Como cariátides de ébano, con todo su extraño mundo trasladado sobre la cabeza, descendían, dignas y tristes, por la ladera, cordón umbilical que unía el terror con la realidad, una realidad que ellas no habían pedido y que las dejarían igual de tristes pero con la dignidad arrancada a jirones, la mirada muerta y el alma arrasada por un deseo seco de venganza.