. Un libro de ese “alguien”.”
“Rojo, como un escalofrío”
“Amores perversos y otros falsos testimonios”
“El dolor más perfecto”
Hoy he contado cuántos compañeros pasan por mi mesa cuando llegan al trabajo y no me saludan: 9.
Me hace gracia.
Se había ido del dormitorio hacía una media hora. En silencio. Nuestras broncas, nuestros enfados, nuestros arrebatos, nuestros desencuentros, eran siempre en silencio. Y eso la exasperaba. Y yo sabía que la exasperaba. Esta vez, como casi siempre, la culpa había sido mía, pero aun así, mi orgullo me retuvo en la cama, zapeando durante un rato en una televisión muda . El tiempo pasaba y ella no regresaba a la cama. Cuando la culpa tuvo más peso que mi maldito y estúpido orgullo, me levanté y fui al otro cuarto, que yo sabía era su refugio en estas situaciones. Me quedé en el umbral de la puerta, sin atreverme a pasar dentro. Y me quedé observándola un rato. Como si de una niña pequeña se tratase, la vi acariciando a ese pequeño zoológico de peluches que teníamos en la otra cama. Cada peluche era una herida que recordar, algunas cicatrizadas, otras supurantes, algunas no se cerrarían jamás, aunque los dos fingíamos no saberlo. Acariciaba con un ternura que conmovía e inquietaba al mismo tiempo a un viejo león ya desgastado, recuerdo de nuestros primeros silencios, … el ciempiés multicolor, … esa horrible tortuga verde que para ella era su favorito y que yo detestaba por que no hacia más que recordarme la clase de individuo despreciable que era.
Di media vuelta y me fui de nuevo a nuestro dormitorio mientras ella se quedaba allí, con sus peluches. No se si me había visto, pero poco importaba ya eso. Me tendí de nuevo sobre la cama, apagué la televisión y la asustadiza luz de la mesilla, me giré hacia la pared y con los ojos abiertos en la oscuridad, me dormí pensando en que tal vez esta vez fuese más difícil que nunca encontrar ese enorme y bello peluche que siempre me juré no regalarle jamás.

“Por tu culpa volví a mentir, por tu culpa regreso a ti”, susurraba la
aterciopelada voz de Omara Portuondo por los altavoces de aquella
pequeña y oscura sala de baile frecuentada por sudamericanos, donde parejas acaso tan furtivas como nosotros se besaban y reconocían en los rincones más esquivos. En la pista, sólo otra pareja y nosotros, que muy juntos, amagábamos con bailar el almibarado bolero aunque en realidad apenas nos movíamos.
Ella, con los ojos cerrados y una leve sombra de sonrisa en la boca, apoyaba su cabeza en mi hombro. Yo, oliendo la dulce fragancia de sus cabellos que de vez en cuando besaba, mis manos en su cintura, sintiendo que la seda fría de su blusa era pasado y promesa de apasionadas noches. Sentía su respiración pausada y profunda acariciando mi pecho. Te quiero tanto, le susurraba al oído mientras mordisqueaba muy suavemente su oreja. Ella no decía nada. Apenas había dicho nada tampoco durante la cena en el pequeño restaurant griego de la Rue la Huchette, en el Barrio Latino y al que no habíamos vuelto desde aquel día en que nos conocimos, día que ahora me parecía tan lejano.
Bailamos un par de piezas más y después me pidió que nos sentáramos. En aquel rinconcito donde incluso la luz de la vela nos ofendía con su
temblorosa presencia, nos besamos largamente. Nuestras lenguas se
buscaban con la misma avidez que los adolescentes. Y también nuestras manos, nuestros ojos …
Estuvimos así no se cuanto tiempo e incluso conseguimos, yo por lo
menos, el milagro de olvidar que mañana ella se iría para siempre. Su marido había regresado a Lima, reclamado urgentemente por el nuevo gobierno para que se hiciera cargo de no sé que difícil situación. Ella se había quedado sólo unos días para resolver el asunto de la mudanza.
