…Y tus pestañas como dóciles ciempiés bailando valses sobre mis labios…
Quizás, algún día de estos regreso.
Pra quem sabe: Não é Sampa, mas quase.
El hombre que se mueve a música, se despereza lentamente como un koala.
Esta mañana me sorprendí silbando una vieja canción de Caetano.
Gracias a Dios, dan curling en la televisión.
Bitácora cerrada temporalmente o cuando tus refugios se convierten en infiernos.
Y otros sucedaneos.
Escribo porque no quiero recordar cómo se reza ni cómo se maldice.
“Segunda derrota: 1940 o Manuscrito Encontrado en el Olvido”, incluido en el libro “Los Girasoles Ciegos”, de Alberto Méndez. Editorial Anagrama.
Me desperté, una vez más, a las 03:33. Lo recuerdo bien porque muchas noches me despierto a esa misma hora. Es un número perfecto, un capicúa mentiroso y rotundo, y además, es la mitad horaria de la imposible 06:66, que, de existir, sería una suerte de hora satánica en la que muchos comienzan su infierno diario y privado.
Fui al baño, y mientras estaba sentado en la taza leyendo las cotizaciones de la bolsa en un periódico de hace un par de semanas, oí, a pesar de los tapones de silicona con los que duermo, como en el cuarto de baño de la casa vecina a la mía, casa que se reproduce con una simetría justa y tozuda, alguien estaba tirando de la cadena.
Me dio por pensar que esa otra persona que se encontraba al otro lado de la pared era mi otro yo, mi reflejo impar de las 03:33 de la madrugada. También pensé que las cotizaciones no acababan de recuperarse y que todo aquello parecía el argumento absurdo de uno de esos relatos de ese escritor famoso que sale en la radio y escribe una columna en un periódico. Mientras me sonreía pensando en lo mucho que detesto a ese escritor, y ya con los tapones de silicona en la mano para escuchar mejor los ruidos que mi otro yo hacía, pude reconocer el chorro del grifo corriendo con contundencia y brevedad, después, varios sonidos que no reconocí y que me inquietaron (quizás yo iba a reproducir esos mismos sonidos sin ser consciente de que eran la pareja obligada de esos que ahora escuchaba), y finalmente oí como unos pasos, con toda seguridad de pies descalzos, se alejaban con dirección a su dormitorio, que era un poco también el mío.
Doblé el periódico con desgana y lo dejé sobre el bidé. Después tiré de la cadena y abrí el grifo para lavarme las manos. Sólo para provocar a ese otro que quizás ahora, tumbado sobre la cama, ya comenzaba a acompasar su respiración al ritmo que le demandaba el sueño, dejé que el agua se precipitara en un chorro mortecino, desvaído e irregular. Me miré en el espejo, acercando mucho mi rostro y ladeándolo sólo para comprobar la calidad exangüe de mis ojeras. Pensé entonces en la posibilidad de que el otro yo, mi mitad impar, hubiera regresado subrepticiamente al baño, en un escandaloso silencio y estuviera también mirándose al espejo.
Me asusté.
Me puse de nuevo los tapones en los oídos porque ya no quería escuchar más. Nada. En la cama, me enlacé con fuerza a la cintura de mi mujer, que lanzó una débil protesta inconsciente, pero ese gesto era el único que podía retornarme a mi yo real de las 03:41, hora que aquel reloj de lengua roja me escupía con fiereza a la cara. Al cabo de un rato conseguí relajarme y me coloqué boca arriba, con las manos entrelazadas en el pecho, como un falso muerto insomne, o quizás un falso insomne muerto.
Lo último que recuerdo es que me dormí pensando si aquel otro tipo, ese otro yo, también odiaría tanto a ese escritor famoso.
Ayer por la tarde, paseando por mi pueblo, me crucé por el camino con un niño de unos ocho años que iba de la mano de su madre. Pasábamos los tres por una estrecha calle en la cual hay uno de esos tubos negros de plástico que, desde el último piso de un edificio de tres plantas, acaba su recorrido en un volquete y que es usado por los obreros para arrojar los escombros de la obra.
El niño, muy pensativo, y sin parar de caminar, se quedó mirando con mucha atención el tubo negro, para finalmente, y con todo el semblante grave y serio que un niño de ocho años puede tener, preguntarle a su madre:
- Mamá, y ese tubo…¿es para la gente que quiere suicidarse?
La madre cruzó fugazmente conmigo una mirada, agachó la cabeza, y aceleró el paso.
Fin del post.
VEREDICTOS