Cuando salimos a la calle, con un frío que calaba el alma, me dijo que
prefería pasear por el Sena. Esa última noche no haríamos el amor en el
pequeño apartamento que habíamos alquilado en la Rue Montfaucon, junto al viejo mercado de Saint Germain. Quizá fuera mejor así. Escondida dentro de su largo abrigo negro, paseando junto al río, y amando y odiando París la decía te quiero más que a nada en esta vida, te iré a buscar, por qué tienes que marcharte, te quiero, mientras ella, en su trágico silencio, hacía enternecedores esfuerzos por contener sus voraces lágrimas en la frontera del rimel. Hice una última y tristísima tentativa para ir al apartamento. No me resignaba a no hacer el amor con ella por última vez. Dulce, salvaje, lenta, vertiginosamente. Hacernos el amor hasta desaparecer.
Casi sin darnos cuenta llegamos al portal de su elegante piso. Volvimos
a besarnos con pasión e infinita amargura, amargura que yo sentía en el
acre sabor de sus lágrimas que se iban depositando en unos labios que yo me negaba a abandonar.
…Y así, como en una vieja película romántica en blanco y negro, se
soltó de mi mano y subió corriendo el breve tramo de escaleras que, cruel, la separaría para siempre de mi. Como un tonto me quedé mirando hacia la puerta, con el brazo extendido, anhelando su mano, como si ella todavía estuviera allí.
Y sintiéndome Gregory Peck en la última escena de Vacaciones en Roma, pero en París, di media vuelta, encendí mi penúltimo cigarrillo, arrojé mis lágrimas al cielo, me subí el cuello del abrigo y maldije que, por una vez, no lloviese sobre la noche de París, tan triste ya sin ti.

San Lorenzo de El Escorial (Madri)
El mismo escalofrío que en la mañana del 11 de marzo. La misma angustia en el pecho. Las mismas ganas de llorar. La misma desesperación. Las mismas preguntas y el mismo vacío. La misma locura. Los mismos comentarios frívolos a mi alrededor, no se si por conjurar los miedos o por simple estupidez. El mismo miedo. Terror. Pavor. Desconsuelo.
Piénsalo. Siempre te ocurre lo mismo. El día del regreso eres incapaz de hacer nada. Te sientes como oprimido por el tiempo, por esa certeza de que a una hora exacta vas a abandonar la ciudad, y te parece que esa hora es siempre el minuto siguiente. Intentas olvidarlo, intentas mentirte y pensar que aún te quedan cinco, diez, quince días de vacaciones. Pero nada. Ya desde que te levantas no haces mas que mirar , con ojos asustados, diría yo, el reloj, el viejo reloj alemán de manecillas que te regalaron hace ya algunos años. ¿Fue Ana? ¿Rosa? No, recuerda, fue Martita. Da lo mismo que te vayas por la noche, como en esta ocasión. Esa angustiante sensación de provisionalidad, de que el día tiene fecha de caducidad como los yogures, te impide disfrutar. Pero hoy, harto ya, te comprendo, cuando aún quedaban cuatro horas para que el tren partiera, te acercaste a la estación, dejaste tu tremendo maletón verde en la consigna y te largaste a un café de la parte vieja a esperar, whiskicito en mano, a que esos segundos tan crueles del último día te fueran ejecutando.
Y ahí estabas tú, sumergiéndote ya en tu tercer whisky cuando, con cierto desdén y como descuidadamente, miraste por la ventana y la viste. No sabes porqué, pero lo primero que hiciste fue contarle los pasos, y como en un maravillosos misterio de la Naturaleza, o quizás, de la física (¿cuántica?), daba cinco de izquierda a derecha y seis de derecha a izquierda, pero eso si, no se alejaba ni un bendito milímetro de los límites que involuntariamente, o no, marcaban dos sucias farolas de luz amarillenta.
Aunque tú y el bar os encontrabais en la acera de enfrente, decidiste así, inopinadamente, de golpe, dos cosas. Una: que tenía unos enormes, profundos y tristísimos ojos azules. Y dos: que ahora, ahora que ya tenías cuarenta y tres años, descubrías que habías nacido con una única y maravillosa misión: amar a aquella mujer de la que estabas enamorado desde el mismo día que viste esa cara enrojecida, regordeta y simpaticona de aquel doctor que te arrancó de aquel
lugar tan calentito: mamá.
Ahora mismo, con el tercer vaso de whisky inmovilizado en tu boca, recordabas con desagrado, vergüenza y también un poco, un poquito solo, reconócelo, de asco, tus antiguos noviazgos con Ana, con
Rosa, acuérdate también de Martita, donde tan estúpido como ingenuo creíste haber colonizado el amor. Pero ahora, viéndola allí enfrente, tan frágil y desprotegida, dándole infinitas vueltas a su bolso de plástico rojo, sentías vergüenza de ti mismo. Si, lo entiendo. Te avergonzabas por no haber sabido reconocer antes el Amor, con a mayúscula. Toda una vida, tal vez toda una eternidad llevabas, sin siquiera saberlo,
esperando un momento como este, un momento en el que supieses, asi, de una forma tan contundente, que habías amado, amas y amarás por siempre jamás amén a aquella mujer que desde esos salvables cinco metros no se había dignado a dedicarte ni una, ni siquiera una miradita.
Creo que es justo que diga que, aparte de aquellos ojazos, presuntos y ciertos a la vez, también te habían hechizado el descaradísimo pelucón rubio que tan, pero tan gracioso le quedaba, aquellos insinuantes,
gruesos y turbadores labios pintados de un rojo animal, el tremendo culo rebosante que pedía a caderazos y golpes de nalga liberarse de la tirana opresión de la ajustadísima minifalda de lentejuelas, inmensa carrera en la media derecha negra, y unos pechos tan descomunales y prometedores que no pudiste evitar un ligero temblor en tus ávidas manos, temblor que fue transmitido al vaso y, de ahí, a los tres cubitos de hielo que tintineando produjeron una musiquilla, tlinc, tlinc, que a ti
te pareció la mas celestial y afrodisíaca de todas.
Y ahí, justo ahí, te olvidaste de quienes somos, de donde venimos, y lo más importante, adonde vamos, es decir, te olvidaste de que apenas dentro de un rato tendrías que abandonar la ciudad y abandonarla también a ella.
Mientras seguías mirándola, acuchillado su recorrido por inmigrantes cargados con gigantescas bolsas de plástico y por yonkis en busca de su penúltima dosis, algo, la lucidez que da el alcohol, me atrevo a
improvisar, te dijo que ahí, al alcance de tu vista y de tu mano, estaba tu ultima esperanza para justificar tan injustificable vida que llevabas.
Como el hombre que, a pesar de todo, cabalmente organizado has sido, lo primero que hiciste fue pagar los whiskitos que tan bien te habían sentado, y después, con subrepticio gesto, contar el dinero, el poco dinero que te quedaba. 62,19. No, no es mucho, pero pensaste que debías arriesgar, que era tu obligación arriesgar. Tenías que decirla que la habías amado, que la amas y que la amarás siempre, ocurra lo que ocurra, que ya nunca otra mujer ocupara tu corazón … Lo más sencillo sería, sin duda, y si el dinero te alcanzaba, claro, acercarte
a ella y contratar sus deseables servicios.
Te pusiste el gabán oscuro, te subiste el cuello, te atusaste el bigote, me acuerdo bien de eso, y con firmeza y determinación, sabiendo que tu futuro se encontraba tan cerca, te encaminaste, tan hombre y tan decidido tú, hacia tu inmortal amor, contando y recontando con disimulo el dinero que llevas en el bolsillo, por si acaso, digo.
Y cuando te encontrabas tan, pero tan, tan cerca como para ver que sus ojazos tremendos no eran azules si no negros, bueno, da igual, oíste con el alma de luto y violada tu esperanza: -¿Te vienes conmigo, chato? Puedes follarme o si quieres, te puedo dar por culo por treinta euros, y también te la chupo.
He de reconocer que, con una prestancia y una elegancia inimaginable en ti, diste un hermoso y efectivo giro de ciento ochenta grados y comenzaste a irte por donde habías venido, a huir de esa impresionante voz de bajo Sparafuzile que te había demostrado que, en fin, no somos nadie, coño, ni siquiera en vacaciones.
Mientras intentabas esconder tu desilusionada y, por que no, avergonzada cabeza en el cuello del abrigo, tus enrojecidas orejas aun tuvieron tiempo de escuchar un poético: “!Tú te lo pierdes, cabrón! !!La tengo como un caballo!!
Y aún, aún tuviste tiempo para no perder el tren.
Vi hoy en El País, en la sección de “Espectáculos”, y junto a una noticia hablando de Chick Corea, Paco de Lucia y el festival de jazz de Vitoria, otra noticia explicando los avatares del juicio a Farruquito. Lo primero que pensé es que como era posible que El País hubiera colocado dicha noticia en esa sección, pero después me paré a reflexionar y tal vez sea la sección exacta para explicar todo lo que ese juicio conlleva: ESPECTÁCULO.

Oximorones, hipérboles, lítotes, metonimias, sinécdoques, sinestesias, calambures, metátesis, paragoges, anáforas, asindetones, polisindetones, paronomasias, pleonasmos, hiperbatones, quiasmos…: La vida es extraña.
…Y zeugmas.
Aquella tarde conseguí, por fin, que me creyeran al fingir, con extraña habilidad, mi dolor de tripa y así , por primera vez, pude evitar la rutinaria y habitual visita a casa de mi tía, donde siempre nos llevaban mis padres a mi hermana y a mi los sábados por la tarde. No es que no quisiera ir a visitar a la Tía Elena. Era divertido. Siempre me llamaba por un nombre que no era el mío y nos daba unas horribles galletas que acabamos dando de comer a aquel chucho que debía de tener por los menos los mismos años que mi tía. No, los motivo por los que fingí estar malo eran dos. Por un lado quería, a mis doce años, sentir qué era eso de la soledad de la que tanto hablaba tía Elena, aunque este, debo reconocerlo, era un motivo menor. El verdadero motivo para querer quedarme solo en casa era para entrar en el dormitorio de mis padres y abrir su armario. Algo que nos tenían terminantemente prohibido.
Uno, dos, tres, cuando salieron de casa y oí el ruido de la puerta cerrándose, doce, trece, catorce, me quedé muy quieto en la cama, inmóvil, con las manos agarradas al embozo de la sabana, setenta y dos, setenta y tres, setenta y cuatro, aguzando mucho el oído y contando hasta noventa y ocho, noventa y nueve, cien segundos para, de alguna manera, usar esos segundos como protección en el caso de que, por algún extraño motivo, decidieran volver. Saber que había contado hasta cien y que en ese tiempo no habían regresado, me daba una inconsciente seguridad en mi mismo y una absurda certeza de que hasta por lo menos dentro de un par de horas no volverían.
Así pues, comencé a pasear por la casa, con cierta aprensión, debo reconocerlo, dispuesto a enfrentarme a la soledad a toda costa. Pasados unos minutos llegué a la conclusión de que, al margen de que conocí decenas de nuevos matices sonoros que habitaban en mi casa y a los que nunca había prestado atención, la soledad era lo mismo que la compañía, solo que podía hacer lo que quisiera.
Habría pasado ya una media hora desde que mi hermana y mis padres salieron y aun no había entrado en su dormitorio. Me sorprendí a mi mismo por ese refinamiento algo perverso y extraño en un niño de doce años, por retrasar lo máximo posible el inicio de la conquista de mi objetivo. Pero decidí que ya era el momento.
La puerta del dormitorio como casi siempre, estaba abierta. Entré. Justo de frente, estaba la cama de matrimonio con su cabecero de forja. Cuando era mas pequeño y alguna noche de tormenta huía hasta el dormitorio de mis padres y conseguía asilo para pasar la noche en su cama, me gustaba seguir los dibujos de la forja con mi dedo, intentando llegar a través de sus laberínticos giros y contragiros de un extremo a otro. Nunca lo conseguí, y sin saber porqué, interpretaba esa decepción como una señal turbia y oscura.
Esta vez, y por superstición, no toque el cabecero con mis dedos. En una de las paredes laterales de la cama, había un gran crucifijo de madera y latón que parecía estar allí con el único motivo de coartar mi valentía. Decidí obviarle y me dirigí justo a la pared de enfrente, donde se encontraba el gran armario de tres puertas, ese que mis padres nos tenían totalmente prohibido tocar a mi hermana y a mi. A mi hermana, cinco años mas pequeña que yo, aquella prohibición le parecía la cosa mas normal del mundo, pero a mi no. Para mi aquella prohibición era el anverso de una invitación. Una invitación a abrir ese armario. Había llegado el momento. No se si era uno de los efectos de la soledad, pero comencé a tener miedo. Un miedo raro y agudo que no había sentido nunca antes. Pensé en desistir. Pensé en volverme a la cama, taparme la cara con la sabana y contar hasta mil, hasta diez mil si fuera preciso, hasta un millón, hasta que mis padres llegaran de nuevo.
No lo hice.
II
Abrí la mesilla de noche del lado donde dormía mi padre y en una pequeña caja de plástico, de esas donde viven las tarjetas de visita, allí estaba la llave. Hacía ya mucho tiempo que yo sabia donde la escondía. Los hijos sabemos tantas cosas de los padres que ellos ignoran que hasta sentimos una cierta conmiseración por su debilidad. Abrí, con mano temblorosa que no me sorprendió, la primera puerta del armario, la que estaba más a la izquierda. Como en las malas películas de terror que en mi adolescencia me aficioné a ver, la puerta emitió un leve pero continuado gemido hasta que quedó abierta del todo. Delante de mi había varios abrigos envueltos en mortajas de plástico transparente y zapatos, muchos zapatos de hombre en total desorden. En el suelo del armario, en una esquina, una pequeña caja metálica cuadrada de galletas. La cogí y me senté en el suelo del dormitorio. El miedo había desaparecido, y hasta sentía una especie de extraño rubor por ello. Abrí la caja.
Dentro había tres botes de betún, dos negros y uno marrón, una lata de grasa de caballo, dos gamuzas, un cepillo de durísimas cerdas desgastado, varios botones, un par de cordones negros y una peonza. La peonza fue lo único que reconocí como uno de los juguetes requisados por mis padres hace algún tiempo y a la que nunca había vuelto a echar de menos. Cerré la caja y volví a dejarla en el lugar donde estaba. Eché la llave a esa puerta del armario y fui a la tercera puerta, la que había junto a la pared. La abrí, aunque esta vez me costó más esfuerzo y eso hizo que regresará de nuevo el miedo, con lo que me quedé mucho más tranquilo. En este armario, que era más estrecho que las otras dos partes, solo había una cantidad increíble de juegos de sabanas, mantas, toallas que desprendían un olor delicioso y evocador que no olvidé nunca… Metí la mano por entre la ropa, esperando encontrar no se qué, pero nada hallé. Sólo unas cuantas botellas de whisky, de ginebra y de anís que mi madre escondía detrás de un grupo de sabanas, y otra copia de la llave que estaba metida entre dos toallas verdes. No sabía que existiera esa segunda copia de la llave, pero poco me importaba teniendo yo la otra.
Me dirigí finalmente al cuerpo central del armario, con una mezcla de curiosidad y de desolación. Lo abrí. Era una especia de armario gemelo del primero sólo que en versión femenina. Los mismos vestidos envueltos en plásticos, los zapatos de mujer, perfectamente ordenados. En la puerta, había una goma elástica colocada con dos chinchetas de la que pendían varios cinturones y unas cuantas corbatas, lo que me pareció entonces una incongruencia, una invasión de lo masculino en lo femenino. La única diferencia con el primer armario era que en este había una pequeña cajonera con tres gavetas. Reparé que para abrirlas tenía también que usar la llave. Aburrido ya con este juego y con ganas de acabarlo, introduje la llave en la cerradura, pero esa se negaba a girar. Durante un buen rato estuve forcejeando sin éxito, hasta que me acordé de aquella otra llave, aquella que yo había supuesto que no era mas que una copia de la que tenia en la mano. La cogí, la metí en la cerradura del primer cajón y este se abrió suavemente. En él solo había bragas y sujetadores de mi madre. Cerré rápido ese cajón y eché la llave. Me sentía turbado por haber estado manoseando la ropa interior de mi madre y eso, en aquella tarde extraña, era también una nueva e inexplicable sensación para mi.
Estaba nervioso, inquieto, tenia miedo. Y enfrente de mi, dos cajones sin abrir. Me sorprendí cuando, con una decisión que nunca supe de donde salió, metí la llave en el segundo cajón y, al igual que el primero, este se abrió suavemente.
III
Cuando mis padres regresaron, fingí que dormía, y noté como bajaban el tono de su voz. Yo había devuelto las dos llaves a sus guaridas y no había ninguna señal que pudiera indicar que había estado en el dormitorio de mis padres, y mucho menos que había abierto su armario. Noté como mi padre me acariciaba la mejilla dulcemente y como mi madre me daba un beso en la frente. Antes de que salieran de mi cuarto, entreabrí los ojos y los vi a los dos, de espaldas, apagando la luz
y entornando la puerta de mi cuarto.
Los odié.
Los odié a los dos.
Los odié para siempre.
Sólo se conoce a alguien bien cuando se visita su infierno

VEREDICTOS